Troya: para que los tumultos de ayer
devengan en la paz de hoy,
¿se precisa un mundo en ruinas?


¿Podría nacer de nuevo un Agamenón?, ¿y un nuevo Príamo?, pertenecen por entero al pretérito y allí deben quedar para siempre; ¡no les aceptemos ahora bajo ningún pretexto!, el presente nos corresponde por derecho innato y de forma exclusiva... ellos gastaron el suyo cuando sólo constábamos en una insinuación del viento. Yo, que vengo a recrear mi mente con la profundidad que la antigüedad muestra sin recato a los ojos, me entusiasmo con la perspectiva única que únicamente se aviene a ordenar la historia. A no pocos les resulta de sobras amplio el círculo en el que me empeñé, pero a un honesto buscador de sí mismo le importa más su meta singular que la fatiga del recorrido. Delante de las famosas ruinas, noto que su expresión dicta una dolencia parecida a la del lenguaje: padece de dar por sabido lo que calla, y es mucho, mucho más de lo que manifiesta. Pensé que si bien las ideas frescas retan al filósofo que cada uno lleva dentro, los vestigios desafían a los arqueólogos que resisten allá abajo el sol abrasador del verano; con modos desemejantes probábamos a rescatar una idéntica cualidad intrínseca reclamando su asiento sólido. Confieso que soy un novicio en pasar las horas posando mis dedos sobre lo viejo, de ahí que el apetito por trascender de lo inmediato continuamente me revele su urgencia; desespero de aguardar a que la molienda de los ciclos dome la angustia de las cosas, ¿no mide en exceso un camino así a la abstracción?, ¡caramba, no dispongo de años suficientes!, empleé buena parte de los que me regalaron.
     ¿En qué demontre lugar detrás de los siglos enmudecieron sus vidas los hábiles alfareros?, ¿dónde alojó su dichoso golpe el metal, que no percibo su eco?, ¿quizá en la edad remota de sus artesanos?, el silencio habló de que la rueda echó a rodar y marchó con los soldados. La curiosidad, que comprendí parienta noble de la inteligencia, nutrió la esencia del conocimiento que adquirí, ¿no descubrí también que propende a acometer con coraje el aprendizaje futuro?, ¿no fue mientras vi a la mayoría de mis contemporáneos arar inútilmente en el mar que renuncié al beneficio de los conceptos perseguidos?, las dudas entraron a raudales muy hondo en el cuerpo, la raíz de mi espíritu paró su agitación en las afueras del envoltorio que arroparía a cualquiera, y desde la época del desaliento rastreo una patria firme donde complacerme con el frágil espejismo de la certeza. El pasado que sobrevino en las Nueve Troyas apiladas aparenta haber sucedido con tanta plenitud que no dejó proceder más al tiempo, ¿no me acerqué por esa razón a mirar su blanquecino esqueleto inmóvil próximo a la llanura de Simois?, la herencia despanzurrada testimonia una vez más que los Grandes testan creyéndose inmortales, ¡desgraciado ser el mío que anda todavía metido en el maldito flujo infinito de lo corruptible!, de veras que alimento mis anhelos de quietud con una fantasía que a unos oí llamar "parálisis del reloj biológico".
     En los albores de la madurez, decidí que nunca más sucumbiría al dominio de las necesidades que esclavizan, y me di al lujo de gozar la libertad que hoy tiró de mí hasta la Ciudad Quemada. Del costado de su interior observé que los muros de la fortificación seguían con fidelidad la vertical, y que del lado de los contrarios adoptaron una leve inclinación -la superficie lisa favorece la defensa ¡Ay!, ¿me toparé con la suerte de hallar junto a sus pies de piedra tesoros como el de las Joyas de Helena? ¿Acaso penetraron los demonios con su odio a cuestas en el templo de Atenea?, del brazo de una venganza feroz derrumbaron un bello pedazo del techo que señalé a mis amigos, medio oculto en el suelo; no, no consideré seca la emoción de tal fuente -mana del paraje de la Odisea. Mi ánimo lo situé en mitad del trayecto que va de la negligencia con que la intemperie corrigió la simetría de las hiladas a la indulgencia en que ensimismé mis pupilas atraídas por los magníficos escombros. Cogí con una mano la reja de los campesinos y dediqué mis ansias a desgarrar la tierra, sembré mis sospechas en los surcos abiertos y más tarde sentí la manera en que germinó el perfil de mi carácter; antepuse claramente el valor en que me instruyeron mis padres -que los infortunios personales produzcan indiferencia, hijo- a la brutalidad que leo en los anales de la Ilión Homérica -el desquiciado placer de otros por imponerse a los demás.
     ¡Qué complejo deduzco el sopesar los estímulos escondidos en las memorias de los hombres que ocurrieron!, el dogmatismo, con el que concluí el trato bastante atrás, ya no me dificulta entender que el pesado mortero moldeado con la opresión, la crueldad y la guerra jamás logró sepultar el alma de las gentes, ni siquiera enturbiar la suave brisa que aún aborda el litoral milenios después, ¿por acontecer demasiado temprano, los hábitos de destrucción no tendrán en la actualidad igual arraigo que los instintos? Los duros de corazón quieren el trueque de mi seguridad a cambio de una servidumbre incalificable; ¡por Dios!, me irrita sobremanera que los perezosos, los estúpidos y los cobardes me fuercen a perder la paz -en mí, incumbe al estrato de los reflejos más íntimos. Realmente, abogo porque entre todos -incluyo a los enemigos de la salud mental, la propia y la del resto- consigamos convertir algún día estas jodidas dislocaciones del género humano en puntos de apoyo; ¿laborioso?, integran, no obstante, la arcilla fundamental. Recuerdo que un aire de especial transparencia preñó de esperanza aquella espléndida mañana; el cielo impecable y las olas luminosas, que en los primeros  momentos advertí distantes, acogieron por entonces con sumo agrado su vecindad -sencilla rúbrica de eternidad.