Del rojo al azul o
de Justiniano a Ahmet


Me senté en la mitad del camino que va de Santa Sofía al desafío arquitectónico de Sultanahmet, ¿cuánto rato admiré el semblante ocre de la iglesia muda?, no tasé tampoco los momentos que dediqué mi espíritu a gozar de la maravilla árabe tallada en azul al otro extremo. En medio de las dos espléndidas leyendas, ¡qué humilde butaca sirvió a mi descanso!, ¿del tamaño de los colosos que las construyeron?; los prodigios del arte encarados no me parecieron barricadas, sino yunques de fe -a mi juicio evidencian con decisión la representación del íntimo drama personal de cada cual. Detuve en el interior de mi cabeza la gran cronología, ¡que nadie me demande cómo logré parar un período ocurrido!; pensé en los protagonistas que defendieron mis convicciones y en la vanidad de las vanidades que sufrió el general Belisario por parte del esposo de Teodora. Abandoné de repente la fantasía con que viajé al pasado y de nuevo retrocedí al hoy, y aunque en el trayecto de ida o quizá a la vuelta debí vestir el ropaje del olvido, de la caída del imperio romano conseguí traerme en las alforjas de sus pliegues los trabajos aplicados a la islamización de las esquinas exteriores del Pantocrator -aquellas imágenes de la conquista apenas persistieron en mi mente un santiamén. Y a la pregunta de "¿a los fieles de Alá no les resultaron una osadía insoportable los seis minaretes de enfrente?", como a partir de entonces los peregrinos cuentan que siete escalan el aire de la Meca, su supremacía quedó reestablecida.
     No más tarde de las ocho menos cuarto de la tarde abordamos uno de los barcos que remontan el Cuerno de Oro; en su travesía zigzagueante acerca a las gentes de ambas riberas, ¡lástima que no llegue hasta Eyüp! -al otrora barrio de Estambul con el nombre del cercano al Profeta hay que alcanzarlo por tierra firme. Una callejuela, adoquinada, angosta, muy empinada y jalonada de tumbas, templa el ánimo en el ascenso al lugar preferido en la colina que frecuentó Pierre Loti. Apoyé el rostro en las palmas, fijé los codos a la mesa y contemplé largamente el fenómeno de los reflejos dibujar bajo el puente una calzada sumergida; de una margen escuchamos la penúltima llamada al rezo, y agotados los segundos de un suspiro distinguimos la misma entonación en la orilla opuesta -supongo que el rumbo cambiante del viento impone la alternancia acústica. Poco a poco, y a medida que la llama desaparece de la bóveda que el ocaso fabrica con la atmósfera, las ascuas eléctricas prenden en la capital que extiende su suelo de Europa a Asia -el cielo aprovecha la magia del tránsito y se echa el velo turquesa encima. A esa hora, los desahuciados ambicionan un paraíso donde el débil prevalezca sobre el fuerte, anhelan encontrar consuelo a las desigualdades e injusticias que padecen en la vida; ¿no merecen enderezar los entuertos con que el mal los ató a la miseria, ya en la cuna?, ¿la compleja danza de las espaldas encorvadas de las mezquitas no da rienda suelta a un sentido trágico?, ¿acaso no hunden su encierro en los enigmas que despabilan al cabo del día? Al fondo, identifico cuatro antorchas que arden en la túnica de luto, ¿las esbeltas atalayas no circundan la mezquita de Solimán?; más a la izquierda, el perfil de la sabiduría mayor de piedra que ordenó Justiniano acordó su dilución en la región de los contornos difíciles. También reconocí desde allí el enorme palacio en que los jenízaros sucedieron a jenízaros, ¿de verdad que le falta a tal escenario un proscenio? El descenso transcurrió sin malabarismos fatuos -no todos los familiares trasladaron aquí sus muertos, básicamente buscaron con los elementos funerarios la bendita protección-; cuidamos de que alguna lápida derrumbara su precario equilibrio a la altura de nuestro paso.
     Mi oído occidental emparentó el compás de la oración con un hondo lamento -cierto que el dolor no resiente la monotonía del canto. Recuerdo que con la noche a cuestas regresé al banco en el que despierto soñé poseer la facultad de invertir el curso de la historia según mis deseos y ponerla del derecho al abrir los párpados -¡disculpen!, pero entre tanta carga de culto las fiebres divinas asaltan al más cuerdo. Presioné con las manos mis rodillas y contuve el impulso de mis ojos por saltar de estrella en estrella, ¿no incliné la vista a ras de los héroes cuando recreé mis retinas con el espectáculo de las cúpulas?; luego que recuperé del extravío la clave de las formas aprendidas en la mañana y traduje convenientemente sus significados, descubrí que el viejo testigo de las épocas refugia su alzada en las sombras -en absoluto pretende con el secreto ocultar una inseguridad senil, más bien creo que la avanzada edad eligió tantear la distancia con la vara del misterio ¿Y el recinto que acoge a los seguidores de Mahoma?, asemeja los caprichos de una brasa soplada; ¿quién me pediría que renegase de las agujas de luz que el obligado diálogo con Dios mandó clavar en las tinieblas del firmamento? ¿Que a qué me atrevo en instantes así?, ¡claro que no me arredra el riesgo de la aventura!, ¿no me arrojé en brazos de las incógnitas más notables y probé mis energías contra ellas?, ahora, a lomos de la frágil posición de mi estatura humana, afronto el miedo a mirar directamente al tiempo que el mundo consumió a fuego lento y guardo la voz que puja por desertar de mis especulaciones, ¿no pillé al verbo más de una vez tratando de escapar a través del túnel sonoro de mi garganta?; por nada quisiera que mis palabras distrajesen las reflexiones de los hombres y mujeres que vendrán necesariamente después de mí. El expresar con libertad y por escrito mis experiencias constituye la quintaesencia de la interpretación a que someto las cosas que abarco -certifico que mi norte es la coherencia por excelencia.