De las entrañas de la Anatolia
me traje la danza de los planetas


¡Qué fácil resulta complacerse en el vuelo del aire alrededor de la fuente en la que tantos desgranaron sus deseos! En la desgana del calor medité en cuán diferentemente habla la condición humana dentro de la región de sus hábitos y en las afueras de ellos, ¿la manera en que el alrededor cotidiano rodea a cada cual no obstaculiza la relación del individuo con su mundo?, ¿y cuando el viajero anda metido en su viaje, no repara en que su propósito halla suelo suficiente para soltar toda la emoción de que es capaz? Influido por los dos ángulos de la conducta deduje enorme la distancia entre el sujeto histórico y el estético, a pesar de que por el difícil camino trazado de la confusión a lo auténtico voy y vengo bastante a menudo. Frente a tal desigualdad, distingo con franqueza un desconcertante reparto de cartas: la órbita de lo cotidiano impone constantemente la obligación de actuar, mientras que nadie exige a nadie proceder del lado opuesto a su rutina. Repasé muy despacio la divisa "parece como eres o sé como pareces" y crucé de inmediato la entrada de los profetas; luego que traspuse la puerta de los iniciados, repetí en mi interior el final de una leyenda escrita en el último umbral "... si alguno llegó incompleto, aquí se completó" -¿me alcanzará su eficacia?
     Eché mi mirada ciega sobre las cabeceras de los sarcófagos y aguardé a que los nervios aflojaran y cupiera el sosiego -recuerdo que mis pupilas adaptaron rápidamente su tamaño a la consistencia de la penumbra ¿Qué destreza dispuso la suprema elegancia con los turbantes de la Orden? Colmaron el arrobo de mis ánimos las magníficas filigranas cosidas a la suntuosa marea de telas: a las estáticas olas rojas les siguen las inmóviles olas azules, unas y otras cubren por doquier los secretos restos de la muerte -afortunadamente, por esta vez, los colores no escaparon de los dibujos. Pero fueron las tumbas coloradas las que en realidad contuvieron unos minutos mi sed por continuar adelante, ¿acaso no sé que el tono de la sangre representa la manifestación perceptible de la gracia divina? Sin que lo advirtiera, me cogió del brazo el ritmo perezoso del rezo y recorrimos juntos la calma del método y el descanso uniforme propios de los museos; gocé de las numerosas cosas expuestas ahora, que antes permanecieron escondidas a los ojos de extraños. Guardé silencio allí donde huelgan las palabras, ¿no dijo Mevlana que juegan un papel similar al de la valla en una viña? Detrás de la verja de plata yace el místico que bailó al compás de los martillos de un orfebre; describió la noche de su marcha como la noche de la Unión, porque estimó que fundiría su ser material con la entidad universal y con la vida eterna -el largo periplo que comienza y concluye en Dios. Apenas ocurrió el sublime instante del tránsito, la sombra del más grande filósofo que naciera de la cepa islámica diluyó su luz en la preciosa luz; su ejemplo aún insiste en señalar el trayecto por el que es posible tocar el cénit del arrebato y la sima del espíritu.
     Imagino que el sonido de la flauta debió revelar la nostalgia por su lecho de caña, y que el giro acompasado de los monjes suspiró por invadir la esfera de los reinos cósmicos -imitaban con sus rotaciones infinitas el movimiento de los planetas. La mano derecha extendida con la palma arriba y la izquierda, cara abajo. Los círculos de aquella borrachera celestial constituían el preámbulo de la paz que merecían sus almas -maravillosos sueños diurnos del hombre. Quienes consideraron los versos un intermedio en su sistema contemplativo tomaron nota de que a su poesía le sentaría bien un lenguaje ágil; ¿por suerte no hicieron saltar en el tiempo de la construcción de sus poemas los grilletes de la métrica?, ¿no consiguieron expresar así una embriaguez incontrolable? Garantizo que el crédito del ambiente acaba por desvanecer las inquietudes que uno acerca distraídamente consigo. Yo ya no podré olvidar la atmósfera penetrante del lugar que reunió en una persona genial los atributos primordiales de nuestra esencia: el intelecto y la voluntad. Me dio la sensación de que una extraordinaria levedad quedaba detenida en las sienes de los fieles -al menos poseía la densidad de un ruego interminable. Los puños abiertos por la mitad, vueltos hacia enfrente y a la altura de sus hombros, se avienen perfectamente con el signo de las súplicas que cuelgan de labios mudos.
     Comparto con cualquiera que ningún pensador armado nada más que con la lógica obtendría una explicación que sirviera al éxtasis -sólo lograría emprender un ensayo ilustrado-, y convengo con el maestro de Konya en que el amor por sí mismo aclara su devoción en el sentido correcto. A despecho de su frase "no busques mi sepultura en tierra, sino en el corazón de mis enviados", recreé la vista en los dieciséis lóbulos de la singular cúpula verde que corona la meca de los derviches, y traje del coraje de la Anatolia mis retinas impresionadas con la fabulosa estampa de sus azulejos organizados con turquesa. A partir del día en que preferí asomar mi conciencia a las gentes que pueblan el globo a adormilarla en el ombligo, las enseñanzas prendieron con ímpetu las llamas de mi asombro; a medida que descubría la evidencia ocultada por las apariencias, disminuía mi estupefacción; después de que reposaran lo suyo las experiencias, aprendí a contar lo que aprendí ¿Qué me importa?, ¡lo confieso!, al autor le encantaría haberte llevado, lector, hasta el quicial de lo que valoró; lo demás corre de tu cuenta, y, por favor, no te precipites en escoger a los escasos amigos que contribuyen con su buen carácter a tu cordura en la espesura de las incertidumbres.