La calma de Sidi-Bou-Saïd meció
la fatiga del alma que sentí en Cartago


Me acerqué al pueblo sumido en las primeras horas del letargo diario de su siesta; ¿cómo no voy a comprender que a esa fiesta honda exclusivamente inviten a las demás sombras?, de la mía ni siquiera conocen su nombre. Permanecí resignado afuera envuelto en la luz que devuelven íntegra las paredes pulcras; además... no escuché más que el silencio -da la impresión de que ningún humano vive en el interior. Plantaron su arquitectura loma arriba para que el complejo universo de la intimidad familiar mirase su transcurso dentro -frontera de muros opacos-; ¿y en el caso de que lograra quebrar la ceguera del encalado?, contaría las pisadas de nadie en derredor de sus patios, e incluiría en mis notas los secretos anónimos que los árabes recluyen en la penumbra de sus jardines. Anduve y anduve lento por el empedrado fiel al trazado de sus
calles, y aunque en ocasiones el laberinto no gana altura, en la mayoría de sus tramos la pendiente obliga a aflojar la marcha. Por momentos me pregunté: ¿no compondrá quizá un contraste demasiado evidente la piel blanca de sus casas con el azul prendido en las puertas tachonadas y detenido en sus ventanas enrejadas?, ¿el propósito escondido consistirá en que el viajero agote su curiosidad en la fachada? Pronto desistí de la idea al descubrir el éxito que se conseguía en el dominio del espacio cuanto más internaba mi espíritu en el ritmo de su tiempo; confieso que me entusiasmó sobremanera la consonancia del conjunto con un cielo impecable ¿un prodigio de tal magnitud alcanzado con sólo dos colores? Dejé caer el cansancio del vagar y vagar en el respaldo de una silla del Café; esperé apenas unos minutos a que de la infusión se decantara el poso, y sorbo a sorbo bebí el oscuro ardor. Los toques de una aldaba -aviso de voz sorda en una larga pausa desnuda-, orientaron el plexo disperso del sentimiento de todos los que gozábamos en la espléndida tarde, y los ojos se volvieron hacia los motivos de la entrada ¿no resulta conmovedor observar la ingenuidad de un carácter dibujar su geometría con unos clavos forjados?
     Regresé al mediodía siguiente; de nuevo me informé en la visita de que el sentido urbano pregona los rasgos imborrables de la calma y apunté a lápiz que sus singulares elementos cromáticos acaban por concluir la imagen del sosiego ¿No resolvieron por ello los pintores que allí los dioses reunieron los ingredientes propios del paraíso?, ¿qué otra cosa le queda al poeta más que cantar lo admirable y al músico imitar la melodía infinita?; por mi parte, no me atreví más que a pedir un gesto sencillo, "colócate en la oreja la flor que entretienes en el puño izquierdo", y como los pétalos asomaron por la sien derecha del simpático vendedor, el adorno reveló su estado de casado ¿el estilo con que el ademán cruzó la cara no manifestó una armonía asumida? No cabe la menor duda, el ambiente después de que se absorbe completamente estimula la sensibilidad del genio que cada uno carga consigo ¿Constituye un antojo el que la fantasía de las jaulas tomara prestado los tonos primordiales de Sidi-Bou-Saïd?, las coincidencias casuales fastidian la lógica de las secuencias. El artesano convino con el alambre la gracia de sus dimensiones redondas, y se avino bien con el papel que reclama la madera plana. No, realmente no padezco del engaño impuesto por los que obraron su frágil belleza ¿acaso no abarco la intención con que cierran el volumen?, disimuladamente traicionan su traje inocente y convierten el recinto en prisión de pájaros. Me complazco de veras cuando las filigranas de estos palacios diminutos únicamente hospedan el aire; sinceramente, prefiero libre la magia del vuelo que rebasa los tejados inclinados ¡qué obvia herencia musulmana se dictó en España!
     Eché a un lado del quicial los harapos de la inquietud, y reposé el aliento en la contemplación de los sarmientos; rastreé la horizontal nervatura elevada y me topé con el tronco que proyecta con fuerza la parra al suelo, y me vinieron a la cabeza los tendones de las raíces retorcidas que vi exhumadas en la niñez; luego y durante un buen rato, mis glóbulos oculares declinaron el control que ejerzo sobre sus órbitas y reclinaron su trabajo en la magnífica higuera del albergue ¿todavía se citarán las habitaciones del Sidi-Bou-Fares alrededor de aquel encuentro vegetal? ¡Créanme, digo la verdad!, cierto que no leí en rótulo alguno el acuerdo de proscribir la herrumbre y, no obstante, oí más de una vez la orden de que no chirriasen los goznes; tampoco supuse que al odio lo expulsara un decreto, y debió ser así porque en cualquier rincón del promontorio de Manar -tan próximo al Cartago destruido- reconocí la firma implícita de una unánime y rancia conjura por la paz ¿la violencia engendra una criatura de rostro diferente al que ofrece la simplona dualidad amigo-enemigo? La nostalgia del maluf llegó de la mano del violín, el laúd tradujo la encrespación de un ánimo indignado, y presentí en los golpes de tambor el doloroso latido de un desgarro ¡qué extraño experimenté el excepcional ocaso africano!, trajo del brazo a la noche, pero en compañía de un punzante acento andaluz. Considero improbable el que la estratagema de los años justifique en mi memoria el olvido del perfume azucarado del jazmín y el bálsamo dulzón con que arrebata la madreselva. De la topografía que recorrí despacioso, me llevo también el recuerdo de un vocabulario muy peculiar que percibí entre el martillo y el cobre. A pesar de que cuatro cúpulas y un minarete custodian los despojos de Abou-Saïd, su voluntad eterna por los asuntos del alma aún corre villa abajo ¿por fortuna no advertí paso a paso el arraigo de los testimonios del pasado?, ¿quién sino el sabio impidió que el enojoso espejismo de lo contemporáneo -del hoy al hoy, sin preservar la trascendencia de ayer- alterase la cadencia de los hábitos?