La monotonía del desierto
se adueñó del viejo Sabria


Perdería de vista el asfalto en caso de que los setos de palma claudicaran de su lucha contra el viento ¿Lo comprenden?, no llegué al rincón que sostiene su diminuto universo con el fin de registrar las cosas distintas a las que me rodean comúnmente; traje conmigo la pasión por penetrar en su tremenda simplicidad, y me obligué a acercar aquí mi inquietud con el ánimo propenso a descubrir lo íntimo: el firme giro básico en que unas criaturas bregan por su arraigo. Y cuando admiten el fracaso del combate no deponen su gesto, mudan sus casas un poco más allá ¿no sugiere que un espíritu tranquilo mora en sus adentros?, una barricada fantasmal es la apariencia del viejo Sabria. Fabricaron una nueva osamenta pero... ¿y el sentimiento?, ¿no quedó algo del alma antigua sumergida en el océano seco? Las pimpinelas del mundo me preguntan ansiosas al regreso de mis viajes ¿qué sacas con examinar a un puñado de personas?, ¿no te informaron de que con tal práctica nunca lograrás recolectar íntegramente la sabiduría?; indefectiblemente contesto: más que la casuística, anhelo reunir los caracteres fundamentales que componen el equilibrio ¿no confieren a los pueblos sus posiciones en el globo azul al definir sus genios peculiares?, ¿a qué vienen entonces las estúpidas quejas por lo que difiere de la idiosincrasia propia?, y conste que aviso a los perezosos: lo fascinante reside más en el afán que en despojar de misterio a la verdad.
     Si bien no creo decisivo que me guíen los valores adquiridos, propendo a que no hagan sombra a la postura que mantengo frente a los protagonistas. Procuro colocar mi humilde puesto de vigía en la escasa altura de la independencia que a duras penas conquisté: ando observando a iguales a mí y acepto que son producto de una cultura como lo soy yo, en sus alborozos y aflicciones. Las emociones significan, y confieso que, normalmente, con la ayuda de un esquema libre me lanzo abierto a la experiencia con la intención de captar la expresión de un semblante en su ambiente natural. Me fijé en los vestidos, ojeé la arquitectura y aprendí a escuchar más claramente el pálpito de nuestro proceder; luego de la variada gama de dificultades y posibilidades reparé mejor en la capacidad del hombre por superar las condiciones impuestas, ¿no consigue conciliarse con el entorno sin necesidad de transformar su físico? Actúa disponiendo convenientemente sus recursos con la mira dirigida a la cooperación que permita merecer el dominio de su círculo; en las guerras coloniales ¡qué tímidamente se señaló el peligro de exigir la desaparición de ciertas pautas!, ¿no previeron que la rotura de un hilván de la tradición afloja la trama y deja inerme al grupo? A la cuestión de... ¿y la adaptación de las bestias?, replico que de ordinario precisan introducir cruciales modificaciones en sus cuerpos, ¿y respecto a eso, cómo funciona la especie inteligente?, sólo requiere recortes en su psique en pago a la convivencia ¿o no sacrifica una región de su autonomía individual en el altar de la colaboración?
     ¿De dónde nace la fuerza de esta gente que batalla constantemente con el desierto?, del hondo hoyo de la conciencia que pelea por situarse en la realidad. El arte de vivir me impulsa a indagar en las alternativas particulares de mis semejantes, y encuentro sus reacciones adecuadas a los problemas que plantean sus existencias; inclinado por la ciencia, no deseo en absoluto que la motivación sensorial fragmente la perspectiva general. En los preciosos abalorios de las mujeres, percibí un simbolismo hermético a mis conocimientos -las leyes del Corán deben marcar las reglas, virtudes y actitudes. Del filtro de las opciones que faculta desarrollar unas y no otras, según las preferencias de la colectividad, los brazos más sólidos aseguran los límites de los comportamientos -le dolerá en las carnes el escozor de las habladurías al que se salga de madres. Me acostumbré a no opinar absurdo ningún hábito, uno a uno tienen su razón de ser por extraño que parezca ¿no arman acaso con dimensiones proporcionadas la subsistencia de cada cual?, además y alejándonos de radicalismos, considero de modo relativo cualquier modo, ¿quién se atreve a tachar de amoral mi conducta?, no llevo a cabo una labor apologética, tampoco permanezco neutral -callo en las afueras de la complicidad.
     Escribí que al emblema de los oasis apenas le preocupa que la arena cubra parcialmente su alzada, apunté que sus penachos prestan señorío a la atmósfera; ¿que profundidad alcanzarán sus raíces?, se hunden hasta el nivel freático. Recorren un camino más corto del que pretendo al contemplar cara a cara a mi prójimo; profeso la ambición de contribuir con mis relatos y las reflexiones que urdo en ellos a descargar el pesado lastre de los prejuicios ¿no frenan el buen entendimiento y levantan el grueso muro que impide la marcha de todos hacia la paz? ¿Ingenuo?, sinceramente, escojo la calificación de tonto útil a la agudeza de tanto listo inútil con que topé en mis años -los reconocí ahogados en la ciénaga de sus ardides después de enredar al resto con su astucia de segunda mano ¿Cabe mayor fantasía que la del paisaje desnudo?; ahí delante, el astro que arde ininterrumpidamente no halla obstáculos en su interés por abrazar el planeta. Quizá más sencillo que satisfacer las interrogaciones resulte atravesar la sucesión interminable de dunas del Grand Erg ¡Con qué insistencia vuelve la turbación a sacudir mis sienes en un lugar así! Estimo que acerté con el paraje más oportuno para sepultar mis tensiones, estados de insatisfacción e irritabilidad ¿no olvidé allí a propósito los residuos de resentimientos, las partes más ásperas del cinismo y una buena dosis de mi pesimismo incurable?; desde aquel día en que me detuve ante la inmensidad amarillenta, noto una sangría de notas vinculadas por un ritmo monótono.