Las sombrías callejuelas encienden mis pupilas


El salitre y el sol humedecieron mis ojos. Eché la primera mitad de la mañana detrás de las murallas que custodian la medina ¿Quién renunciaría hoy a la hipnosis de las calles sombrías orientadas por un urbanismo medieval? En ocasiones practiqué con mi andar el ritmo monótono de la forja, y a ratos disfruté con las piernas quietas de la destreza que advertí en los orfebres; ¿obro otra cosa que trasladar a mi interior el meollo de lo que miro y absorbo en mi derredor?, siento profundamente lo que compongo después a partir de mí. De un sorbo al siguiente celebré el ambiente del Café empotrado en la fortificación; allí el aroma de la infusión negra se mezcla con el humo azucarado del tabaco -dibuja ligeros lenguajes pasajeros que expanden sus volúmenes redondos por toda la estancia. La flexión al pálido del azul recubrió la madera ¿y el blanco?, trepó por las paredes y se apoderó del techo ¿Le Diwan no es acaso un lugar más que apropiado en el que desprenderse del trajín de los zocos, detener la vigilia y descansar en un sueño?: pacientemente aguardo el sentido de mis círculos esenciales, porque adormilado escuché que el camino personal lo construye cada cual, y despierto no recuerdo oír de ningunos labios que existiera una receta general. Al salir de un magnífico pasado encerrado, topé de repente con los desechos del barullo de la modernidad europea; giré la cara en ademán de despedida y caí en la cuenta de que las colosales dimensiones medidas de la defensa conservan intactos los sonidos secretos de adentro, y consideré que el ocre oscuro sobre la descomunal altura mitiga el brillo de la luz que el sol cita afuera.
     Observé el movimiento de los dedos de un par de hombres que faenaban en un zaguán abierto; aproveché que cierta vaguedad aleteaba en la atmósfera y enumeré los principios de la simetría que la tez quemada destaca en los rostros ¿Cómo penetrar en la clausura donde se dan los actos intelectuales?, resulta claro que no ansío una fotografía, sino la verdad escondida en la rebotica de sus retinas. La disparidad en la distinta solidaridad de los múltiples rasgos con cualquier facción que altere su estado condujo mis pensamientos a los aledaños del noble conocimiento de la individualidad -las frentes sudorosas se me antojaron más celdas que moradas. Reconocí que mi extranjería no superaba el esquema simbólico, y decidí emigrar a las reflexiones que traen consigo el examen de una escena inimaginada ¡Cuánta subjetividad hay en ello!; disculpen, pero a pesar de que los gajos del alma originan impulsos efímeros -recopilados no alcanzan la globalidad de la idea-, mi vocación no la dirige la frialdad del espejo -indiferente a lo que refleja. Ocurrió ya al final de mi adolescencia, entretuve
los días en romper la rueda engañosa: esforzar las ganas por algo debido a su importancia y luego descubrir que el peso de su atracción lo reglaba el que nos imponía una trabajosa labor para lograr su meta ¡oh falsa ilusión desvanecida! Sencillamente, le pedí al que sentó su culo en la banqueta a mi izquierda la última esponja que limpió, y a cambio de una suma escasa colocó al animal en mi mano; de cuando en cuando, admiro en mi biblioteca su naturaleza muerta y evoco con una sonrisa el gesto simple.
     El sereno encanto de una muchacha en el puerto truncó la distancia que nos marcó hasta el momento la mujer tunecina. Señaló el ferry y espontáneamente amplió a tres el grupo; no intentaré olvidar la mal disimulada curiosidad que provocamos en su ánimo, ni la charla jovial con que desterró el silencio expectante de sus compatriotas en el viaje. Jamás traté en mis correrías de desnudar a nadie, únicamente percatarme de mis ropas -las que vestí al nacer en cueros y aquellas que la educación tejió lentamente. Al regreso de mis cavilaciones en el muelle de Kerkenna me afligió que la agradable compañía se volviera tan rápidamente. Un destartalado autobús deja y recoge gente que va o viene del continente; recupero ahora de la memoria que en medio del tramo fundado por los romanos -une las islas de Gharbi y Chergui- la llanura de las aguas adoptó el aspecto chato de la orografía de estos pedazos de tierra metidos en el mar y ¿no me alegré entonces de que el viejo cacharro franquease pesadamente la antigua y estrecha calzada dos veces milenaria?
     En el varadero de una playa perdida, suspendí durante una larga pausa el paseo mientras valoraba la desolada plástica de una falúa encallada -delante de mí, el Mediterráneo no llegó a la orilla con el afán de perturbar la posición inclinada del mástil ¿Por qué ejercen en mí tal simpatía las utilidades humanas abandonadas al deterioro?, ¿la condiciona el que nunca hallase relación entre la perfección de los bienes y la íntima calidad de vida? Lo digo libremente: en la mayoría de las circunstancias me impresiona una visión fragmentaria con generosas parcelas difusas; hace mucho que no me sorprende el que una disposición dudosa constituya el indicio cardinal del apremio de mi espíritu atento ¡No quiero negarlo, y lo sé, parece irracional! me sucede que al tomar posesión de la voluntad en los trazos y gozar de la ociosidad en los espacios mudos acabo por interpretar unas formas definitivamente descifrables. En la calma del aire, el armónico vínculo subyacente se erige en el núcleo elemental de la paz que reposa en la arena. Quebré los confines del horizonte y conquisté el infinito; como ya nada, absolutamente nada estorba, dediqué la mente a concebir mis próximos presentes aún ocultos -el salitre disuelve un instante en la corriente que empuja al inmediato. Fue al inicio de la segunda parte de la tarde: en el atraque de Sidi Youssef, nuevamente nos sedujo el ritual desordenado de los que saltan del barco a pie, en bicicleta o motorizados. Noté que mis ojos se humedecieron, y aunque cargué el amago en los hombros de la brisa no conseguí que cuajara la treta: la expresión delató una pasión que comenzó muy atrás en el tiempo, lejos.