En Chott El Jerid robé
unas horas de mi edad y
las entregué a aquella eternidad


¿Quiénes sino los dioses poseen la facultad de llevar a buen término el milagro que contemplo?, la osadía de los hombres siquiera se arriesga a meditar en la magnitud -evocar posteriormente el prodigio lo encuentran más sencillo. Al fondo de la soberbia perspectiva, se destaca majestuoso un rasgo insigne en la llanura; rebelde a la primera intuición, señala el límite de la hipnosis que yace boca arriba ¡Juro que distinguí a lo largo de sus cimas bastante más que un simple desfile de formas!, la secuencia que agita mi percepción enlaza imperativos de una singular razón que somete a las cumbres en la magnífica cordillera ¿acaso no impulsa el encadenamiento de sus crestas a una enloquecida danza sin tropiezos?; observé a las montañas alzar el perfil de repente, después las vi decaer el sentido y jugar inesperadamente al extravío ¿gestos característicos de actores en un tremendo drama de piedra? ¿Dónde un refugio?, ¿y el mar cerrado?; a ras de la enorme mole crece una vegetación achaparrada, de hoja reducida a espina para aminorar la ruina de su savia, y como el agua en lugar de filtrarse se evapora, la sal que rezuma del subsuelo impregna la arena y el barro, pero... ¿cómo fijar la medida del alejamiento de la voluminosa costura que la creación liberó de la gravedad?, ¡por lo que más quieran, no miento!, la distancia en aquellos parajes no impide el contacto. La soledad extrema con que se linda en los dominios del espejismo pesa con precisión la fragilidad del esfuerzo encaminado a captar el tamaño de la empresa esencial de cada cual. Cierto que los demonios aprovechan las grietas del espíritu, ¿y yo, que anduve por allí y anoté la manera en que perdieron la partida, voy a permitirles ganar el maldito pulso que entablaron con mi inteligencia? Nadie se percató de que traje a mi vuelta la claridad cegadora -reflejos de la costra lechosa asentada en la superficie- con el propósito de despejar la más nimia confusión -lúgubre patria de los que habitan las tinieblas-; ¿que de qué eché mano?, en el desierto me apropié de la linterna de su lógica y leí las partituras de la música monótona que se toca con el instrumento del silencio.
     A pocos metros de la carretera que construyó el ejército tunecino en mitad del Chott, reconocí a una bestia escurridiza... ¡lo comprendo!, la adaptación al medio hostil inclinó su fea vocación, y además me contaron que jamás se le dio bien la caza. Mientras huía, grité suficientemente alto su apodo carroñero ¿oí que alguna vez hiciera ascos al manjar de las heridas abiertas en las carnes de un vencido?, ¡hasta en los ademanes te asemejas a la mayoría de los depredadores humanos!, ¡qué fácil resultaría multiplicar las comparaciones!, callo -calculo que con demasiada lentitud la evolución ha descargado la ganga biológica del alma. Me repugna el nudo de la endiablada idea circular que nos vincula, "vivir implica matar", ¿amparo con mi postura la impotencia?, ¿ignorándola detrás de lo que rechazo? No lo niego, los colmillos prominentes asustan a cualquiera; particularmente, el símbolo de un brazo que amedrenta con un palo a la virtud, o intenta atraer la honestidad al vicio, logra inquietarme de veras; ¿que qué infiero del cerebro torcido que la dirige?, lo confieso, me aterra. De cara al resumen fantástico del vacío, experimenté la necesidad de soñar un viejo sueño: hincar mis rodillas en la orilla de la nada, abdicar de mí mismo y rezar delante de la remota explosión que puso en pie al fenómeno hijo de la locura divina... aún resta suspendido en el aire el anciano eco de una vaga ansiedad. Tiré de los ojos hacia atrás en el tiempo y concebí el porte ceremonioso en el tráfico de las caravanas a través del escenario más adecuado que mereció escoger la más insegura desolación; pensé en la agonía de los jinetes que fracasaron y el fin trágico de sus camellos por culpa de un paso en falso. Los eones y arcontes guardan dentro del viento los secretos de la muerte que se enseñorea de sus caprichos en el panteón mágico, y es que durante siglos el luto miró por encima del hombro a los que se aventuraron atravesar el sublime estrago anclado en El Jerid.
     Y luego... a la terrible sequedad le sigue de pronto el terso semblante de un estanque gigante; la masa líquida debe mantener hundidos a no sé cuantos minerales, y recuerdo la intriga con que recreé mis retinas en sus exudados: flotan cerca de la vena de asfalto, el rosa, jirones verdes y un pálido azul -lo sentí del color con que se tiñe el horizonte, de gris. Conocía de antemano que las aberraciones de la luz equivocan con sus poderes ¿no consiguen por fortuna reemplazar la constancia plana por imágenes?; no obstante, me dejé fascinar por la dilatada fila de figuras irreales que transitan al borde del confín. Fraternizo con el genio de la inmensidad, aunque las proporciones de mi espalda son extrañas a la carga del infinito; acepto el desafío porque aspiro a atrapar la naturaleza del espacio. Frente a las referencias inhóspitas se manifiesta nítidamente la conciencia del aislamiento exterior -el bullicio cotidiano distrae al individuo-; ¿no aprecié así la fuerza de los trazos que todavía dividen mi interior? No admito que sea posible suponer inerte la dimensión insondable de la materia, recapacito en la personalidad que los anteriores a Justiniano atribuyeron a las cosas. Sustancializo de un plumazo la abstracción y procuro evitar que la única sombra que hallé, la de mi nombre, cayera sobre mi compañero; estudié que en la margen Sur del Mediterráneo lo consideran tabú, y a pesar de que mis maestros no registraron en el catálogo de la creencia que profeso tal prohibición, en mis viajes aprendí a respetar los preceptos de la tierra extranjera que piso. Estimo que no alcanzaré a pagar nunca la deuda con mi edad ¿no llegaré a recompensarla probablemente robándole momentos parecidos? Aquí, las tardes ceden en sus ocasos parte del susurro antiguo -audible por ahora en los prolegómenos de la noche.