En el comienzo
de una eternidad muerta de sed, Harrán


¡Y pensar que esta curiosa ciudad lleva puesto su nombre de ahora por más de cuatro mil años!, ¿no suma una edad respetable? Leí que Harrán conecta más con Aarón que con Kainán; supuse responsable a la fonética, porque la balanza de las conjeturas inclina su perfil del ala que ocupa el nieto de Noé, en vez de desnivelarse por el lado reservado al hermano de Abraham. Pese a quien pese ¿no persisten algunos en señalar que la nave vencedora del diluvio mítico posó su barriga de madera en una loma del cercano monte Cudi?, ¿no detuvo allí sus pasos el profeta del Viejo Testamento de paso a Palestina con su familia? ¿Qué manifiesta de veras el topónimo?, ¿viaje o caravana?, hablan los que opinan de "cruce de caminos" y tampoco callan los que sugieren "calor tórrido". Cualquiera que eche una ojeada a las crónicas, confirmará en aquella encrucijada una parada necesaria en la ruta comercial entre el Mediterráneo y Mesopotamia, pero la acepción agobiante la fiará indiscutible el osado al que le entren ganas de andar por la llanura muerta de sed con el mes de julio a hombros ¿Y si fuésemos capaces de considerar el espacio que presenciamos siguiendo una pista contraria al curso del tiempo?, nos asombraría el vergel que sucedió antes que el desierto; hace mucho una gran sequía embarcó al magnífico panorama en sufrir la acrobacia que va de la alegría del verde al enojoso fardo de la melancolía ardiente; ¿no dejó el cataclismo al descubierto los cauces de la tupida red de canales?, la mañana en que me avine a una cita con el pasado, los ríos descendían marchitos.
     Los hombres propinaron un buen mordisco al árbol de la sabiduría en su excepcional posta del planeta, ¿o no germinó una cultura rica, variada y dotada además de hondas raíces?; la excelente fama de su Universidad alcanzó a todo el mundo conocido de la época ¿No calculó Albatanius la distancia que media de la Luna a la Tierra?; al médico y matemático Sabit bin Kurra le cupo el honor de traducir al árabe los textos clásicos griegos; y, ciertamente, tildo de encomiable el que Jabir bin Hayyan mostrara su desacuerdo con la indivisibilidad del átomo, ¿no llama la atención el que pronosticara la liberación de energía en el caso de que los estudiosos llegaran a conseguir la escisión fundamental?, dijo, creo acordarme, que podrían devastar una población del volumen de Bagdad. Procuré en vano imaginar el sitio en el que cayó brutalmente asesinado Caracalla -a la altura de hoy resulta complicado recuperar la memoria ahogada en el fondaje de los veinte siglos transcurridos-; unos afirman que sus piernas flaquearon dentro de la muralla y otros que afuera, aunque la mayoría parece coincidir en que ocurrió mientras recorría el trayecto del templo al palacio; ¿el prestigio de tres milenios de servicios religiosos no obliga a la historia a acomodar ella sola los acontecimientos?, ¿por qué demonios me afano en el escenario del crimen por localizar el punto exacto que sintió la efusión de sangre?; no disimulo mi profundo lamento por el cúmulo de frustraciones que acompañan la impotencia de la víctima al final del último acto.
     Los pormenores aparentan estar omitidos a la primera mirada; en cambio, una observación más pausada distinguirá los detalles reunidos en torno a sus admirables casas con aspecto de colmenas ¡Dios mío, juraría que la audacia de la abstracción logra una impresión que emociona!, mi hambre por lo exótico nunca recogió referencias a algo semejante -ya en las palabras preliminares del espejismo percibí que mi sueño representa la realidad cotidiana de los del lugar. No pretendí que las cumbres cónicas de las habitaciones constituyeran un exceso artístico, sino más bien un genuino ajuste de las gentes con el clima que les tocó en suerte. La repetición normativa de las cúpulas me empujó a meditar en que quizá la relación de los significados con las formas sonoras del lenguaje debió aceptar el amparo de la fantasía inflada de sus techos -en la atmósfera soberana únicamente escuché eso que bastantes denominan silencio. En el  interior, inspeccioné las estancias construidas con ladrillos horneados que sustrajeron de las ruinas, y en cada aposento apunté que la base cuadrada sustenta las originales cúspides -el boquete practicado en el vértice consintió un agujero de luz del tamaño de las monedas ¿Preciso revelar el secreto de mi juego favorito?, consiste en alejarme del invierno que impone la monotonía del propio día a día.
     Me aproximé por detrás a los restos del castillo con la intención de vagar sin rumbo fijo por las entrañas de su vientre. Noté que mi alma decidía su encuentro con la reflexión de manera análoga a como mi cuerpo corría en pos de las sombras -ambos buscaban un refugio garantizado-; ¿no fue entonces cuando oí el recuerdo del fragor de los mongoles?, las terribles hordas del Este mutilaron la piedra y decapitaron la fortaleza. Reconocí en los bajos un caravasar; los jinetes metían las cuerdas con que ataban a las bestias en las labradas asas de esquina -la belleza de una gracia gastada atrajo a mis pupilas. A través de una abertura salí al exterior de la oscuridad, y contemplé la plástica de los animales alimentándose con matojos en medio de nobles vestigios -probablemente se abreven en los pozos salobres. Alcé los párpados y advertí que mi vista dispuso a su antojo de la vastedad del terreno -¡con cuánta dificultad comprendo que no se trata de una extensión infinita! Me traje de sus campos la confianza que la escasa agricultura dedicada al trigo, cebada y pocos cereales más pone en la lluvia directa. Sinceramente, admito que de aquí o de un paraje gemelo a éste tomó sus modos ásperos el ceñudo semblante de la intranquilidad perturbadora, ¡cómo orienta a una cabeza útil en el sentido de confesar su particular desnudez! Durante el regreso, mis retinas aún retenían los efectos del abrazo de fuego en el comienzo de la tarde -reflejos del sol disueltos en una eternidad compuesta por innumerables granos de arena.