En Éfeso me lamenté de Eróstrato,
comprendí a Heráclito y
disculpé la debilidad de Alejandro


Aquí, en los alrededores de aquí, por primera vez oí de un poeta que únicamente con el arma de su lírica salvara a una ciudad del saqueo enemigo, ¿el valor guerrerro no lograría atajar el embate por no arreglar el combate con versos? En absoluto califico de cómica la apostura de Calino, sino que identifico su arrebato en mitad de la tragedia con un señorío poco usual; yo, que nací veintisiete siglos después, decidí mantener despierto el aroma de la pasión cuando mis semejantes flaqueasen, y en los ataques comencé a recitar mis quimeras esquivas -a menudo escapé de las catástrofes gracias a los sueños. Anduve con andar despacioso desde la orilla donde remotamente comerciantes y soldados emplazaron el amarre de sus barcos; no lo oculto: me di con gusto al capricho de insinuar el porte ceremonioso de los personajes célebres que entraron a Anatolia por esta elegante avenida ¿Quién resistiría el recuerdo de Marco Antonio y Cleopatra?, ¿el alma del viaje?, conseguir los medios con que enjugar sus enormes gastos militares, ¿y Bruto?, vino de Roma con la intención de refugiar el delito de su histórico asesinato. En contadas ocasiones, y pretendí la mía una de ellas, palpé el borde del tiempo; comprobé que la diferencia entre lo sucedido, el momento que acontece y la avalancha de hechos por llegar la forma un defecto de nuestra percepción -en el interior de la fisura infinita apenas caben los ciclos. Me asaltan unas ganas incontenibles de gritar que ni provengo de ningún sitio, ni pertenezco a época alguna; no niego que gozo sin medida al comparar a mi ser con el viento -dueño de su camino y eterno. Erguí la vista frente al teatro, y gradas arriba abarqué su impresionante arrogancia de piedra, ¿qué habrá de verdad en que el reventador de las prédicas de San Pablo fabricaba estatuillas paganas?, ¡pícaro!
     El pie izquierdo que el mármol rescató del olvido señaló milenios atrás una casa libertina, ¿acaso los dibujos de la mujer y del corazón no indican con suficiente claridad las peculiares alegrías del amor?; no sé precisar cuál de mis compañeros apuntó que probablemente aquella huella detenida constituyera una de las manifestaciones más viejas de la publicidad -los demás sonreímos con la socarronería que implica el tono de las anécdotas supuestas en el descaro de los burdeles ¿Cómo voy a rechazar la tentación de añadir una réplica de la seria expresión del reflexivo Sócrates a mi colección de rostros y máscaras?, compré su ceño fruncido y colgué la interrogación muda que representa junto a los gestos del dolor que adquirí en Cartago y a la cara serena que traje de Mérida ¡Cucos efesinos, con demasiada frecuencia las crónicas los descubren al lado del vencedor!, ¿qué fue del carácter atrevido y valiente de la fusión aquea y aborigen?; con el norte del oportunismo cualquiera compone una extraordinaria doctrina de supervivencia, pero... ¿y el tremendo vacío que crea en el gobierno?; por la sospecha que suscita su parte en el triunfo en la intimidad abro el pozo de una cierta antipatía. Hoy como ayer los políticos se preocupan exclusivamente de sus asuntos, ¡dónde hallar extraviado por detrás de tantas y tantas horas el mal humor con que detestaba el gran Heráclito esa conducta egoísta de la autoridad torcida!, la endiablada ironía que le imponía el modo en que la clase dirigente llevaba adelante los cosas de todos lo acostumbró a la protesta insolente y luego a la soledad. Diría que en las etapas de crisis hasta al más tonto le resultaría fácil imaginar su temperamento, ¿por desgracia, no preveía el desastre?, ¿le llamarían también aguafiestas?; a pesar de que evidentemente su período no coincide con el de mi vida, opté por convertir mi inteligencia en cómplice de la suya y lo consideré entonces amigo mío.
     La noche del famoso incendio, Artemisa no alcanzó a evitar la locura -quiso colaborar en el parto de Alejandro y abandonó el lugar sagrado. De mayor, el Magno propuso reconstruir la destrucción que el afán de inmortalidad impulsó en Eróstrato -¡caramba, intentaba callarlo!, no deseo cooperar con mis escritos a propagar la nefasta notoriedad de los pirómanos. A lo peor, la pregunta de un desconocido al general "¿le conviene a un dios ayudar a otro dios?" tuvo el doble fondo del truco, ¿quizá una seducción del orgullo para impedir que el extranjero mandase levantar un templo?, queda un capitel y el cuerpo de un fuste clásico que destaca el hermoso remate sobre la cordura azul de un atmósfera diáfana. Seguro que a más de un antiguo debió de ocurrírsele orinar a las puertas del mercado; lector, allí mismo puedes distinguir una leyenda que lo prohíbe, ¡qué latino antojo el de la evacuación menor! De cerca me complací en la magistral factura de la Biblioteca de Celso; mientras alejaba mis pasos el edificio pareció cobrar más altura de la real en razón de que el arquitecto redujo el tamaño de las columnas del piso inferior al superior -su estampa al final de la Vía de los Curetes la pensé obra indudable de los genios. En el Pritaneo reparé en unos nombres, no ignoro que las voces de sus hombres sonaran fuertes durante los actos en que remedaban a los semidioses ruidosos, y que por centenares de años el aire sumergió en su silencio a los sacerdotes. A despecho de los avatares humanos, los aluviones que el Caistro arrastró de siempre dificultaron las operaciones del puerto, y en consecuencia el negocio declinó con la retirada del mar; el pertinaz empuje acabó por cegar completamente los atraques. Con la indiferencia propia de los fenómenos naturales, la labor inmutable del río distanció definitivamente la costa, y en lo tocante a la prosperidad, avecinó de manera inexorable la ruina.