De El Jem nunca olvidaré que
en la armonía del espacio no cabe
disimular una memoria de violencias


Batallé contra la dirección usual de mi propia mirada y llegué a tumbar de bruces en la arena su preferencia por trepar a las alturas. Imaginé el atroz espectáculo que el imperio organizó ahí abajo con la lucha desesperada entre los condenados a muerte y las fieras; pesé también en la báscula de mi interior la pelea de los indefensos con otros que sí portaron favor y armas, ¿no indicó el fiel su carácter brutal y cruel?; supongo que los más jóvenes lograron sobrevivir a un combate tan desigual ¿El premio?, gozar de la libertad ¡qué palabra más hermosa y cara!; a partir de que los amos sueltan las cadenas, los reos perdonados pagan el sustento con un retiro exacto al de los gladiadores ¿y la calderilla de la pensión, no restringe de manera irremediable la emancipación personal? Siempre que las piernas tiran de mi cuerpo a través de los vestigios donde el poder decretó el sacrificio de unos para regocijar a sus camarillas y satisfacer a los que aplauden la decisión inmisericorde del pulgar, no consigo escapar a la nefasta sensación de una angustia punzante que tortura sin pizca de piedad mi pecho ¿En qué consistía la intención casi secreta?, ¿saciar el hambre de odio que la mayoría lleva dentro?; la astucia del mando no ignora que el mal de las entrañas fabricó su nido estéril oculto en el desamparo de cada cual, ni desconoce que al abrigo de la multitud la impotencia soterrada se desnuda a plena luz ¿Nace de una fatalidad ineludible el que tales sentimientos de alcantarilla acierten con su desagüe en el sufrimiento cebado sobre un puñado de desdichados?, ¿no sanaríamos en el caso de que apostásemos por despiojar el alma, en vez de ahogar la vida de los demás con el enojoso fardo de nuestras frustraciones? La elegancia con que un pájaro cruzó el cielo y posó graciosa la majestad de su vuelo negro en el pretil de la cornisa superior alentó en mi ánimo el esbozo de una sonrisa; no obstante, a fuer de ser sincero, confieso que a pesar de la sencilla belleza, los pensamientos que centro con asiduidad en la oblicua condición de la especie inteligente apretaron con rabia mis dientes.
     Me tracé el fresco propósito de relajar la fatiga que acompaña al examen y, cansado como me encontraba de beber en la rasposa sequedad del pasado, permití a la leyenda entrar entera en las cavilaciones que urdo ¡Juro que apenas entonces comencé a husmear en los rincones con el afán de descubrir un túnel!, según consta en los rumores, abre su boca en el puerto de Mahdia ¿Cómo no voy a comentar el éxito que obtuvieron los bereberes con el simple acto de mostrar peces?, déjenme siquiera al menos referir el desconcierto de sus sitiadores ¿capturas del mar hechas en el desierto? ¿Que por qué me entusiasman los desafíos a todo aquello que cualquiera llamaría verosímil?, porque me fascina observar al sentido común padecer los efectos del vértigo -en repetidas oportunidades comprobé que los retos al equilibrio de lo concebible ocurren en la dimensión perpleja de la realidad. Además, ¿no resulta seguro que cuando la tradición alberga lo inusitado, a la historia le es imposible callar?, nadie se negará a admitir ya las ocasiones en que las crónicas señalan al gigante de piedra convertido en baluarte -sucedió durante una sublevación en la que el otomano despedazó parte de la fachada. Recordé en ese momento el olor del cono vegetal que compré a un muchacho en la capital, busqué y hallé el manojo de flores en el bolso con el que protejo la cámara en mis viajes; agradecí sobremanera que las horas transcurridas en la reflexión íntima mimasen su descanso en la embriaguez del jazmín -bisturí y perfume.
     De bastantes conexiones empíricas que asocian atributos mágicos a determinados materiales, se extraviaron los nombres de las causas que originaron las relaciones; después de que por la práctica se acepta su validez, la gente conserva exclusivamente la costumbre. Por fortuna, aquí la cordura terminó con el saqueo y los vecinos desistieron de construir sus casas a expensas del anfiteatro. No en vano, los avances en la química de los venenos se encargaron de mantener a raya a los escorpiones, y por ende rompieron la necesidad de continuar con la creencia que anduvo cerca de arruinar el temperamento de una herencia. Confiado en el testimonio oral, no temí a las serpientes ponzoñosas y curioseé por los pasillos, las arcadas y las escaleras que ascienden a las gradas; en el tercer piso, el jadeo que traje conmigo tomó un respiro en la magnífica perspectiva; mucho antes del hoy en que vine se disipó el horror del grito, y honré de corazón la calma en mi calidad de testigo. Sostengo que los siglos, sólo los siglos no disponen de la clemencia indispensable, y en medio de la nada del tiempo, averigüé que los años contados por cientos precisan de sus bodas con los vientos ásperos. Subido al pedestal del color de la miel, percibo la epopeya humana con una impresión dolorosa: la conducta de mis semejantes no parece que converja hacia el perímetro de la lógica ni aún a costa de los milenios; ¿no erraron los dioses al trazar paralelos los cauces?, ¿qué culpa debemos de que las aguas se limiten a respetar la distancia que separa sus fuentes?, nunca oí hablar de alguien que supiera la razón, pero escuché que no brotan juntas ¿Mejoró el mundo?, lamento decirlo: en los días que corren, únicamente detecto la sofisticación de la barbarie. Renuncié en silencio al silencio que habita en la decadencia hueca, salí a las calles polvorientas con la idea de desvestir el presente, y me topé con sus mujeres tapadas de la cabeza a los pies por exigencia del Islam. El provechoso granero -a Roma le urgía el cereal- declinó con el impulso que erigió el monumento de planta elíptica; luego, el vandalismo desató su furia: destruyó las cisternas y acabó con las acequias -el paraje inhóspito sugirió la caída final del telón. Extendí la fuga de mí mismo a la grupa de la línea recta que dibuja el asfalto -rastro de una voluntad moderna- y lancé lejos del borde de la huida el manto de olvido con que El Jem cubre sus cicatrices, ¿quién demonios arrojó la amarga túnica encima de mis hombros en el instante en que di la espalda al dorso de la gloria desfallecida?