Los dioses de Nemrut,
la locura de un rey


Recién estrenada la era cristiana Antíoco mandó levantar en la cima del Nemrut gigantescas imágenes de sí mismo; y como la megalomanía nunca marcha a solas, obligó a que sus antepasados inmortales compartieran con él su tribuna excepcional. Probablemente, las incontables rocas del tamaño de mis puños que coronan la montaña atesoran en el duro vientre del túmulo la tumba del rey; las que cayeron del pico incomodan la ascensión del viajero en las sienes del macizo. Arriba pregunté al pasado "¿por desgracia, la familiaridad con tan excelso cortejo no termina por trastornar totalmente unos sesos afectados por el delirio?", el propio hijo de Mitrídates debió de sufrir del vértigo que ocasionan sus parientes, ¡mira que ocurrírsele pactar con sus vecinos partos y de espaldas a Roma!-; ¿su castigo?, la irremediable pérdida del trono -juraría que no se percató por entero de las consecuencias hasta que las crónicas no le enteraron. Allí comprobé que la costumbre del canje continuo de lo moderno por lo antiguo -bastante común en otras partes- dejó paso al peso de la nota sostenida -rasgo singular de los santuarios-, ¿y los momentos que acaecieron mucho tiempo atrás, no acabaron con la identidad de los fracasos?, aún permanece inconfundible el perfume del éxito que logró imponerse al marasmo de los acontecimientos. Casi veinte siglos tardó la historia en despertar del sueño milenario a la magnífica composición del genio artístico -la lejanía de las habladurías de la calle y del barullo de los mercados conservó intacta la reliquia ¿Convocaría el retiro a las fuerzas perpetuas?, ¿cómo si no reparar la inabarcable quiebra del cosmos?, el espíritu y la materia, lo físico y lo moral aparentan tomar de nuevo la forma de un cuerpo completo.
     A despecho de la brusquedad con que los terremotos segaron brutalmente sus cabezas, los colosos prolongan con rabiosa aspereza la vieja práctica, ayer obsoleta, del absolutismo en el conocimiento; supongo que tal actitud les conviene así, o acaso tendrían que entendérselas con nuestra raza, ¿no les vendrá de ahí su extraña vocación por sepultar los primeros fragmentos de sus biografías? ¡Claro que no niegan la capacidad indiscutible de sus criaturas!, pero dan la impresión de que osan impugnar su potencial. Frente a mí detuve unos segundos el constante peregrinar de mis pupilas a través de las representaciones reducidas de aquello que la naturaleza me veda llegar a ser, a pesar de la abultada fantasía soñada con los párpados bien abiertos; los contemplé penosamente encadenados a sus sombras, ¿quizá el carácter eterno de su sangre les impide deshacerse de ellas?; en cambio yo, que también me duelo a veces de los grilletes del oscuro vínculo abatido, dispondré de la oportunidad de vencer a sus ataduras cuando muera. Un asesino trataría de arrancarles su espesor negro posado en el suelo -sabría con certeza que a ninguno le toca existir separado de su alma aunque more en las cumbres más altas ¿Qué considerarán sus ojos marchitos obrados espléndidamente en la piedra?, me figuro que el largo rastro de todas las vidas inteligentes ya consumidas ¿De verdad que no les encantaría devolvernos a la fase original de irracionalidad?, ¿recuerdan que en ese período todavía nadie los pretendía divinos? ¿A qué demonios quedan esperando los dioses mientras duermo?, reconocerán la respuesta en los instantes que el mañana repetirá iguales a hoy, y es que el ritmo de la personalidad del planeta caló muy hondo en los sólidos semblantes volcados.
     A la hora en que el horizonte limita por el Oeste con el sol, la línea del final del mundo que avisto engorda ostensiblemente su trazo, la ausencia de una multitud de detalles humanos tensa con desmesura el aire en los alrededores y la quietud más cercana torna su gesto grave y profundo, porque los hombres, sus animales y plantas rinden la voz absortos ante el maravilloso espectáculo del magnicidio diario, ¿la atmósfera que respira el paisaje en los trágicos minutos no resulta inhumana? En las crestas más eminentes distinguí los ámbitos encrespados de la catástrofe telúrica que veló el prominente escondrijo del secreto. En este soberbio palco de la Creación sentí con más intensidad que en cualquier lugar la sublime agonía del dualismo de padre-cielo y madre-tierra al concluir la fabulosa explosión en el poniente, ¿no sucedió del modo en que ha de suceder para que el orden sempiterno de las cosas mantenga sus riendas? Grabé en mi mente el color del fuego prendido en el vasto incendio que el universo adjudicó al inolvidable crepúsculo, pues no me cabe la menor duda de que en las afueras del punto del mapa donde me hallo ahora difícilmente volveré a encontrarme con algo semejante. Temo reunirme con las gentes de allá abajo, polarizadas entre el poder y la obediencia, y, sin embargo, la memoria de las pasiones, sacrificios, violencias y delitos -ingredientes de la conciencia- tira desaforada de mí, ¿del despedir la luz después de que desapareciera no saqué los mejores propósitos? La libertad que experimenté al descender con la noche derrumbada en mis hombros no creo que la regalara el ocaso, me pareció que únicamente la hizo posible. Durante la dilatada incomunicación que acompañó al inerme protagonista real, la intemperie fue la visita habitual a la admirable vista; en aras de la prudencia, opino que asegurar el sitio contra las comprensiones rápidas constituye un buen signo de respeto a su silencio.