En Estambul fui testigo de la música
en la panza del laúd y
de los rezos bajo las cúpulas


En las postrimerías del primer día asomé por primera vez mis viejas ganas del Bósforo por el lado de la terminal del Orient Express; allí, de espaldas al tiempo, mis reflexiones nadaron en la profundidad de los sucesos que dieron con aquella vena de la historia; en los instantes en que regresaba del ámbito de lo absorto al peaje del hoy, advertí que las furias del crepúsculo enrojecían el semblante de la última estación del dilatado viaje que comienza en Londres, ¿no fue acaso la ceguera a que condena el ocaso la razón por la que el sol parece adoptar el aspecto de un divieso a punto de reventar?, la bola de fuego renunció con oscuros resabios al privilegio de su púlpito y acabó por hundir el coraje con que periódicamente abandona el mundo; a poco de que sucumbiese por detrás de las cúspides que mandó construir el Sultán Fatih, lo miré a cara descubierta. El público arremolinaba su curiosidad alrededor de las barcas que los marineros arrimaban con habilidad al muelle, y yo como tantos otros me sentí placenteramente atraído por el intenso olor del pescado asado. En direcciones dispares, cientos y cientos de gaviotas curvan de continuo el ambiente que ondula en la agitación portuaria; las aves prefieren inclinar su interés junto al pretil del estrecho -buscan alimento en los despojos de las capturas frescas. Eché un vistazo a las manecillas del reloj, y en cuanto los ojos supieron de la hora dispusieron su vagar en solitario por la anchura del tajo de mar que los separa de la Torre Gálata. Entonces caí en la cuenta de que el Cuerno de Oro había escogido hacía rato para sí la apariencia de la plata fluida.
     En la magnífica composición levantada por Solimán, me fijé en el andar delicado de dos hermosas mujeres enfundadas desde el peinado a los tobillos en la amplia elegancia de sus trajes, ¡qué sobrio color el del luto! Quieto y de puntillas seguí los espaciosos volúmenes de las figuras mientras pasearon sus ceremoniosos pasos -descalzos y llenos de recogimiento- por las preciosas alfombras del tono que gocé en la cólera del astro -bien, muy bien recuerdo de ayer mismo la calamidad habitual de su muerte-; ¿la larga familiaridad del artista con los restantes elementos cromáticos no vino a coronar el inmenso suelo sagrado con espléndida belleza? La ejecución magistral de las descomunales arañas de luz que la fe obligó a descender de las encumbradas alturas detuvo la desesperada carrera de mi celo por atrapar la fascinación de lo esencial; cualquiera diría que alguien escondido en las cúpulas y con las babuchas bajo el hombro mantiene los enormes armazones de metal flotando en el aire; juzgué que únicamente la prudencia señaló su corta distancia a las cabezas de los fieles; no ruedo ni rodaré jamás al fácil error -ellos tampoco- de creer que la vecindad del sinnúmero de lámparas encendidas necesariamente atenta contra la intimidad religiosa. Con franqueza, con absoluta franqueza, considero que la vanidad que abriga el pie desnudo y la fantasía que cuelga de los techos, aquí, adquieren la calidad de lo auténticamente irrepetible.
     La huella del par de soldados que custodiara la Puerta Imperial hormó con los años vencidos las honduras del piso. Antes, momentos antes, pude ver la imagen que la tradición de los míos atribuye al Creador, y después que entré y acostumbré mis pupilas a las penumbras atiné a admirar los formidables medallones que albergan una fenomenal grafía árabe, ¿no impone el tremendo mosaico de la Virgen con el Niño en los brazos?, ¿y el mihrab?, en fin... el anverso fundido con su reverso en la respuesta infinita a la eterna pregunta. Decidí probar el gusto del destino y metí el pulgar en el agujero de la columna cuadrada, porque oí que si las lágrimas del mármol mojan la piel cumplirán con el deseo formulado; dentro de un círculo centrado en el orificio y del tamaño de un palmo, el cobre opaco por el óxido que bordea el fuste recuperó su brillo característico con la esperanza de muchos. Los siglos de cristianismo y el milenio que la sublime fábrica acogió al Islam imbuyen una extraña sensasión, ¿tolerancia?: todos disfrutan de la monumental herencia gracias a que no consta en las partidas de nadie. Ninguna inteligencia duda que la soberbia de un soberano se propusiera con su obra superar a Salomón, ni que apenas anteayer la rancia disputa del Corán y la Biblia por el lugar santo quedase zanjada: Atatürk -el héroe y artífice de la nación moderna- estableció que la solemne memoria de Justiniano asumiese definitivamente la neutral función de museo.
     Por la noche me marché a las cercanías en el tren que orilla el muro de Topkapi; a escasos metros de la parada intenté en vano descifrar el fracaso de un eco, pero a medida que la caminata aproximaba la meta del recorrido, el sonido apagado lo distinguí fluctuante. Ya en la plaza de las seis calles me senté a escuchar las piezas que ordenaban las pequeñas orquestinas en medio del bullicio de los comensales, el ajetreo de los camareros y el incesante trasiego humano que rastrea incansable un restaurante. La música del país conseguía con acierto reunir en torno a la cadencia propia de los turcos la fragancia de los orígenes alpinos del violín, la nostalgia de la insegura procedencia de la guitarra y el humor alemán del clarinete; el canto que acunaba el cuerpo de panza del sarraceno laúd y su caja de clavijas doblada casi perpendicularmente hacia atrás cautivaron misteriosamente mi atención. No quisiera por nada olvidar las simpáticas y ruidosas acrobacias que realizaba un vendedor con los cucuruchos rebosantes de helado, ni la perplejidad en los rostros de los compradores por la inusitada algarabía de sus gestos. Volveré al crisol de culturas que bastantes llaman Estambul, estas gentes extraen aún la paz que respiraron mis poros de una rara avenencia del Este con el Oeste; los que leen libros antiguos y meditan sobre nuestra condición hablan de una sincera voluntad de asilo y de una verdadera convivencia.