Mientras admiré la vuelta del Tigris,
colgué mi sombra en un bastión de Diyarbakir


A pesar de que todos aparentan tranquilidad, la atmósfera no consigue descargar la tensión que causa siempre la guerra. En Anatolia del Este, cualquiera descubre su rostro escondido, y, no obstante, la gente procura deshacer con su mayor urgencia la menor inquietud; pegado al cráter que horadó un meteoro recurrí al "boom" onomatopéyico con la intención de figurar la tremenda colisión, y confieso que me sorprendió lo inmediato de la respuesta: "no problem" -admito que el guía confundiera mi referencia con su tendencia al sentido bélico. De la cena en el hotel de Van me acuerdo particularmente de un camarero con los nervios bien cargados y mal disimulados que tomó el mando de las cortinas del ventanal; ¿su misión?, la desconozco, pero nunca y en ningún sitio reparé en que alguien ocupase las horas en una situación tan estúpida; ¿trataría quizá de ocultar el blanco perfecto a un potencial espía protegido afuera por el manto de la noche?; al abrir los visillos cuando se fue la luz, consintió que la luna metiera sus rayos en las entrañas del comedor -probablemente, maquinaría que las velas encendidas revelan peor los contornos de unas víctimas.
     Desde luego agradecí en lo más profundo que la carretera bordease generosamente el lago en la espléndida mañana, porque al menos por última vez disfrutaría con la paz jabonosa de sus aguas, ¡qué extraordinaria violencia desplegó el volcán Nemrut para cegar la primigenia salida natural y asistir al origen, igualmente natural, del inmenso mar de potasio disuelto! A la derecha quedaron la agradable plástica del embarcadero arrimado a la orilla y el bello rincón que nadó hasta la pequeña isla de Akdamar -en secreto deposité mi voluntad romántica al lado de la maravillosa arquitectura que los armenios detallaron en su Iglesia de la Santa Cruz. Ocurrió al completar el autobús un giro pronunciado del trayecto, y no creo que alcance a olvidarlo: de repente, un imposible pareció brotar de aquella tierra singular, colocó sus hierros enfrente nuestro y adoptó la forma de un tanque; no, no había resquicio en el que alojar la duda: delante del parabrisas, la rotunda disuasión de un cañón apuntaba rigurosamente al conductor, y detrás del cristal trasero reconocimos la evidencia de su pareja militar -inmóvil durante el interminable silencio que gastaron los soldados en la inspección.
     Escuché al atardecer hablar únicamente de experiencia, ¿lo que jamás anduvo con remilgos en su rellano final, no acabó por expulsar el sofoco veraniego traído a una indómita parcela del planeta?; la sed que persiste en el ambiente asumió el encargo de ablandar el gesto hosco de la temperatura. Trepé como pude a las titánicas defensas que siglo a siglo respaldaron a Diyarbakir en los embates que organizaron los inoportunos amantes de su importancia estratégica; no estoy seguro de que no influyese en mi decisión la estampa del águila sobre el toro que ornamenta la Puerta... ¿Cómo abandonar a los caprichos de la memoria una atalaya de tal envergadura?, ¿acaso los hombres que se impusieron perpetuarla, a despecho de los destrozos con que sus enemigos se obstinaron en derrumbarla, no merecen un gran respeto?, ¡demasiados quebraderos da el entusiasmo de los contrarios por una destrucción sin condiciones! De la estrecha caminata también recuerdo que la inclinación del sol tiñó el bastión con el movimiento negro de unos cuerpos -a partir de las siluetas y del tamaño de la fila, deduje que afortunadamente no callamos las sombras en los alrededores del Monte Ararat.
     La enorme altura exterior que detiene la llanura y la vertical del interior que cae directamente a la calle ciñeron el paseo; en cambio, el horizonte mantuvo a lo largo de su periplo una prudente lejanía, ¿no permitió así al Tigris mostrar con insolencia la amplia vuelta de su cauce? Permanecí bastante rato admirando el soberbio puente con que los romanos unieron las márgenes de uno de los ríos contados de más antiguo, ¡con cuánto orgullo yergue aún su fachada!; nadie opina que la notable novedad perturbase el sosiego milenario del curso. La magnífica representación sugiere que el propósito de ensanchar la perspectiva corrige el estrabismo y la miopía; un espectáculo de esas proporciones necesariamente redunda en la buena salud de unos ojos, ¿cabe la más ligera sospecha de que no? Dediqué unos minutos a repasar los aspectos más señalados de mi vida bajo la lámpara de los hechos ajenos a mí que en este punto del mapa encontraron su suelo, y olí en el acto la llegada de la eficacia precisa con que llevar adelante un ajuste íntimo.
     Arriba probé a imaginar las batallas que orbitaron en las proximidades de sus muros; ¿por qué razón no me siento un extraño?, ¿sólo un puñado de gérmenes del pensamiento constituyen los ancestros primordiales, comunes a unos y a otros?, ¿trabajará además la lógica de la mente en el papel de restringir las fuerzas centrífugas que apoyan las divergencias?; ¡ni la más nimia conjetura!, las diferencias culturales no implican diferencias congénitas: de mis semejantes no me separa más distancia que la del ancho de una mano; ¡pues claro que los humanos subimos juntos al mismo peldaño!, ¿de qué doctrina procede entonces la diversidad?, resulta innegable que utilizamos escaleras distintas ¿Y el desorden que percibo al mirar dentro de la historia?, ¿lo producirá una pupila cansada de estudiar cuanto anota?; ¿si considerasen el rumbo de mi tiempo, calificarían de caos lo sucedido de ayer a hoy quienes residieron aquí en épocas pretéritas? El zumbido de los helicópteros que patrullan constantemente las cercanías y el estruendo que dejan atrás los modernos aviones de combate cuelan en oídos foráneos cierta alarma; después de que descendimos no adivinamos en las facciones de los lugareños el más leve trazo de zozobra, y supusimos que juzgaron corrientes las circunstancias de excepción -costumbre grave por la mucha edad del coraje, codo a codo con la leyenda.