Cartago: esponsales fúnebres


A muchos nos fascinó el apogeo de la formidable flota que construyeron; debió ser un enorme poder marítimo el que  salvara la dispersión geográfica de sus plazas fuertes y factorías, pero... ¿fue su fama lo que me impulsó a llegar hasta aquí? No lo niego, entretengo los pasos alrededor de aquel testimonio del pasado, y sobrecogido considero lo que ocurrió allí, ¿quién lograría sustraerse a la imagen de un imperio derrumbado? La íntima zozobra que acosa mi ánimo la extraje del traje de luto que Roma echó encima de Cartago; ¿a esa hora, el señorío de los expertos navegantes no se inscribía en la franja litoral del continente?, ¿temerían el desarrollo de su arboricultura? ¡Culpo del colosal desastre a la ambición de Maninisa más que al higo y a la granada!, ¿no bastaron al númida sus dominios?, ¿todo un rey no sospechó que su anhelada suma escocía más que los sumandos? Los demonios desataron en las cabezas del senado un cálculo helado y la tierra pretendida por el veterano jinete de las arenas ardió antes de que se celebrasen los esponsales ¡qué amargo resulta ni siquiera alcanzar a debatir el móvil del propio holocausto! ¿Lloras ahora, Escipión Emiliano?, derribaste muros, techos y paredes, esclavizaste y expulsaste a sus habitantes; y, no obstante, la influencia del solar sacrificado expugnó los límites del olvido -a su honra la acompañó tu nombre manchado ¡Maldita ley inevitable!, el equilibrio dinámico de las pujanzas de los estados trastoca los protagonismos; el reloj que marca tales oportunidades avisó a los descendientes de Rómulo y Remo su ocasión propicia y señaló el declive comercial de la margen sur del Mare Nostrum.
     ¿Y la gente?, lejos, de demasiado lejos leí que recalaron ¿facultó otra cosa distinta de la distancia su autonomía? -sobrevivió a la mala fortuna cebada en el destino de Tiro, ¡implacable Alejandro! Sin duda cifraron el renglón primordial de su progreso en el tráfico mercante, y así facilitaron el que los productos de Occidente girasen a las manos de Oriente; también posibilitaron que las ventajas del Este se recibieran en el Oeste -¡magníficos intermediarios! ¿Tiene sentido cuando marcha bien el papel de negociantes preocuparse por terceros, aunque importantes, aspectos de la actividad económica?, las circunstancias que orlan la bonanza del compro y vendo conllevan por lo general la flaqueza de no fomentar la industria. Por supuesto que nunca presté oídos a las remotas habladurías en torno al pésimo estilo de los africanos ¿cómo fiarse de los chismes que murmuran los enemigos?; ¿quizá todavía alguien discuta que Plinio el Viejo examinó la traducción latina del tratado de Magón?, ¿con el inmenso prestigio que mereció?, ¡Vamos, qué osadía la de atreverse a afirmar que los dioses descuidaron regar con poetas este trozo del mundo!, ¿prescindieron de regalar pozos de ciencia a la sequedad de la ignorancia?, nadie en sus cabales sostiene que ningún pensador naciera en Kart-hadasht, y muy pocos creen ya la patraña urdida con el fin de emparentar a los púnicos con la aprensión que motiva la vida en los puertos; ¿que engañaban lo mismo a un mortal que a los eternos?, ¿y la maledicencia reviste objetivamente una acusación particular, o una denuncia recortada de la crónica de cualquier pueblo?
     Dejé caer la vista, absorta en el intenso azul del cielo, y sentí los ojos rodar sobre las olas que corren hacia la costa -ahí, delante de mis pies pregonan su cambio de ritmo, estallan-; ¿sus monturas traviesas no soportaron el flujo de emigrantes que garantizó la colonización? -al menos a mí me confunde el que las ondulaciones del desierto, más quietas, ahogaran los vínculos con el egipcio. El Mediterráneo, en realidad, constituyó la placenta que nutrió los orígenes fenicios de la Ciudad Nueva, y asimismo cuentan como verdad que a su grupa los barcos acercaron la suerte odiosa después. En la cadencia que descansa junto a la orilla mansa de febrero me pregunté: ¿en los períodos prósperos, qué rutas seguirían el cobre y el estaño?, ¿y la púrpura?, ¿de qué manera voy a saber dónde desembarcaron las plumas de avestruz?, ¿acaso se conoce con certidumbre el rumbo del marfil?; se comenta que en Grecia estimaron el acabado de las alfombras; ¿y la plata que ahondó sus riquezas?, la obtuvieron para sí de la Península Ibérica, por simple intercambio con los nativos. Concentrado en el sinfín de interrogaciones, detuve mi curiosidad frente a unos jóvenes que ganan su sustento con rostros modelados en arcilla, y confieso que al distinguir en las máscaras el cariz de sus muecas sucumbí -sus extrañas expresiones comparten un rincón del salón de mi casa con
una que posteriormente adquirí en Mérida. Al parecer, los espacios abiertos acordaron que ni una nube cruzara el aire durante el dilatado momento en que vagaron mis reflexiones -nada, excepto el dolor que me ataca el alma a causa de la fragilidad del sino humano, distrajo el discurso interior.
     Me complací de que el solaz de la media tarde admitiese el encuentro que ansiaba desde hace años, tomé asiento en una base milenaria y luego de un rato vino a apoyarse en mi soledad una parte substancial de la historia interrumpida. Me cuesta aceptarlo... ¿es que únicamente los vientos insisten en las sienes de los hombres mientras repiten su curso en el cauce del futuro?; percibo en la brisa los susurros del mensaje de la meta a la que aún nos cabría aspirar, e imbuido por el espíritu del lugar reconocí que, a pesar de tantos pesares, me alegro de poseer la cualidad de almacenar lo aprendido -siempre escaso- en el cerebro, porque las instrucciones depositadas en los genes no añaden libertad. Alcé la mirada y aprecié en el arrogante porte de una columna la terrible caricatura que plantó la soberbia de los vencedores; ¿por qué callar?, su estatura blanca, alzada a ras de la altura reducida a un amasijo de escombros, ofendió directamente mi sensibilidad. No renunciaré jamás a retener en la memoria el semblante del espanto con que una organización de la existencia inteligente falleció al término de su época. Exclusivamente a mí incumbe la responsabilidad de haber traído conmigo al hoy intruso -¡no necesito que me lo recuerden!- ¿y si juro que al percatarme de su carácter inoportuno quise esquivarlo, me permitirán quedarme a solas con los vestigios?, el tiempo astuto espiaba continuamente mis intenciones y arruinaba el secreto de mis movimientos apenas iniciados -lo observé tenazmente agarrado a mi sombra.