Las barcas que bajan a la playa
se abordan en Dalyan


Apostado tras el entusiasmo, en los cuarenta minutos que duró el viaje por el río hasta la costa observé a las maneras ejercitadas del argumento tomar su forma entera a partir de la excesiva complicación del cauce, y también de la maraña sentada en las orillas; descubrí por añadidura que los actores adoptaban el abultado tamaño de las barcas -acompañan a la corriente en la ida o batallan contra ella al regreso-; ¡y ni siquiera abstraído eché en falta el escenario!, cualquiera puede verlo expuesto en la plataforma de arena que agota las olas desnudas de un lado y la avalancha dulce del otro. A la vuelta perseguí con los ojos a una cigüeña que cruzaba los espacios libres de rutas y pregunté a mis fueros internos: ¿con qué método llegaría a enterarme de su impresión acerca del fenomenal embrollo de canales?, ¿y del laberinto descomunal con que regamos la masa encefálica? La larga caminata de las ideas no distrajo mi atención del modo en que la cresta verde alza su envergadura a medida que aumenta su distancia a la desmedida dilución de sal -únicamente las fronteras del mundo limitan su dimensión. Más de veinte siglos atrás, los licios excavaron en la pared vertical de la montaña sus majestuosos monumentos funerarios; ¡pues claro!, lo sé debilidad y confieso: me abandono a una seducción de la erosión que royó las columnas de sus tumbas con sumo éxito ¡Condenada caries que atacó al genio de la piedra y arruinó algunas de sus fauces a sólo dos dientes!, no cabe el menor recelo en torno a quienes gritaron la brutal exclamación: los que enemistaron sus inteligencias con el trabajo llevado a cabo por los años sobre sus organismos; mi postura, en cambio, apuesta resueltamente por una madurez que conquisté de la mano del tiempo y gracias a una rigurosa disciplina con que entrené sin descanso la mente.
     A la mañana siguiente, encima de la cima que corona las famosas ruinas de Caunos, subí a lo más alto del teatro, y desde allí conté que tres olivos robustos abrieron brecha en las gradas, y anoté que uno más corto de estatura buscó refugio dentro del ágora; ¿quizá en sueños yo quise para mí exclusivamente un sitio así? En la playa de las Tortugas, y más próximo, en las estacas que sostienen las largas tramas -jaulas de peces- adiviné una tramoya magnífica orquestada por la extraordinaria batuta del Creador, ¿no acaeció en un instante singular -con suficiente evidencia inclinado del costado mágico- cuando el cuerpo del silencio cayó de bruces a tierra aturdido por el chirrido inesperado?, ¿acaso la atmósfera en las puertas del letargo no prefirió la exasperación del canto de las chicharras?, ¡qué pesado resulta el enfado estridente una vez que hincha el aire!; por suerte, la voz reservada de los secretos que anda continuamente dispuesta a enmudecer la fiebre musical de los insectos atinó a oír nuestras súplicas. Divisé a lo lejos la ceremonia infinita del maridaje entre el mar que sucede inmutable y la vegetación que escapa tenazmente a su encuentro, ¿qué miope decretó que a sus colores no les viene bien probar su amistad cara a cara? En los parajes admirables que visité primero siempre comprobé que la naturaleza aportaba una dote espléndida, pero además aquí la suprema voluntad organizó con exquisito equilibrio sus recursos maravillosos; ¿conoce alguien razones más sólidas con las que reconocer delante de uno mismo el paraíso extraviado ha mucho en la memoria de los hombres?, ¿y si por demás abundan los viejos con ganas de disfrutar a tope su interminable juventud?, entonces no hay duda de que la pareja de humanos más antigua debió vivir en un suelo como este antes de la expulsión más sonada de la historia; ¿qué somos sino auténticos exilados?
     ¡Cómo me gustaron sus transportes fluviales cubiertos con un toldo azul!, los pasajeros en sus paseos tratan de meterse en la intimidad de la sombra inquieta que la lona rectangular oculta al sol. Mientras estiré las piernas en el pequeño puerto, solté el lastre que ancla la percepción de lo más simple en apariencia; ¡lo recuerdo perfectamente!, en esa tarde me percaté del amarillo con que los dueños pintaron la generalidad de sus mástiles -unos cuantos recurrieron al añil y los menos al blanco. Del fondo rojo de las banderas turcas que ondean en el amarre extraje una estrella y la media luna -se miran con firmeza sus semblantes inmaculados. A aquella hora aprecié la belleza del cuarto creciente en el astro del tono de la plata a punto de hervir e inmóvil en el cielo. De pronto levantó sus alas una racha de viento, ¿por fortuna, su empuje no disipó los ardientes efectos de la temperatura traídos con el mediodía?; agradecimos el favor de la suave brisa en la que el brusco soplo convino después; con papel y lápiz deduje el parentesco de las caricias, hijas póstumas del enojo; ¿no gocé de que tal hipótesis gestara en la profundidad de mi cabeza?, luego, los fermentos de la experiencia convirtieron el supuesto en una doctrina de esperanza -nunca lo comprenderán completamente los mal avenidos con la regla madre de las reglas. No alcancé a distinguir ni el lecho del ocaso ni tampoco los espasmos en que sucumbe su orgía habitual, porque el gigantesco disco de oro calló su presencia por detrás de la cumbre que ciñe el talle con la margen de enfrente. Se sostuvo con demasiada frecuencia que en el crepúsculo se sintió una queja; por mi parte no enredaré más la cuestión con acertijos y jamás diré a nadie que la escuché, ¿de veras ocurrió?; en caso de verme muy comprometido, hablaré de haber leído en los versos escritos por un poeta que, de ser verdad, el lamento tendría ayer la edad de la muerte.