Dougga: la colina de un dios decapitado
Los guías locales componen el molesto prólogo
inevitable al encuentro con los testigos de un pretérito que el
embate de las inclemencias mortifica a uña y garra -por
solidaridad con los vestigios mudos no sucumbí a la verborrea, a
pesar de que pusieron a prueba mi paciencia. Impasible al deterioro, la
soberbia del arte que en su oportunidad tomó el turno de la palabra
durante el perpetuo debate de la supremacía jamás disminuyó
su entereza y tampoco advertí que la transparencia ofuscara su cometido
en los laberintos de las reliquias aferradas al magnífico poema
mutilado -desairan el suelo y aspiran al viento ¿Confundir el aliento
que sustenta al Capitolio con el aire?, tal sinsentido se adecua a un individuo
al que muchos se atreverían a calificar de poco esclarecido. Cierto
que la vocación por la ciencia inclina el examen del lado relativo
¿no me convendría descansar por unos momentos recostado en
los pliegues de un continente donde se asentó el absoluto hoy erosionado?
¡No me enjuicien!, ando loco tras los códigos eternos -riendas
sueltas de un galope- y como no logro sujetar la pesquisa imposible en
el cuaderno de notas, corro y corro por las cumbres más remotas;
así descubrí esta cima, ¿cómo sospechar que
su orgullo sublime se alimentase de la difícil posición en
que los imperios caídos descuidan sus huellas? ¿existen en
realidad, o son un fruto de la textura cultural que juguetea en el dilatado
monólogo que sostengo? Mi propio yo siente la sacudida al contemplar
la propuesta duradera desvestida ya del papel efímero que desempeñó
la complicada trama humana en la edad temprana de la obra magistral; ¿no
opiné entonces que su aspecto físico se diluía lentamente
en una distancia más allá de lo inmediato?, ¿el carácter
simbólico no abordaba en exacta medida al ámbito de lo común?
Lo entiendo, no puedo justificar la seducción, pero sí contar
con que me acompañen a evocar mi soliloquio en el pasaje mágico.
Di media vuelta y consentí que mi
vista rodara montaña abajo; después que llegó a la
altura de la llanura verde derramé la voluntad de mis ojos -querían
abarcar la inmensidad del horizonte. Pensé que la espléndida
orografía habría sufrido un sinfín de cambios ¿no
los traen consigo los ciclos?; ¿y las únicas criaturas que
tejen la historia?, dejaron la memoria que habla de su época escrita
en la gallardía de los monumentos a mi espalda -dominan la escena.
Construyo encima de la experiencia de una inteligencia que entretuvo su
temperamento con los materiales y me antecedió en el rincón
anciano anclado en la cúspide; también aprecié de
veras que el orden de las acciones que llevo adelante obedezca a mi mente,
y no exclusivamente a la especie a la que pertenezco. Me hallo cerca de
la periferia del misterio de quién soy en verdad -a lo ancho de
mi vida situé muy lejos la frontera de lo que nunca pretendí-;
el camino que años atrás emprendí con el afán
de conocer mi interior pasa por estados del alma iguales a los que pulso
ahora en la atalaya romana. Las antorchas encendidas sin conclusión
en la ruta señalan la regularidad en la corriente de cada cual ¿por
qué los demonios esconderán sus llamas en el barullo cotidiano?;
los tizones se amparan en la paz que gozo y lucen sus galas de fuego. La
comprensión de las cosas prospera según la regla en que crece
su extensión e intensión ¿no parece que se expande
y ahonda a la vez que se perfecciona? No tengo intención alguna
de conceder ningún tipo de monopolio a la racionalidad -si se me
escapa de los dedos, probablemente se opondrá al equilibrio del
que me ocupo, y además... ¿no decidí que todas las
partes de mi espíritu dispusiesen de idéntico derecho?
Soplé contra el perfil de una columna
y los días que huyeron con el polvo toleraron desnuda una antigüedad
oculta en el resto del grácil fuste ¿no resulta admirable
la libre sensualidad de un empírico que trata en vano de arrancar
el disfraz a la íntima debilidad que elevó la simetría?
En el corazón de Dougga, las pasiones se derrocharon en la infancia
de los milenios, el silencio alojó sus carnes en el terreno del
tumulto a lo largo de los siglos y el mismo tiempo perdió la costumbre
de detallar las horas. Aunque de ordinario no extremo el espesor de mi
fantasía, adivino el nervio con que se produjeron aquí los
sucesos ¿los trozos derrotados no proporcionan valor a la ley que
impone a la idea genial mantenerse en pie?, apenas le asiste la fuerza
necesaria y no obstante, resiste ¡Claro que la mañana no exime
de su quehacer a la piel de piedra!, mientras convoca al pasado a declarar
el rosario de secretos que duerme con la voz en el espacio muerto, avanza
con sus grados y matices sobre las formas que aún hacen hincapié
en aquel cielo azul ¿no me complací de la luz que siembra
sombras?, suman el hechizo a la belleza ¿acaso el tardo movimiento
oscuro es ciego? Frente a la cabeza de Júpiter arrumbada, imaginé
un mundo en el que prevaleciese la norma de la ayuda mutua en lugar de
la amarga lucha en pos de los medios ¡por Dios, lector, no sonrías
tan fácilmente!, tu mueca se asemeja bastante a un cinismo atormentado.
Allí recuerdo meditar que cuando unos cuantos enferman a la sana
cordura, los demás suelen buscar en las lomas el refugio -sólo
un puñado de sabios superan el dolor que causa la falta de explicación
y retoma al hombre, ¡qué trabajosa garantía con sus
espejismos y sueños!, las emociones de sus temores y esperanzas,
las ilusiones y desengaños fraguan un destino -nadie alcanza a entrever
la meta, ni siquiera perciben la mano que nos conduce a través de
la indiferencia e incluso de la hostilidad.