Hoy, la revolución de ayer en el Sur
se llama cooperación



El Norte se sacude de manera cómica las cenizas aún calientes de los calzones y atribuye con insolencia que el dramático caos descomunal corresponde exclusivamente a la mala gestión de las Administraciones meridionales ¿no pertenece al dominio de la opinión del orbe que contribuyó con sus demandas a prender la gigantesca hoguera?, las llamas dejan sentir sus efectos en quien no apoyó a su hora la extinción. Su propuesta de priorizar la purga de los intereses de la Deuda desató una terrible tormenta sobre el Sur, de una magnitud sin precedentes; la influencia enorme de los bancos -al dinero no se le exige pasaporte- contrajo brutalmente las economías débiles y desnudó de repente la fragilidad de sus arboladuras, ¿por qué nos extraña entonces contemplar ese fragmento de la Tierra navegar hoy con el timón torcido y a la deriva? A los países pobres no les cabe por más tiempo el endiablado papel de confiscadores de sus propios capitales en la dirección de los de renta más desahogada ¿Se entienden por fin los métodos expeditivos del neocolonialismo?, consisten en que el crecimiento de las naciones avanzadas se pague con el deterioro de las tecnificadas en menor grado; el peligro de que la penosa inclinación obtenga carta de legitimidad deviene menos de una imaginación desbordada y trashumante que de la pata de un caballo troyano introducida subrepticiamente por los estados ricos al pie de sus mapas. El momento de los parches coyunturales ocurrió largos años ha; el desgraciado trance  que ceba sus ganas con la ingestión descarada de los recursos del Tercer Mundo reclama con urgencia vigorosos cambios estructurales: internacionales e internos -¡escuchen por favor los falsos agoreros, la fecha oportuna resulta ser siempre ahora, no mañana, y jamás el día después de nunca!-; de aceptar del revés la secuencia, de lo local a lo global -¡triste ocasión perdida en la historia que persigue el fortalecimiento a través del acuerdo solidario del subdesarrollo!-, la locomotora de la cooperación no tirará hacia adelante con energía de los vagones quejumbrosos: en franca marcha atrás, o a lo mejor, detenidos, por las arenas de sus conflictos, en los raíles muertos y entregados al orín.
     Ya lo dije e insisto aquí -descanso con la letanía en las iglesias y confieso que tampoco me fatiga repetir lo que considero-, el despertar de la fatídica pesadilla pasa obligatoriamente por incentivar la investigación: implica fomentar proyectos originales y adecuados a su entorno particular -los fondos de riesgo repartidos convenientemente alientan el despegue, de la insinuación en el diseño a la objetividad del ejercicio-, restringe ineludiblemente la entrada de utilidades que se estimen susceptibles
de realizarse dentro -amplía la capacidad de adoptar decisiones correctas- y predispone a importar preferentemente aquellos que de forma clara requieren unos procesos de elaboración demasiado complejos -ordinariamente, precisan de caudales desmesurados. Pero... ¿cómo lograr la confianza esencial del pueblo en estas políticas?, sinceramente, creo que otorgando satisfacción a sus necesidades elementales y corrigiendo la desproporción de ingresos que violentan a un ánimo moderado, se abre de par en par tal posibilidad. Primordialmente, rómpase de una vez con la subalimentación sistemática de los estratos bajos mediante una inteligente revolución verde; empezar por terminar con la desquiciante partición de la posesión del suelo me parece un buen apretón de arranque -se repara en las crónicas el poco peso con que se permitió actuar al campesinado en las resoluciones que le afectaban-; con igual prisa, trátese de conseguir una ágil defensa de la salud carente de privilegios y un trabajo auténticamente competitivo; también son imprescindibles una educación que cuente de veras con la cultura autóctona y una enseñanza desvestida de las ventajas que esconden a sabiendas las élites -ambos factores palian la espantada escolar. Obviamente, la disciplina expuesta abarca los ingredientes del crédito y su ensayo extirparía de cuajo -tanto en los centros urbanos como en las áreas rústicas- las vísceras del fenómeno que impide la coexistencia equilibrada de la eficiencia con la equidad -conservo la ilusión por la utopía, ¡juro que duermo con la paz y me despierto con las ansias de los que sueñan la quimera!
     No revelo ninguna novedad al hablar de que la escasez de divisas compone un desabrido obstáculo a la prosperidad y, no obstante, las medidas que aconsejan diversificar las exportaciones y tomar por los cuernos la intensificación de la oferta manufacturera no se siguen con innegable rigor -no duden de mi palabra, lo anoté en mis viajes. La primera pretende evitar en los grandes mercados las fluctuaciones incontroladas de los precios en unos cuantos fabricados, y la segunda abunda en la recuperación de las regiones deprimidas por la puerta del conocimiento aplicado -genera un valor añadido con frecuencia substancial-, ¿acaso no se reconoce en esas vías la ruta por las que el Mediodía remonte la grave crisis que padece y alcance a participar del provecho común de un mayor flujo comercial de artículos básicos y acabados?; no, no se ajusta a una ingenuidad, a todos nos atañe que la brecha que separa en dos al planeta, el futuro la haga más y más estrecha. Otra cosa distinta de un progreso acelerado, no sólo en la ciencia práctica, sino en la vertiente social, constituye una opción coja ¿No estremece a cualquiera pensar en los fuertes vínculos que atan la industria a la agricultura?, ¿por qué no llevar la fábrica pertinente a las zonas rurales?, ¿no disuadiría la emigración que distorsiona seriamente las ciudades y redundaría en beneficio de una distribución más equitativa de la población? Asimismo, el parar la amenaza de la imparable explosión demográfica no supone una cuestión trivial y los gobernantes no tienen más remedio que frenar su ritmo si quieren atender a las fórmulas fundamentales: "cuando aumenta el volumen de personas en búsqueda de ocupación, disminuye la probabilidad de puestos", "en el caso de que aminore el número de bocas, se facilita la expansión de los servicios asistenciales" y "la presión de los natalicios es inversamente proporcional a la instrucción académica".