En la Capadocia,
vi a los gigantes hijos de la erosión


Vale la pena llegarse hasta los enormes cuerpos de un único pie y sin brazos de las insolencias cónicas que pueblan la Capadocia. Contando los siglos y siglos por docenas, las furias telúricas calaron hondo y más hondo; he ahí la razón por la que los gigantes calculan su alto a partir de la profundidad a que los orígenes situaron los recios peñascos, ¿no constituyen en el presente sus extraños sombreros? Enemiga perpetua en cualquier esquina del globo de las líneas rectas y de las prominencias agudas, aquí la erosión insiste imperturbable en su lucha socavando el material blando por debajo de los tocados; ¡ay de aquellos colosos cuyas gargantas logra adelgazar en demasía!, deviene la ruina del precario equilibrio, resbalan sus cabezas y la defensa frente a la intemperie queda desvanecida; ¿no reconocí por doquier cuellos incapaces de soportar la piedra encima por su manifiesta fragilidad?; relativamente pronto según las agujas del reloj geológico, los fenómenos decapitados parecen rancias calvas. Los incansables elementos obstinan su hoy, proseguirán mañana y pasado con su quehacer destructivo: reducen y reducen la descomunal estatura; leí que solamente frenan su acción humillante si en estratos inferiores hallan un nuevo candidato dispuesto a cubrir seseras desnudas; resulta obvio que en caso contrario las iras básicas concluirán sus empeños al borde del suelo. La labor del hombre que advertí en las singulares elevaciones prefirió sus interiores: horadó los costados en el sentido horizontal y dotó de boca al monstruo con piel de roca, luego lo tentó la vertical y abrió ventiladeros -las fosas nasales coinciden con los grandes ojos en el semblante que termina en vértice, oscuridades de infierno.
     Mientras nos dirigimos a las montañas que protegen la espalda de Zelve, descubrimos al paso en las laderas el parto multitudinario de extravagantes criaturas del tamaño de los fantasmas. No aborté entonces en mis labios la sorpresa, y ahora no detendré la pluma en la escritura: dije y digo que el discurso inacabado de la creación aún continúa moldeando los perfiles peculiares de sus estrofas en los accesos a la eternidad. Lo que en un principio y a lo lejos juzgué escenario, en los postres de la distancia entré completamente a formar parte de él; dentro, solté mis ansias por abarcar la dimensión infinita del carácter de los titanes -como nunca confundí mi endeble condición, conseguí recuperar la ilusión por salir. Quise dejar atrás las importantes figuras imitando el modo de los árabes -con el torso de cara a sus enclaves sagrados-; alquilamos un carro arrastrado por un asno y conducido por un viejo; ¿no me despedí poco a poco de las compañías excepcionales con las pupilas clavadas en sus ritmos fascinantes del largo de los milenios?, mis piernas descansaban colgando de las rodillas. Al revés que los seres, vienen al mundo con su mayor talla puesta; en cambio, el final los sorprende igual que a nosotros, encorvados. Antes aprecié sus nacimientos mudos -no chillan, ¡diablos, no me conviene olvidar que practican una vida muy diferente a la mía!-; un rato después admiré la rareza de su gestación ¡Que ningún idiota se atreva a amortajar mis oídos con su impertinencia!, sordo a la armonía no podría respirar en los dominios de lo absoluto; todavía mantengo claro el recuerdo -aconteció apenas ayer-, y ni siquiera el mismo demonio me persuadiría de que no lo experimentaré más nítidamente a medida que los años roan mi organismo. El látigo usado con destreza guió al bruto por atajos de una belleza inusitada, ¿no produjo la tierra molida por las ruedas de madera un sonido que sugiere acequias ocultas?; entretanto, el sol en su cénit sembraba sus efectos cegadores -conozco bien a estos confidentes del silencio. El animal suspendió su tiro en tres ocasiones: durante la primera parada abonó el camino trillado; más adelante mordisqueó una planta -anoté que el anciano aprovechó el antojo, guardó su dentadura y encendió un cigarrillo-; ¿y no sació acaso el torpe cuadrúpedo la sed que traía consigo en la tercera estación gracias a un chorrillo de agua casi al límite del trayecto apalabrado? Almorzamos y gocé del exquisito té turco acogido en la colección de sombras que cobija un nogal, ¿encontraré en la suma de los distintos estadíos que la muerte formula a la perfección en los espectros la clave definitiva con la cual descifrar el destino de los humanos?
     Recomiendo encarecidamente a los amantes de los prodigios labrados por las fuerzas de la naturaleza que tengan ganas de soñar la andadura con que recorrí el Valle de las Chimeneas de Hadas -en las afueras de la sospecha, las maneras citaron a la elegancia en un lugar que opinaría señalado para preservar en exclusiva un gesto rústico. Creo que el magnífico trabajo lo realizaron los orfebres más esmerados, aunque los componentes no fueran de metal; imagino la faena a escondidas, porque jamás escuché que alguno viera trajinar a los artistas por tales parajes, y menos con las manos ocupadas en la obra. Yo ya volví, y en esta segunda oportunidad califiqué la magia del rincón de más irresistible que cuando afronté sus incógnitas con la memoria descalza; quizá lo deba a que en esa vez moví conmigo un inmoderado desasosiego sobre mis hombros. Probablemente, no decidimos en ese momento lo mejor, ¿a quién recurrir en un paisaje donde a nadie se le ocurre vagar en las horas previas al ocaso?; abandonamos el sitio a su peculiar retiro y aguardamos en un mirador cerca de Ürgüp los escasos y espesos minutos que dura el duelo púrpura del atardecer con el preámbulo negro de la noche. El saber con certeza que el rotundo luto depone su triunfo en el próximo amanecer obliga necesariamente a la pregunta: ¿lo efímero del éxito en el extraordinario combate justifica que el acto sangriento repita día a día semejante debate desde el comienzo de los tiempos? En el aire persistió la sensación de que la quebrada en el confín del espacio no es otra cosa que un inmenso altar pagano, y que el rojo vertido en las cumbres procede del vino derramado por unos dioses ignorantes y borrachos.