Viajé en el tiempo de ahora
a las tierras del diluvio


Solté la vista que los prolongados ensimismamientos atan con fuerza a los tobillos, y permití que mis retinas recorrieran los alrededores de mi yo con la lentitud característica de los pasos de una emancipación recién estrenada; no, no pude sujetar por más tiempo las bridas de su libertad sin que quienquiera notase la sospecha, y mis ojos -niños que gustan de lo vasto- acabaron por escapar -acompañados de su ingenuidad- en pos de la periferia abarcable ¡Qué inmensa planicie abierta al ardor de un sol magnífico!, ¿quién demonios izaría su llama al cénit en las inmediaciones de la mitad del día?, las sombras no hallaban siquiera un lugar adecuado en el que esconderse. A pesar del descaro de su entorno, el Ararat juzgó la hora excesivamente temprana para publicar su temple blanco, y mantuvo imperturbable en el confín donde habita su cita con las nubes altas, ¿ya en el desperezar de la madrugada, no acordaron ellas componer un turbante impecable y ceñir las sienes de la montaña? El son que el silencio arranca a cada instante de la piel tersa extendida en la llanura, y el silbido sitiado en los eminentes verdugones de aquella tierra remota, redactan la voz ronca y las pausas de la respuesta infinita que promulga una deidad de edad madura -hablo de mera rutina, habitual en los parajes religiosos nacidos con el albor de las eras. Probablemente, mi cuerpo ocupó en esos momentos un pedazo del espacio próximo al que surcaron nuestros ancestros bíblicos; no cupo el encuentro y seguramente lo debemos a que alcanzamos el mundo en épocas distintas, ¿o quizá lo de medir las consecuencias pertrechado con la cronología convenga a una costumbre realmente impropia?
     Porque quise ir tras la ilusión de un hombre que anduvo doce años buscando los restos de una barca en el pasillo a lo inmutable, tomé un camino que obliga a dar la espalda a la admirable osamenta de un castillo vencido y a la ejemplar elevación sagrada. En ninguna circunstancia renuncié a la consciencia de que viajo por una región con vocación de puente; ¿qué cosa diferente sostendría frente a un documento rubricado por un prodigioso itinerario entre Oriente y Occidente, si dejé que me sedujera su distante papel de vigía en la ruta de la seda?, ¿y cuántos no experimentarían la comunicación directa de sus almas con el fondo más hondo del pasado, a la vez que examinaban cara a cara al longevo y espigado guía? ¡Qué formidables testigos tiene la historia!, ¿resulta posible argumentar en sus presencias una mentira?, ¿aunque el embaucador lo intente con el engaño de una falsa esperanza? No pretendí al acercarme hasta aquí reconstruir los sucesos que relatan las páginas épicas, ni los hechos que narran viejos testamentos; aspiré exclusivamente a recomponer el destartalado rompecabezas de mi
condición humana en una cuna como ésta -cuenta con la antigüedad de mi estirpe. Cruzamos tres caseríos levantados con piedra desnuda a lo largo de la carretera que serpentea por las míseras fachadas; no equivocaré nunca su número, ¿acaso confundí el olor ácido de los bloques de estiércol que los kurdos apilan delante de sus viviendas?, combustible de invierno puesto a secar en verano; y ocurrió que en un descanso de la pista entretuve mi valor turbado en una perspectiva varada en la ladera... pensé que a lo mejor señala la ruina reclinada de una rancia tradición.
     Rebeldes a los impulsos que dictan los gemidos del temperamento, los datos únicamente admiten la disciplina que fija su estudio e impone el análisis riguroso -no atienden ni a filias ni a fobias. Reconozco que en el caso del socorro construido por Noé y los suyos, a lo peor califiqué de demasiados los supuestos, ¿por desgracia no acaeció hace tanto que germinaron las hipótesis?, me irrita el modo retorcido con que la especulación envuelve las incógnitas, ¡por Dios, jamás oí de alguien razonable que aconsejase la perpetuación de tal estado de la verdad deteriorada por las conjeturas! A pocos kilómetros del refugio de las aguas, un meteorito errante desprendido del cielo estrelló su fuego celeste contra el suelo; mientras asomaba mi curiosidad al borde del agujero y consideraba la vecindad de la frontera con Irán, leí en un cartel parcialmente oxidado que el impacto aconteció avanzado el último viraje del primer cuarto de siglo; hoy, el recuerdo del fenomenal puñetazo impregna aún la memoria de los más ancianos, ¿no les pareció un término inusual que de pronto aflora del letargo al raso de las palabras más frecuentes? Me pregunto "¿qué propiedades vistieron a la esquina del planeta que visito ahora?", no lo sé, ni creo que nadie acierte con los dones de su señorío.
      Después del almuerzo en Dogubeyazit gastamos los comentarios de la sobremesa y emprendimos el regreso a Van por el trayecto más corto. El conductor a duras penas conseguía disimular su palpitante nerviosismo -los rápidos círculos descritos por el cuello y sus huidizos ademanes denunciaban una ansiedad apenas contenida. Miramos hacia atrás al comienzo de un amplio giro a la derecha y descubrimos que la grandeza telúrica acreditada en el Génesis había concluido su dilatada asamblea de la mañana con las encumbradas siervas del clima; sólo entonces la gigantesca mole optó por despojarse completamente de su velo inmaculado y mostrar la figura esbelta de su estatura en todo su esplendor -cualquiera diría que un ser extraordinario organiza de siempre los actos, ¿a despecho de la fatiga con que gravan los milenios, uno no sigue al otro ininterrumpidamente? Los manifiestos apuros del chófer nos sacaron de la fantástica contemplación, y en seguida la prisa se apoderó de la velocidad, ¿no indicó su inquietud bien a las claras que la media tarde constituye un indiscutible límite decretado por la autoridad?; menos mal que a las cinco en punto llegamos a un control del ejército -el respiro general también afectó a la aguja central del salpicadero. Sumido en un diluvio de impresiones empecé a ordenar en mi interior las emociones y sobresaltos de la jornada.