Diálogo con nadie



 -     ¿A dónde vas?
 -     A Ucanca.
 -     ¿Qué harás solo allí?
 -     Contemplar los tajinastes.
 -     ¿Por qué después del invierno?
 -     Es cuando yerguen su color verde y también el rojo. Si decides acudir en verano, los notarás quemados y observarás a muchos vencidos; en ningún caso te apures por intentarlo en noviembre, porque su vocación de erección aún no ha rasgado la virginidad de la tierra.
 -     ¿Y si acierto a pasar por Las Cañadas en ese mes?
 -     Fíjate en los bajos arbustos autóctonos que alfombran la planicie dura y al momento abstrae la vista en la superficie aceitunada de su laguna vegetal.
 -     ¿Qué te pareció más recio, las rocas o el aire?
 -     El tesón del viento trazó los rasgos más exóticos.
 -     Estoy de acuerdo, pero... ¿y las figuras caprichosas?
 -     Conviene que te convenzas, las esculpieron los dioses aunque se sirvieran de la erosión.
 -     ¿Y las montañas?
 -     Las distinguí ocres durante el día.
 -     ¿Y al atardecer?
 -     Violáceas, ¿cabría aguardar otro tono en el incendio púrpura del crepúsculo prendido en Chío?
 -     ¿Recuerdas sus portes cuando el oscuro se echa encima?
 -     Fantasmas negros de lomos curvos, delinean el turquesa que sostienen en sus crestas; con la noche sentada arriba, precipitan sus moles desde lo alto al fondo del valle mágico.
 -     ¡Háblame del cielo!
 -     Terso, azul, transparente, obstinado en la gracia tallada sobre la abrupta piel de los ciclópeos volúmenes y en deuda de espacio con la majestuosidad de la monumental elevación.
 -     ¿Por qué siempre que vuelves te hospedas en las faldas del espléndido fenómeno dormido?
 -     Allí el buen gusto tomó plaza antes de que yo lo supiese, me agrada profundamente su ambiente íntimo y la serena magnificencia del entorno arrebata el entusiasmo fértil que llevo a mis escritos.
 -     ¿Me consientes conocer en qué solazas, aparte de esto, las mañanas?
 -     Mientras vagabundeo, sin rumbo predeterminado, por el océano que retuvo inmóvil su encrespación de hace milenios, doy una ojeada a lo que medité ayer y trato de organizar aquello que me propongo pensar hoy.
 -     ¿Qué reflexionas en medio del magma enfriado?
 -     Recapitulo las ideas sin tiempo, agrupo sin prisas los conceptos que no desesperan por ser resueltos y considero la larga espera como la garantía precisa para que la debida fermentación progrese adecuadamente ¿a qué entonces tanta urgencia?
 -     ¿Qué impresión instala en tu alma la prominencia inerme?
 -     Al despertar de la siesta recupero inmediatamente su alzada desde el lecho de la habitación cuarenta -lo confieso, es mi cuarto preferido- ¿será quizá porque el sueño de por detrás del mediodía insiste en la ensoñación que se me antoja su cono como un pubis abierto al firmamento?
 -     ¿En qué entretienes las tardes?
 -     Paseo hasta los roques, junto a éstos de aquí enfrente, ancho la mirada por la llanura infinita que se extiende abajo y recojo el eco de su elocuencia muda devuelta por los peñascos de más allá.
  -     ¿Y la luz?, ¿qué tienes que contarme de su levedad?
 -     Solidifica el hechizo, ata el maleficio de las horas que corren hacia atrás, convoca el embrujo de la materia sublime en la frontera de lo inmaterial, admite en la belleza a eso que asemeja brutal y permite a la ingravidez concurrir a su cita con los colosales pesos muertos.
 -     ¡Es que todo es tan denso ahí!, ¿verdad?
 -     Sí, las formas compiten por aligerar su carga y exponen, sin escondites, sus hechuras desnudas al sol. Las gigantescas cicatrices reclaman el fresco de las sombras porque se duelen del astro que arde.
 -     ¿Reconociste el ritmo eterno?
 -     Creo que lo adiviné en el equilibrio perenne entre aquello que consolida la perspectiva diáfana y esa soberbia evanescencia de lo absoluto que lucha por liberar su amarre.
 -     ¿Y la canción sin término?
 -     Oí su melodía centenares de veces. Te ruego que guardes el secreto, porque si los aficionados al ruido se enteran recalarán para romper la garganta al cantor del silencio.
 -     ¿Alguna vez te acompañó alguien?
 -     Esta fantasía de la creación merece ser compartida por quienes aprendieron a gozar de su misterio. Así lo entendí y procuré traer la lealtad de otros conmigo; en la memoria colecciono imágenes inolvidables de seres amados que con cuidado extraje de estos parajes.
 -     Dime, ¿en qué comulgaron además contigo?
 -     En el ansia de saciar el espíritu con la extravagancia divina y en las ganas de indolencia que experimentamos ante su apariencia de violencia.
 -     ¿Regresas a este origen con frecuencia?
 -     Donde en un giro del ciclo se escuchó el grito de la piedra sujeto a la agitación telúrica, vengo en cuanto puedo a recrear mis sentidos y la emoción con los gemidos del final de una pasión consumada.