En Pamukale, detrás del castillo de cal
gocé con las burbujas
en las columnas de Hierápolis


Veo francamente difícil para un hombre como yo, amante apasionado de los colores, superar la trabajosa prueba de hablar sobre este resplandeciente lugar sin siquiera mencionar el blanco. La cal ya fluía disuelta antes de que la memoria lograse la categoría de historia; con una paciencia de siglos y siglos conformó en los obstáculos que encontró a lo largo de su curso extravagantes charcas. En el tiempo que asistí a los últimos pálpitos del crepúsculo, distinguí perfectamente cómo los juegos negligentes del agua retenida consumían la luz suelta del ocaso; ¿no prolongarán a escondidas su amistad con los reflejos hasta el amanecer?, en esos momentos brujos volví a ser otra vez testigo atónito de un diálogo extraordinario. A solas con la soledad de mis pasos, reparé en que fue el giro constante del reboso el que de un modo apenas perceptible empujó el fino depósito por encima de la baranda natural -contuvo así una caída demasiado precipitada. Reconocí en el vacío que asoma del lado opuesto la huella de las cascadas que escurrieron sus talles blandos según el dictado mágico de los viejos caprichos, ¡qué goce tan profundo el de contemplar el sueño de la huida inmóvil detallada en los chorros del carbonato! La metáfora de "gigantesca catarata helada" que figura en los catálogos de Pamukale me resultó en exceso chocante con el sofocante calor que padecimos.
     Inmediatamente después de que el alba escoja su sitial en el pedazo del planeta donde dormí, da comienzo en la cordillera que levanta su nobleza frente a mi cuarto una confusa contienda entre mañana y sombras; las altas cimas resuelven más rápidamente la porfía periódica; poco más tarde, las grandes moles terminaron por sacudirse el maldito vértigo del oscuro; los contornos que van desde las colosales cinturas a las cumbres disimularon su definición detrás de un velo del tamaño de los espacios; abajo, el presumido valle alardeaba del fértil verde, a pesar de que su tono palideciera -más en las fronteras que en mitad de la vega. Únicamente el enojo del ambiente pudo mantener firme la fenomenal cortina; el halo lechoso continuó echado mientras el sol recorría su habitual ruta azul. A la hora en que agonizan las brasas del astro, el cielo convocó a los rojos, ¿con qué propósito?, quemar los ligeros encajes que vistieron a la panorámica con ribetes de misterio, ¿que quién apaga la enorme olla incandescente?, un dios de la noche que en el sublime acto entrega a la perdedora del temprano debate su acta de ganadora -sobrevienen entonces las tinieblas.
     De antiguo, de muy antiguo la gente venía a Hierápolis con la esperanza puesta en arreglar su salud arruinada. Aquellos
tratamientos devolvían curada a la mayoría, ¿no influiría en sus ansias la sagrada sugestión de los sacerdotes?, ¿no vencieron acaso en la cueva el daño del gas venenoso?, ¡astutos...!, el anhídrido carbónico no alcanzó a sus narices, porque pesa más que el aire. Por mi parte acerqué el interés a la piscina de las columnas sumergidas y, confiado en las benefactoras consecuencias del roce con las burbujas, tomé el baño de los muchos años transcurridos; ¿no constituye un privilegio excepcional el codearse con las reliquias del pasado en cada zambullida?, estreché mi torso contra los fustes, los capiteles me sirvieron de asidero y las bases de asiento. Agoté la sed en el sabor mineral y nadé a brazadas. La carretera serpentea en medio de las tumbas licias, ¡qué diantres ocurre aquí, que los vivos faenan mezclándose con el descanso de sus muertos! Por llegar a Karahayit un cierto fastidio asaltó el baluarte en el que defiendo mi inteligencia; la realidad corrigió la estatura del derrumbe cromático que sugieren las postales con un drástico recorte; no obstante, en escasos minutos recuperé el ánimo que traje, ¿no sucedió en cuanto recapacité en la calidad de su patrimonio escrito a lo ancho de su prodigiosa diversidad? Me agradó la ternura de dos ancianas a la puerta de un horno: compartían el fuego que funde los polvos de queso esparcidos en las hebras de espinacas -mi paladar confirma el gusto delicioso de un buen pan relleno y recién hecho.
     Regreso del paraje en el que intervino con virtuoso tino la mano del temperamento humano, y también hoy dejo atrás el pasaje a la fantasía del Cosmos que descubrí en los elegantes relieves obrados por hombros celestes. Me noto, si no sanado, sí al menos en paz conmigo mismo -mejor, bien. Recordaré siempre la infinita levedad que disfruté de mi cuerpo cuando flotaba alrededor de los restos romanos -hondos náufragos, hijos del violento ademán de un terremoto. Tampoco olvidaré la ardiente lentitud impuesta a mis caminatas por una tremenda vaguedad que frenó a mis pies al pisar su espuma sólida -orea en las accidentadas laderas una herencia que mana de forma inacabable. Próximo al punto en el que nacen los efectos más cegadores de la montaña de algodón extravié el rumbo; en la inconmovible claridad de su suelo hallé la protección de una rara isla negra -abstracción abatida del porte de una higuera con frutos ¡Conteste el que sepa!, ¿se atrevería alguien a discutirle sentido a las piedras que el lejano arquitecto dispuso en el muro convulso por los acontecimientos, junto a la acequia? Durante los días que permanecí en mi grato retiro de allí consideré en las ejecuciones de la sal pura y amarga el plante de un arte magnífico, lo juzgué seguro y satisfecho en su edad madura y sentí su magisterio apegado a una inocencia que alienta a los deseosos de admirarlo con la lozana ilusión del niño.