En las faldas del Mykale,
Príamo me contagió su sueño


De muy antiguo, la gente vino a vivir comprimida contra los pronunciados escarpes de esta pendiente mediterránea. Aprobé su calculada orientación al Sur que favorece al menguado sol de invierno y doma el rigor con que el astro carga sus fueros de verano. Apenas coroné la primera cumbre, asombré mis ojos con la magnífica estampa que componen los pedazos diseminados del temple de un arte soberbio, y regalé a mi olfato el carácter inconfundible del perfume de historia que la brisa se encarga de aventar -el argumento de la belleza zanjó la palabra a punto de madurar un elogio en mis labios. Durante los perezosos paseos traté de rememorar los despaciosos pasos de las biografías más destacadas que dieron aquí libertad a sus piernas; la dificultad de decir cuál de sus personajes conquistó mi ánimo con mayor firmeza no afloja, ¿el talento de Bías o el genio de Hipodamo?, ¿cómo enfrentar a uno de los Siete Sabios con el geómetra del urbanismo? Del perfecto engarce en la colina de la joya urdida con piedras, me conmovió la elemental eficacia del dibujo reticular de sus calles -aún en ruinas mantienen la gallardía recta de su apostura. Con franqueza, no subí a la loma de las reinas amazonas con el propósito de resucitar a escondidas de todos el cénit guerrero de una época -del fondo de sangre y hierro únicamente me complazco con el sudor de un lejano eco derrotado. De espaldas a la abrupta altitud del Mykale y de cara a la presta hondura del valle, advertí en la cuenca del Menderes la causa de que el nombre del río que surca la llanura ocupe en el lenguaje habitual de ahora la designación de los cauces que descienden de sus fuentes según los sinuosos movimientos de la serpiente. Bordeé por carretera la otrora península de los dos puertos gracias a que los persistentes aluviones del Meandro empujaron la línea de costa en dirección al mar -la insistente mano de la erosión metida en las olas de los siglos cambia la fisonomía de la Tierra.
     Entré en el Templo de Atenea por el Este, recorrí el recuerdo vacío de la pronao, crucé la memoria hueca de la nao y vagué por el opistodomo -un áspero relieve de rocas que accidentan el piso intrincó mi andar, no pido perdón por ello. Sorteé los enojosos fragmentos de las colosales columnas abandonados al desorden que profesan las piezas abatidas por una de esas incontenibles rabietas del planeta -conté que veinticuatro estrías visten la periferia de sus enormes talles redondos. Frente al desbarajuste de fustes, bases, peldaños, capiteles y cornisas, imagino la conclusión de un mundo en el que campea insolente la agresión dispuesta a destruir en aras de demostrar por la fuerza una verdad dudosa -la temible resaca del pasado aloja en su vientre el terror que heredamos hoy. Dentro de los santuarios desplomados, ¿quién oye mis quejas angustiosas por el vértigo que padezco en los peligrosos rápidos del curso de los días?, el mismo tiempo hace bastante tiempo que perdió su voz; detrás del remoto ocaso de los ritos paganos, mi yo contempla a mi yo errante extraviado en la corriente ininterrumpida de los hechos fugaces -sus manaderos brotaron cuando el hombre al fin reconoció su identidad de hombre. Con independencia de los resultados -sólo los dioses gobiernan sobre el impredecible destino humano- me impongo el emprender la acción por la acción sin medir mi exclusiva conveniencia, ¿acaso no considero una obligación ineludible perpetuar el flujo de las emociones que llegan a la delgada orilla del presente donde respiro? Nadie debería aceptar que el número y profundidad de los fracasos consigan instalarnos en las ciénagas de la desesperación -allí queda invalidada para siempre la esperanza. Por motivos de salud, opiné fructífero tomar los intentos fallidos a la manera de una invitación con la que practicar mejor las cosas. Quizá las sombras olviden al cuerpo que les permite ser, aunque ni así logran elevar del suelo siquiera su pasmosa levedad, ¿mi pasión de años?, volar y gozar del aire en el rostro.
     Si es cierto que el alma desliga definitivamente su morada del cadáver al proceder la muerte con su afición por los estragos, ¿por qué sentí entonces latir en las gradas del teatro la juventud de un público ausente desde milenios?, del lado reservado a los actores, el minúsculo universo también capituló a beneficio del misterioso discurso que adopta la pausa imperecedera -consuelo de mi existencia insaciable, reposo. Nunca elegí la postura prudente de residir en las afueras de cualquier compromiso, porque el puesto que quise desempeñar no fue el de portero, y jamás cedí ante ningún sectarismo ¿Que qué disciplina acato en mi interior?, la que dicta una razón nutrida. Cada vez que injerté esquejes de bondad, coseché el bien de parte de los demás, o al menos mi propio bienestar; pero en las ocasiones en que descubrí escupitajos, el mal rebotó temprano a sus protagonistas, ¡y pensar que hablo de las criaturas más simples del entendimiento y tan ancianas como nuestra raza! Mi vocación no concuerda en absoluto con una concepción enana de la realidad, y el cáncer lo supongo un defecto de la química celular, no una cojera de las ideas. La atmósfera del proscenio preñada de permanencia constituye una recompensa a la búsqueda que llevo a cuestas, ¿acierta alguien a robar lo intangible?, lo que otros no pueden percibir no necesita custodia. Con el pie justo en la cima de mi edad, eché la vista atrás al mirar el legado que tengo delante; el hálito yermo que experimento lo interpreto al modo de los silencios en una partitura -igual que las notas participan en el ritmo. A comienzos de la tarde una rara somnolencia ensayó en mis sienes su gravedad eterna, ¿los lugares en los que el pretérito afinca sus dominios acabarán por adormecer la osadía del testigo?, aquella fenomenal Cuna de Cultura fijó en mis pupilas el mágico efecto de la calma, y poco a poco cayeron con pesadez los párpados.