La indigencia escupe gritos desconchados
a la opulencia en Caracas


Desde luego, el reducido tamaño del casco antiguo constituye el discurso más claro acerca de que la fantástica demasía dilapidada por los dirigentes de este pueblo no procede de muy atrás. Apenas hasta recién anteayer en que se descubrió el oro negro no tuvo la importancia de una metrópoli; entonces el dinero ingresó a toda prisa y con más premura se gastó -inevitablemente, la borrachera de la exuberancia indigesta e innegablemente, la resaca obnubila ¿Acaso no es de sobra visible la decadencia de su gerencia fatigada cuando se ha seguido con atención la rápida cadencia del hundimiento de su moneda? Me represento, con frecuencia, a este país en la figura de un fenomenal flotador sobre un gigantesco océano de petróleo: a la deriva, ¡sí!, pero a pesar de tanto mandatario obstinado en el empeño, la evidencia de su persistencia demuestra que resulta casi imposible hacerlo naufragar absolutamente. Anduve por los alrededores de la Casa del Libertador -este gran hombre tuvo que vencer a la vez la miopía de los generales con quienes comentó las batallas en el idioma propio y a aquellos que vinieron de parte del Norte. Contemplé poco rato aquel edificio porque lo sé una reconstrucción; a la fábrica singular la quebró un terremoto ¿las fuerzas del hondo cebaron su afán sobre la reliquia quizá para completar la destrucción por el flanco del
germen? Como únicamente el solar es original decidí quedar afuera con mis reflexiones; además, el pensamiento bolivariano ¿no pertenece, desde que fue promulgado, al mundo entero? -su mensaje es patrimonio de la humanidad- ¿y no he escuchado profusamente los ecos de sus advertencias a lo ancho de América Latina?, ¿a qué entrar entonces, si los desleales que mienten con el material de los ideales traicionados del visionario se entretienen en cansar a la historia con homenajes de piedra?
     Los caraqueños -lo confiesan ellos mismos- son por su naturaleza escandalosos; hablan de ordinario en un tono alto, próximo al vocerío y cuando se inclinan al lenguaje no oral gesticulan desmesuradamente -pude verificar en más de una oportunidad esta forma de comportamiento en individuos con supuesta educación. Cierto que la razón bruna del subsuelo llenó a muchos los bolsillos, pero no a bastantes, ni durante un período suficiente para que los modos aldeanos transitaran lo preciso por la ruta del buen gusto. Walter, en la inflexión grave del secreto cómplice -opino que con un considerable esfuerzo dejó de lado el ruidoso parloteo característico de su apellido italiano- me contó que el capitalino en sólo dos ambientes cambia radicalmente su compostura habitual: desde el principio al final de cualquier función en el Teatro Teresa Carreño y cuando utiliza el metro y sus instalaciones. El venezolano que se precie de burgués de pro, al menos en alguna circunstancia coló trajeado su curiosidad hasta el patio de butacas, allí oyó o afirmó oír, sometido al precepto del silencio, las exquisitas notas de la sinfonía que correspondió a ese programa o deleitó sus oídos con las arias de la ópera que tanto dio que decir la temporada anterior. La machacona campaña de mentalización cívica recalca por la megafonía del transporte subterráneo las medidas de policía que recomiendan observar a los usuarios y comprobé que esta acción irrefutablemente detiene sus ímpetus anárquicos. Generosamente, parece una mutación de la personalidad de las gentes, aunque en verdad se trata de una operación coyuntural porque en cuanto emergen a la calle toman de nuevo su costumbre de gritones y la práctica del ademán aparatoso; no es difícil reconocerlos en el momento en que solucionan sus diferencias de criterios -particularmente en asuntos de tráfico- a insultos y empujones.
     Sufrí el espantoso contraste de la extrema asimetría de las repúblicas de miseria inmediatas a la extravagante riqueza y la profunda disparidad entre el estilo de vida de los bajos fondos y la opulencia ¿De qué manera se adaptarán los desesperados a las condiciones infrahumanas de los ranchitos que salpican con el disparate de su realidad a la inmensa ciudad?, en el
tiempo que les toca llevar a cuestas, los desgraciados subsisten de mala gana condenados a sus pésimas posibilidades; afortunadamente para otros, la ausencia de su conciencia colectiva hace que no se afiance un sentido de solidaridad y así nunca resolverán su tremenda debilidad. La cultura de la pobreza les impulsa a ahogar la perseverancia de cualesquiera de los suyos por situarse en el movimiento ascendente; alguien, sin duda, lo intentó y lo consiguió ¿por qué lo envidiaron y despreciaron en lugar de estudiar como imitar la conducta que lo guió al éxito?, ¡callen, no ha sobresalido por causa del azar caprichoso!, el miedo a esta hostilidad paraliza a los escasos innovadores, ¿y en este encadenamiento de los desdichados a la frugalidad de esquemas, quién o quiénes triunfan? No conviene confundir jamás la aparente tranquilidad con la conformidad, es debida a que su ignorancia sólo los propende a explosiones puntuales de violencia ¿No se recuerdan ya los acontecimientos estremecedores provocados por las presiones económicas del Fondo Monetario Internacional?, desapareció por unos días su resignación de clase, porque el reajuste requerido propició un colosal desbarajuste y conjeturaron que con aquel rebumbio atracaba la ocasión del asalto definitivo ¿quién se va a atrever entonces a convencerlos de los beneficios de la norma si no es mediante el monólogo de las pistolas? ¿Cabría vislumbrar el ocaso del sello de tanto fracaso? El carácter del hambre abunda en la imagen de que los bienes son limitados ¿quizá son esa creencia y el poder disuasorio de los agentes del orden los encargados de mantenerlos a raya en sus colinas? Han logrado indiscutiblemente la licencia para malvivir y morir democráticamente porque el orbe ha identificado que ejercen el derecho al voto, y con esta facultad de carnaval occidente manipula con carta blanca a los gobiernos y dispone a su antojo del comercio exterior. Hoy les animan a nacionalizar la General Motors con pagos fabulosos y pasado mañana se ven obligados a devolver la industria sufragando costos formidables ¡viva la fiesta del derroche y de la idiotez sin disfraz!