De puerto a puerto,
la sangre su hundió en la tierra y
los sarcófagos quedaron sobre ella


Aunque, a decir verdad, me turbaron la elegancia de los sarcófagos olvidados en los muelles y la singularidad desconcertante del que encontré al lado de la Oficina de Correos, creí insuperable la inusitada gracia del que encaré plantado en mitad de la calle -retengo clara la impresión que me causó al subir por aquella perspectiva empinada. La Fethiye que levantó su modernidad junto a los vestigios de épocas pasadas ¿qué particular esquina de la memoria merece el resto de su fama lejana?, ¿a los encantadores de serpientes que mencionaron Plinio, Cicerón y antes Herodoto?, de cuando la llamaban Telmessos subsisten las tumbas cavadas en la pared vertical de la montaña, ¿forzaría la ceguera que traen los años que se arrinconase el recuerdo de sus célebres adivinos? Apoyé los afanes que empujé por la cuesta en la falsa puerta donde vino a morar la muerte de Amintas; desde allí eché a volar mis ojos a ras del espléndido puerto, amarrado a la orilla en que comienzan las preocupaciones diarias de los hombres, por ahora vivos. Conste que, durante el rato en que absorto sostuve el goce de la contemplación, no advertí en las cosas de allá arriba ni en las de ahí abajo una trivialidad, sino que las interpreté a la manera de estrofas diferentes de una única poesía. Frente a la bahía salpicada de islas, consentí que navegase en el interior de mi cabeza el nombre bizantino de Anastasiópolis con el que denominaron este punto, y su patronímico turco de Makri.
     Cierto, no me cupo ser el primer humano en ver tras los sólidos talles de las columnas una insinuación de las múltiples formas que adopta un dios, pero supe por una leyenda que quien condenó a la amante de Zeus a vagar permanentemente de país en país fue Hera, al desenmascarar la relación entre Leto y su esposo -los de Leton afirmaron que una buena parte del destierro de la hembra celeste transcurrió en tal lugar. Y en esos momentos, de pie y vuelto hacia mí mismo ¿qué puedo practicar distinto de entretener mi desasosiego en las reliquias del santuario que la federación de ciudades dedicó con ilusión a su divinidad nacional? El complejo proceso de imaginar cuál debió de haber sido el aspecto original del drama de piedra supone trabajar con la mente siguiendo una dirección contraria al modo en que operan los tiempos, ¿no pudre en secreto toda la carne que sobra a su espíritu? De pronto, asocié la familia de patos que sorprendí nadando en la charca del ninfeo con el culto a la errante inmortal, ¿y el elemento común que los vincula?, inequívocamente, el agua. Un niño de sonrisa abierta me obsequió con una frágil ramita de menta fresca, y como la anchura del campo me pareció más amplia, estiré las piernas camino de un escenario helénico desaparecido.
     Resistí el lastre de justicia que deja caer el sol del estío; paseé mis dedos por los caracteres licios y griegos escritos en las caras del monumento funerario de un rey; regocijé mis retinas en cómo los peldaños de las eras satisficieron sus apetencias de eternidad sirviéndose de manos artistas, y si lo comento hoy es porque mantuve mis labios mudos pegados a la Estela Inscrita. Protegido por la sombra que regala con cicatería el mediodía alrededor del monolito de las Arpías, fijé mi atención en los monstruos alados con rostro de mujer y cuerpo de buitre -personifican tempestad y ruina. Leí que Xantos floreció con la llegada de los romanos, ¿qué otra inteligencia ordenaría el teatro con sus entradas abovedadas, la orquesta circular y el porte de la escena? ¡Qué agitada existencia de guerras y cataclismos padeció la capital por culpa de la enorme importancia que alcanzó! La fragancia de la salvia logró acercarme al perfume de la suprema decisión de sus habitantes de demoler hasta los cimientos su querida población; el lecho de rocas que descubrieron las batallas excesivamente desiguales insiste todavía en su gesto hosco, mucho después de que fallecieran los hechos. Ocaso en el ocaso de un Imperio.
     ¿Acaso en unos ininterrumpidos rompientes salvajes no resulta obligada la trascendencia de un refugio?, apelé a la corriente cristiana que recalaba en su ruta rumbo a Tierra Santa. A pesar de que un río tributario llenó la playa de arena, conseguí reconocer la línea de costa. En la cima de la colina alongué en el pozo algo de mi instintiva curiosidad, me figuro que el pilar apuntalado en el corazón del vacío cumpliría con el papel de aguantar el techo de una cisterna; alcé la mirada continente adentro y topé con la dificultad de consultar el oráculo de Apolo, ¿no engulleron los siglos su fábrica?; además, según el gran viajero de Halicarnasos, el hijo de Artemisa tradicionalmente veranea en Delfos. No deseo que nadie aventure su palabra por explicarme lo del suicidio colectivo, destruiría el silencio del espanto; ¿no pesa la sangre más que la tierra?, por tanto, hará demasiado que hundió su rojo en ella; ¿no tuvo suficiente Bruto con lo ocurrido en el valle?, ¿a qué visitar entonces Patara?, ¿en aras de un nuevo asedio?; prefiero pensar con alegría en los vestuarios de las termas y también en sus baños frío, tibio, cálido y muy caliente. En lo alto del graderío consideré la extraña costumbre con que la naturaleza coge por los tobillos a la historia -aquí anegó la cávea central con una presuntuosa duna de color del oro-; luego me aproximé a las murallas construidas con bloques encajados -ciñen los laterales-; al inicio del descenso, giré el cuello en pos del monótono movimiento adelante y atrás de las olas, ¿no constituye un despropósito del mar en la ensenada mediterránea que con bastante más edad que yo regrese y regrese a mecer la profundidad de su sueño?