Las aguas de Urfa


No creo que olvide jamás las apacibles tardes de Golbasi, ¡cómo recreé mis sentidos en uno de los parques más hermosos con que topara en mis viajes! Mantengo fresca la memoria con la agradable sombra de las moreras, el despacioso cimbreo de los pinos abarrotados de piñas y el murmullo que la brisa arranca en las parras -las uvas de julio aún no alcanzan el aspecto maduro ¿Quién se atreverá a robar en mis narices el delicado aroma de las adelfas?, ¿y a hurtar la suavidad de los matices con que el temperamento de la creación adornó sus flores? Después de que el caudal constante aflora en la cúspide de la fuente principal, derrumba su cuerpo amorfo encima del piso de arriba y rebosa las plantas inferiores en el camino de regreso al estanque; los chorros caen hoy donde mismo cayó la hija del rey Nimrod por admitir los prédicas de Abraham. Ayer, como el profeta dio la palabra a un único Dios, el padre de la princesa Zeliha lo mandó quemar; la voz divina que retumbó a tiempo enfrió el juego del fuego y las llamas asumieron la gracia del agua; ¿que qué fue de las brasas incandescentes?, ya entonces tomaron prestadas las figuras de los pescados que vi nadar. Compré a alguien un puñado de garbanzos, asomé mis ansias al borde del milagro y sembré el grano sobre la espalda húmeda de lo extraordinario; rápidamente, las carpas acudieron a su cita habitual con las perturbaciones en la superficie del embalse; mientras las ondas extendían su desplazamiento concéntrico hasta morir en los límites líquidos, asistí complacido a una realidad que nacía a la vida en el seno de una perspectiva agitada. La motivación religiosa posee aquí tal efecto de continuidad que dispone de una existencia independiente del resto de la cultura, ¿la hospitalidad que rezuma el espacio no estará emparentada con su origen piadoso? Cada noche mis consideraciones cedieron ante la fantasía prendida en las bombillas de colores -no conseguí remediarlo: me fascinaron los rojos, verdes y amarillos que saltaban a tierra desde sus escondites envueltos en la túnica negra de aquella hora. Sufro de manera insufrible el que la mayoría explique los casos particulares igual que un ejemplo de la ley general, ¿reconocerán alguna vez en la piel de los sumandos las expresiones fundamentales de la fórmula completa? No me resistí a subir a la cima y a acariciar la larga ancianidad asediada en las dos columnas corintias; ¿y si interpretasen la bipolaridad que cierra el más conmovedor periplo histórico?, el lazo que conjeturo va del animismo o quizá del animatismo al monoteísmo. Delante de la espléndida panorámica resulta fácil derramar el sueño; nadie más turbado que yo abarcó los maravillosos detalles redactados en el lado superior de la ciudad; ¿no hablé a los que quisieron oírme que los pantalones bombachos y el chador constituyen ahí abajo vocablos de ahora?; confieso que recurrí al vínculo del pretérito con lo contemporáneo para dotar a mis reflexiones de una profundidad secular. Aguardé los instantes en que el día remata su misión diaria; cuando sucedió la inflexión mágica, registré en mi cámara el sólido contraluz retenido en la pareja de fustes y también impresionó el cliché la atractiva imagen oscura de una menuda estatura humana ¿No pesaría demasiado la magistral herencia de piedra?, ¿la patente fragilidad de unos hombros desnudos aguantaría la enojosa carga?, seguro que su destino vencerá a los embates, porque semejante presencia significa inequívocamente la oportunidad del relevo.
     Del recorrido por el bazar de Urfa recuerdo la solicitud sosegada con que un hombre de amplio volumen seguía los trazos de la escritura árabe -pensé que probablemente tratara con un libro sagrado. Los de menos fortuna corrían por los pasillos con las bandejas en la mano -acarreaban vasitos de cristal llenos del sabroso té turco. Observé a los sastres que faenan con sus trajes a medida, ¡los acaban en una sola jornada!, y reparé en que a los vendedores de alfombras no les convienen los zapatos. Me tentó mirar hacia atrás y cumplí con el impulso: señalé a los otros una mancha cuadrada de luz en el adoquinado, los ojos de todos escalaron la huella en el aire y advirtieron a la altura de la bóveda un enrejado que silenciosamente filtraba en cuatro haces el sol de las cinco. Al más pintado le volverían loco los fuertes tonos de las telas con chapitas de metal y los arrebatos cromáticos que rivalizan con sus caprichos de levedad sujetos a los pañuelos; por lo que a mi respecta, sucumbí al embrujo de las cuentas de vidrio que ardían en sus collares ¿Qué diablos contentaba a ese individuo de barba gris y turbante blanco en el quicial de la peluquería?, ¿desgranar pacientemente un rosario? Me llamó la atención el que un buhonero golpease su tenderete, ¿pretendía que sonasen los platos apilados? Bien sabía el cielo de mi prisa y, no obstante, me detuve por unos minutos junto a la monótona conversación entablada entre un artesano y el cobre; apenas escuché lo que decía el viejo, pero entendí muy claras las respuestas; a un empedernido fumador de narguiles que sentaba el culo más cerca y en nada ponderaba las quejas, le grité ¿sabe cuántas secretas preguntas hay puestas en el ritmo impuesto por los latidos del martillo? Empujados por la batahola nos encontramos de repente con un descubierto, y sin dudarlo echamos nuestros organismos cansados en unas banquetas que parecían sillas de montar camellos aunque fabricadas en menor tamaño, ¿acaso no hace rato que dejamos a los pies vagar por un caravanserrallo? Al abandonar el recinto, me percaté de la acequia que dividía por la mitad el sitio, y por unos momentos entretuve mi inquietud en un niño que enjabonaba sus brazos dentro de un fango opaco y empantanado.