De Jerba me traje
los frascos de una tolerancia de siglos


Recordaré -no me lo impidan, por favor- la tarde en la que los neumáticos del autobús recién inflados casi tocaron el agua por ambos lados. Los siete kilómetros de calzada que Roma tendió sobre el mar me parecieron un trayecto trazado al borde del infinito con la divisa de los dioses; en el fantástico periclitar de la luz relaciono el privilegio de la apreciación íntima con la concurrencia y fugacidad de las fuerzas del destino. Las imágenes que guardo de entonces poseen el tinte inequívoco de la quietud sublime y la calidad redonda de lo irreal ¿no admiré de muchacho en los cuadros pintados por Sorolla una plástica similar? A pesar de los milenios, aquel largo y estrecho camino continúa aún con su veterana función de comunicar el inmenso continente africano con un pedazo de su tierra bruja, envuelta en una costa sorprendente ¿Cabe el desconcierto al leer el rótulo del primer pueblo que el viajero descubre?, ¿puede ser distinto de El Kantara?, ¿quizá alguien piense que debería llamarse El Puente? Cavilé unos minutos: "por mi cuenta y riesgo quiero adentrarme en la geografía fascinante ¿descuidaré el mito en la puerta?" Insistí con una sola palabra y hallé servido con la cena el relato de los lotófagos ¿repudiaré el propósito que hablé de partir mañana si me atrevo a probar los frutos de miel?, ¿acaso no tuvo Ulises miedo de que los suyos, por culpa de los dátiles, olvidasen la fecha del regreso?, en el apéndice del país de los olivos, con bruma, sal y sol se macera un excelente reclinatorio; escuché en los silencios de los rezos que la leyenda desnuda no prescinde de su carácter.
     En el rato en que contemplé absorto el trote de unos hermosos corceles por la playa hice escurrir lentamente la arena dorada a través de los dedos; cuando perdí de vista la bella estampa de las carreras en la orilla erguí el cuerpo para perseguir con la mirada la grupa de las bestias, y segundos después -sospeché que hundiría los pies al ponerme de puntillas- reconocí con dificultad sus siluetas a lo lejos. Me atrajo la composición inmóvil de un reducido número de caballos amarrados al único grupo de palmeras, desprendí de las manos los últimos granos amarillos y giré alrededor de mí mismo. La brisa que llega a la planicie mullida mece los penachos vegetales y las crines de los animales -agradecí que de paso disolviese en mi mente las ideas turbias. Pretendí el regalo de un testimonio del pasado y me acordé de que, en la época mágica, Homero obligó a descansar aquí a la humanidad de su Odisea ¿no ocurrió que al solicitar un murmullo de ahora mis oídos atinaron con las olas rotas en el litoral? Rogué un gesto eterno y vino a mi encuentro un magnífico ocaso que ensangrentó el horizonte, ¿no sucede que en esos momentos uno percibe el espíritu gélido de la noche fatalmente ligado al cálido aliento del día?, no obstante, al agotarse los instantes en que la naturaleza oscura vence a la naturaleza diáfana, cualquiera que goce de un cerebro despejado en las horas negras repara en la levedad del genio.
     En los aledaños del mercado resalta la antigüedad forzada en el arte de modelar el rostro ¡cómo me hartan los ademanes engañosos de los vendedores!, ¿opinan que califico con un notable el valor de su quincalla barata?, de veras que soporto con paciencia el descaro de sus mentiras en torno al lugar concreto de su origen. Ya en mi periplo por India decidí el motivo que cubre las paredes de mi cuarto predilecto ¡cuánta disparidad expresan acerca del temperamento de las gentes! Nadie que esté detrás de un mostrador concibe la compra sin que el visitante entre de lleno en el juego del regateo, y... ¡pobre del extranjero que se pregunte por la edad de tal maestría!, no coincide en absoluto con los años de quien le ofrece la mercancía -esa práctica constituye una vieja herencia cultural de su historia. El suave viento distrajo la excitación de una porfía que mantuve por un importe, y recreó mis ojos en las ondas que creó la corriente de aire en los trajes femeninos; al Este del Sur, las hembras prefieren recurrir al blanco, y también les apetece el azul -espuma y cielo.
     La armonía entre el hombre y su mundo explica porqué construyen sus casas en el centro de la huerta, cerradas a cal y canto; nada esconde los canales que guían la lluvia de los tejados a los aljibes ¿y los pozos?, exclusivamente, utilizan su savia agria en el regadío; cada propietario delimita su explotación agrícola con tuneras, ¿a veces no acuden a las pitas? Me gustaría toparme frente a frente con la farmacopea de Jerba, ¿no curó la jaqueca que lleva consigo siempre la diferencia?, ¿o como la personalidad de una era permitió que el Mediterráneo rodease la pequeña isla, la tolerancia consintió que en su mitad una sinagoga hospedase el estudio de la Ley?, ¿en medio del Islam? Aunque no alcanzo a analizar las causas, crucé el umbral de La Ghirba y senté el cansancio junto a los siglos que acertaron con el respeto asumido por la mayoría árabe y los judíos -el tiempo de hoy me nombró su testigo, y por ello conocí los efectos que produce la discrepancia, caso de imperar la razón. Confieso que en contra de mi buena voluntad me sentí ajeno al recinto sagrado; la afectación en el porte del religioso que nos acompañó por el exótico mobiliario sumado al ambiente críptico del simbolismo y a la atracción de los colores en las columnas, mosaicos y vidrios, provoca un resultado que aleja indefectiblemente a un ánimo crítico. Disculpen, pero es en la libertad que conviene a todos donde escojo mi elección; sé que un retiro así padece del grave peligro de la independencia -no beneficia al misterio, y da igual que pertenezca a un bando o a otro.