En Pérgamo, si bajé de la Acrópolis
fue por las Terapias


De modo inevitable la voz "pérgamo" suscita inmediatamente la importancia del pergamino, y yo no me pretendo una excepción. Cada vez que pienso que lo tuvieron que inventar porque los egipcios interrumpieron sus envíos de papiro, me entran escalofríos; ¡qué problemáticas las relaciones entre Alejandría y la Bergama de entonces!, ¿de no haber dado con el quid, adónde demonios habrían ido a parar sus talentos? A escasos metros de la historia, descubro con demasiada frecuencia las principales herencias pendientes de insondables precipicios; del plantear y atreverse a un propósito noble y conseguirlo, deduzco la verdadera talla de un sentido trascendente que dignifica a todos siempre -a unos cuantos nos cuesta lo suyo disculpar renglones torcidos. La extensa perspectiva que peldaño a peldaño dibuja el teatro retuvo mi andar, y recuerdo con agrado el compromiso del graderío en soltar con ligereza su talle a medida que vence a la ladera -en las quejas mal disimuladas a ras de los asientos, manifiesta la mucha edad con que cuenta. Desde arriba me pareció más bien un inmenso abanico preparado con encajes de piedra; alguien en un rápido ademán lo olvidó a medio desplegar ahí delante, sobre el regazo empinado de una Tierra Hembra. Revoloteó incansablemente alrededor de mis sienes la reflexión de que los actos individuales y colectivos condicionan la escena donde suceden los acontecimientos que componen el complejo drama del hombre; detrás de la mutabilidad constante de sus conductas, vislumbro una textura permanente muy diferente de las órbitas fijas que siguen los astros de forma imperturbable, milenio tras milenio. La enorme pared de nichos y arcadas frenó la escapada de la vieja acústica por la parte superior; los restos, los maravillosos restos de los restos impidieron apenas ayer que ningún visitante del lugar que San Juan llamó "el trono del diablo" oyera el grito infinito de mis meditaciones.
     En su momento, la lucha por el prestigio levantó del suelo el goce de la vista dedicado a Augusto, luego alzó al cielo la soberbia monumentalidad en memoria de Trajano y Adriano, ¡cuánto esfuerzo en el enojoso asunto de los templos imperiales por no declararse menos que Éfeso! Colgué las profundas contradicciones que mantengo con la realidad áspera de los esbeltos fustes de color marfil -procuré que las aventara el viento propio de las estampas imborrables ¿Qué quieren?, la vida me la regalaron nada más empezar a vivirla; ¿de quién o quiénes partió la generosidad?, me obsequiaron también con hacer lo que me viniera en gana hasta la muerte -mañana pueden arrebatarme la luz, pero lo que entusiasmó a mis ojos íntimos lo dejo escrito hoy. Reconozco los límites que imponen las circunstancias, y precisamente apoyándome en ellos, entendiéndolos a la manera de orientaciones más que como obstáculos, desarrollo mi ansia creadora; no anhelo la libertad absoluta de un dios, basta por ahora con que me consientan usar la que alcanzo ¿Y el agua en la Acrópolis?, la pregunta asalta a mi mente en las ciudades encumbradas; me enteré que la trajeron de los inasequibles y lejanos manantiales del Madra -aún bebí un poco de la poca suerte y arrimé la afición por lo recóndito al barro reseco de los caños cocidos. Me impresionó la astucia de un rey capaz de apuntar en su mano la imagen especular de la palabra "victoria", con la intención de que, al extraer el hígado del animal sacrificado en el oráculo, los demás leyesen correctamente el mensaje propicio a la batalla -conquistó así la moral decaída de sus tropas ¿Cómo no detenerme por un rato en el Heroon si tanto me atraen los altares?, ¿acaso no permiten que el sencillo venere a los héroes?, necesitan que el peso de los ciclos obligue a ignorar sus defectos para otorgar carta blanca a un culto divino.
     No, amigo mío, no nacimos estrenando la humanidad; su pasado constituye el nuestro y por eso me confieso peregrino del ser que aspiro a ser, ¿no es Asclepión un buen sanatorio? En este día de verano la materia inerte fechada en su época testimonia el linaje de la casta inteligente; sin más, tendí mi cuerpo en la vastedad de un pretérito del que obtengo los tesoros que contemplo, sus cargas y el ímpetu que definirá la anchura de mi futuro. Cuando recorro el largo túnel de las terapias a la fuente sagrada cobijo del sol circular mi lógica rectilínea; el ambiente de cripta que respiro en su interior tira de la sensación que avanza el pie en la suavidad de sus sombras... todavía bajan pequeñas cascadas saltando escalones ocultos. Frente a la cavidad maternal, los gigantes estriados llevan prendidos del tronco sus ornatos -subieron al rellano de la galería que arranca de la biblioteca y aletarga su paso junto al recinto en el que la ficción reemplaza a lo ordinario ¡Qué no alegaría con tal de someterme a los tratamientos clásicos de la representación, la música, la sugerencia, la psicología, los deportes, los baños de lodo y las inmersiones termales! Además... ¿no producía ya efectos benefactores el que los pacientes supieran que el tremendo final no lograría franquear la Gran Puerta? En el establecimiento médico mejor conocido del Mundo Antiguo preferí compartir mis secretos más hondos con las almas que pasearon su deambular enfermo, ¿por fortuna, los doctores no conjugaron aquí con una perfección inusitada la ciencia y el arte?; la silenciosa compañía con aquellos períodos paralelos comenzó en el hospital y acabó en las letrinas -los hierbajos de la indolencia abordaron mis rodillas. En las avenidas romanas, las columnas jalonan el magnífico espectáculo de la simetría longitudinal; no obstante, al abandonar el rincón de la salud por la Vía Tecta incliné mi rumbo de un flanco -probé a comparar mi estatura con las desiguales alturas redondas que los siglos respetaron.