Me bañé como los turcos
después de gozar
del ocaso en los Dardanelos


Sólo un coloso pudo arañar el planeta y situar las márgenes de los Dardanelos y el Bósforo a la distancia que fija la uña de su índice; descontento con su obra blandió más alto que la cabeza el puño lleno de rabia y derribó sus fuerzas en los fondos del mar Negro y en los sótanos del Mármara. Hoy que comencé a descubrir Canakale senté la agitación del Oeste en el litoral asiático del estrecho, y me dediqué a escrutar en el prólogo de la noche; me complací de la enorme franja que brota del rojo, apuesta por el amarillo y apoya su flanco de fuego en las cimas de Galípolis; gocé de las aguas que reunieron pronto el tinte del pico de las llamas y también recogieron el azul cogido al cénit, ¡qué difícil hallaría el acertar y no sucumbir a la fascinación prendida en la atmósfera inflada que enclaustra el castillo de Kilitbahir!; apenas transcurrieron unos minutos y mientras la fortaleza acordaba perder gran parte de su peso en el blando asalto de la luz eléctrica contra sus muros, el cortejo de colores prefirió el talante de las brasas; ¡qué dulce resulta el mágico canto de los silencios que prepara el camino al dominio de las velas encendidas! No consigo evitarlo por más que lo intento: cada vez que coloco ante mí un obstáculo como éste, regocijo mi espíritu cara a cara con su solución, ¿quién en su sano juicio no haría lo mismo teniendo tan cerca el excelente cerrojo que Mehmet erigió ahí delante con la mira puesta en asfixiar Constantinopla? Lo reconozco, soy incorregible en mis ansias por alcanzar las llaves que franquean o sellan mundos enteros; ¿cómo voy a resistir a la sugestión del símbolo?, decidí cruzar y crucé. En el rato que salvo el accidente hundo mis pensamientos a la profundidad de los hechos que escribieron los testigos de la historia; ¿no sé de páginas y páginas protegidas por un secreto que siempre acaba por echarse encima de los siglos?
     Desde las almenas del lado norte, divisé un extremo del paso legendario, en la otra orilla avisté su orgullosa pareja de guerra; allí medité en cuantas circunstancias el enclave pagó con especies de sangre derramada su privilegiada posición en la estrategia. Parido de un vientre distinto del que gestó su origen ahora cumple con un destino de monumento, ¿en general la tecnología no torna elásticos los límites?, ¿en particular los avances militares no quitan a los viejos baluartes su razón de ser? Cuando la lucha interminable entre cambio y estabilidad en los humanos trata con carne de piedra adopta las maneras de un final que arrima sus espaldas a un pretérito amodorrado; al que no quiera contemplarse en el futuro con el aspecto de una ruina, le insto a que extirpe con urgencia las fobias que padece; ¡por Dios que únicamente encontrará su salud en la evolución de su mente!, o sigue a pies juntillas la receta que dicta educación, o el alma fallece ahogada en los pantanos de los círculos viciosos. Una extraña sensación caló muy dentro de mí: sentí que el aire condensó su transparencia, ¿acaso no diluyó poco a poco la línea quebrada de las cumbres que rodean su tronco vacío? Postergué la vuelta del ala europea hasta el turno de las ocho, porque la hora del incendio en el crepúsculo sorprende al pasaje en mitad del brazo líquido; en ese preciso instante consideré mi alrededor y vi flotar la huella extensa que delata un crimen gigantesco. Al saltar a tierra, el escape todavía expulsaba con insistencia los gases de la combustión; ¡demontre tufo que coló su rasposo espesor en mi nariz!, maldije a la cargante insolencia del motor, aunque no restara vanidad alguna al momento culminante. Durante los primeros bocados de la cena aún fue posible admirar los últimos vestigios de un día magnífico que caía degollado frente a nuestros ojos boquiabiertos.
     El paseo parecía aconsejarlo la buena digestión. Después de los postres, recuerdo la avenida animada por el ajetreo de los restaurantes que despliegan sus terrazas en los muelles; más allá del bullicio me percaté de que las calles usaban tallas más cortas; ¿no mostraban sin recato las impudicias de una vida provinciana?, nadie discutía la incapacidad de las aceras -casi todos eligieron el apretado ancho de bordillo a bordillo. Aprendí en mi viaje anterior que Hamman aquí significa baño, y por ello no dudé en cumplir con la invitación del anuncio empotrado en el frontis. A la gente turca le gusta el comportamiento ceremonioso, y en lo que respecta a la limpieza del cuerpo, el pueblo elevó sus pautas a la categoría de acto social; ¿y si no es así, a qué viene el hablar respetuoso y amigable con el que introdujeron mis hábitos en sus costumbres? Las palmas invisibles del ambiente caliente tiraron con energía del sudor; ¿no impidió el sofoco que midiera las gotas del llanto de la piel?, se me antojaron de mayor tamaño que las lágrimas; amamantado por el pecho de la cúpula aguardé a que la arquitectura respondiera de la hipnosis a que somete a un occidental; el halo de misterio oriental continuó con sus llamadas al ensueño y nada ocurrió en la forma esperada. El joven diestro con las manos entró en el altar al vaho arropado exclusivamente con el tono de los sacerdotes, y distribuyó con inteligencia sus esfuerzos sobre mi cansancio; ¿no experimentaron mis músculos un respiro que los reconfortó de su trajín cotidiano?; luego acudió un empleado de más edad y sacudió con robusta agilidad las rigideces de mis hombros, rodillas, tobillos y demás articulaciones. Al término de la función tocó que mi desnudez fuera envuelta con toallas secas y mi vigilia atendiera a que el tiempo dejara atrás su compás -el ritmo llegó a la monotonía y presto adquirió la fragilidad de los objetos de vidrio.