Dejé para el final del viaje
el Mercado Egipcio de Estambul


Las dos orillas del Mar de Mármara aproximan rápidamente sus lejanías a los que llegan del Sur -en las puertas del Bósforo la corta distancia intima. Sobre cubierta -butaca excepcional- asistí al último acto del espectáculo singular, ¿qué sino la eternidad lograría montar aquel escenario?; me complací en las crestas de sus montañas solemnes y en la magnífica inquietud de un inmenso patio de olas. Estrecho arriba y durante unos instantes, el sol en la marcha de su derrota diaria hirió su cuerpo redondo con las crecidas agujas de la Mezquita Azul y apenas unos segundos después oí su queja por las de Santa Sofía -la elegancia de las construcciones habla claramente de la batalla que el hombre emprendió frente al Caos y a la Noche. Luego que acostumbré la vista a los efectos del contraluz, distinguí los elevados muros del palacio de Topkapi; el astro no atrevió su osadía con la gallardía de la torre Gálata, porque el barco giró antes con la intención de remontar un pedazo del Cuerno de Oro. La ronca estridencia de las bocinas situó su acento sonoro en las operaciones del atraque; entretanto, en la terraza superior y acompañado exclusivamente por mi soledad entretuve las retinas en el colosal festín de minaretes que la historia rindió a estribor, ¿soy algo más que un fiel testigo?, ¿por qué metería un gigante su brazo en llamas dentro de las aguas?, ¿vino a partir por la mitad el ancho tallo de una leyenda líquida? Cuando descendí por la escala me sedujo la prórroga del ocaso, y sorprendí la olla de fuego colgando sus entrañas de las cuatro espigas que ciñen el lugar bendito en Eyüp. Reflexioné que, desde la Revolución Industrial, no puede encontrarse a un responsable de la pobreza diferente de la estupidez colectiva -los condenados a dar vueltas por la línea equinoccial tras la razón extraviada nunca toparán con el Polo Oeste o con el Este. El impulso con que abolir la idiota extravagancia lo obtendremos de la sensibilidad, y el modo de practicar con el proceso lo descubrirá la inteligencia. No faltaría más que el valor de ejecutarlo y al mundo lo haríamos irreconocible.
     Doblé las rodillas delante de la inigualable majestuosidad del Monte Ararat; la emoción pagó su tributo mientras presencié lo que parecían restos del Arca de Noé; subido a las defensas de Diyarbakir tomé nota de la curva del Tigris; despierto, reuní los viejos sueños y me senté a ordenarlos al borde de la piscina sagrada en Urfa; en la cima del Nemrut visité el frío retiro de los dioses decapitados; mis ánimos sufrieron los altibajos de la incertidumbre en un paso de fronteras por culpa de unos contrabandistas; recé en el interior de una roca donde oró San Pedro en Antioquía; permití que las extrañas criaturas de piedra de un único pie regresaran de los sótanos de mi memoria en la Capadocia; como los derviches danzantes de Konya no bailan ya su fe de tiempo atrás, paseé en medio de sus tumbas con mis fueros más profundos en las afueras del secreto; ¡cómo disfruté de las delicias cálidas y del blanco impecable en Pamukale!; ¿es necesario que comente de nuevo lo de las ciudades licias...?, ¿de Letoon, Xanthos y Patara?, ¿también de los sarcófagos en Fethiye?; juré que en el caso de querer escribir otra vez de un paraíso repetiría las mañanas y sus tardes junto a lo maravilloso que la naturaleza organizó en Dalyan; de Halicarnasos me traje la fantástica evocación de Mausolo borrada del mapa por la codicia; ¿qué decir de mis ratos inolvidables en Éfeso?, ¿y del río Meandros que arrebató a Príamo y a Miletos su calidad de puertos?, ¿no conviene más mantener un hondo silencio por lo que sucedió en Didima?; de los Dardanelos prefiero guardar con la boca cerrada sus espléndidos crepúsculos y los nombres célebres que cruzaron el tajo entre Oriente y Occidente; ¡por favor, que nadie insista!, por nada canjearía mis citas confidentes con los protagonistas que tejieron las crónicas de un Estambul adorable.
     Aproveché las prisas que acerca el fin de la jornada por recoger los puestos y me apliqué a la libertad de franquear las tiendas sin el acoso habitual de los vendedores; no olvidaré los panales de los que rezuma el manjar viscoso que producen las abejas, ni el cucharón a rebosar de la miel, ¿y las queserías enfrente de las joyerías?, tampoco dejaré suelto el recuerdo de los racimos de esponjas vegetales atados a las liñas, ¡con qué fuerza me atrajeron las babuchas, la henna y sus múltiples objetos de mimbre!, la variedad de colores que brindan sus sacos remangados detuvieron siempre mis vagabundeos por el Mercado Egipcio, ¿quién resistiría la magia que luce el granel del té de limón, de naranja, de manzana y la famosa hoja del Negro? En el corazón de esa barahúnda pensé en el tremendo disparate que significa identificar verdad con coincidencia, ¿qué impide a los ineptos formar grupos en torno al error?, ¿cabe exigir la conquista dolorosa, una existencia ermitaña y a menudo el padecer de los perseguidos al puñado de personas que buscan el bien? En más de una ocasión marcó la altura de las bóvedas el vuelo de las palomas; sus aleteos no consiguieron deshacer las trampas de los comerciantes para vaciar los bolsillos, ni los enredos con que tratan las ideas de aprisionar mi mente ¿Todo este universo sellado no lo soportarán los Ojos de Alá?, justo a la salida del desconcierto controlado, un ambulante ofrece el amuleto de cristal por un humilde precio. En el virtuosismo del acabado en los utensilios de uso ordinario advertí que aquí el arte en absoluto resulta una falsa imitación -constantemente lo observé andar paralelo a la misma vida. Siento rica cualquier experiencia que exalte el espacio y el movimiento que se agita en su abdomen -de la que salgo ahora constituye una de las más encantadoras que gocé en la inconfundible patria de las cúpulas.