¡Ay, ay, ay, Sur mío!



Constantemente observé en mis viajes por el Sur el suplicio de morar en la periferia de la dicha que disfrutan los territorios del Norte -los visité con anterioridad-; claramente percibí que sus finanzas fragmentadas -estancadas o en franco retroceso- se duelen de una colosal indefensión -vulnerable a los formidables agentes externos que gravan los destinos y, no obstante, no le queda más remedio que contratar con ellos. Conté con los dedos del infinito el pavoroso sinnúmero de pobres malnutridos y enfermos que urbaniza esos lugares carentes de una auténtica soberanía -la supremacía constitucional compone nada más que una pura ilusión. Desenreda, lector, tus dudas; suma, si no, las escasas esperanzas -rubricadas con la pluma del deficiente avance industrial- al atraso en las estructuras -la mayoría, analfabetos que ignoran la manera de plantear con método sus reivindicaciones ¿Dónde encontrar la responsabilidad del subdesarrollo?, ¡rotundamente, sostengo que en las manos de aquellos que lo sufren!, a los pueblos que conforman las filas del lastre y ocupan las tres cuartas partes de la superficie habitable, les incumbe plenamente reconocer su protagonismo esencial, rechazar de plano sus condiciones inaceptables, prepararse al objeto de afrontar la batalla y asumir la iniciativa -según su cultura y valores- de cara a la salida del desastre. Nadie, absolutamente nadie oyó jamás que la dominación desistiera de motu proprio a sus derechos; con cierta presión accede a cambios marginales que no socaven los cimientos del sistema, pero con suficiente energía preferirá acuerdos distintos; y en especial, cuando en los pactos el flanco más débil disponga de una información competente, procurará lo más idóneo al precio justo. La ley que condena a la decadencia dicta que los obstáculos de afuera engendrarán más y más obstáculos con la connivencia de los traidores a sus patrias -lacayos de adentro-; indefectiblemente, de tamaño coro infernal trepará el freno a cualquier mejoría anhelada.
     Hoy por hoy, una profunda asimetría divide la bola azul en dos trozos muy desiguales que insultan a la razón. No, no se evidencia una explicación sencilla que se ajuste a la complejidad del problema: de un lado, la cuidada y recíproca dependencia entre el puñado de naciones que despuntan, y del costado contrario, la fraccionada subordinación de los múltiples estados que saldan sus tanteos equivocados ¿Será posible alguna vez llegar a conciliar -parecen entes antagónicos- la eficiencia -rasgo de los más adelantados- con la equidad -fallo del retraso? Las preguntas de ¿qué elaboran?, ¿por quién y para quién?, y ¿a qué importe de degradación ambiental y quiebra humana?, despejan la situación. El Sur se desconoce a sí mismo ¿no reviste tal peculiaridad el escollo que entorpece la solidaridad en su hemisferio?; ¡no se emerge con facilidad de ese tremendo yerro!, ¿no vislumbra quizá que en su participación en actividades globales radica el requisito indispensable?, la expectativa invita resueltamente a una búsqueda de la autoafirmación colectiva del Tercer Mundo; ¿no notó acaso que, al pretender conectar con un hermano del infortunio, generalmente le obligan a pagar el peaje impuesto en las regiones prósperas?, ¡échese una simple ojeada a los mapas de vuelos de las principales compañías aéreas! La decisión que se tome con el rigor exigido reunirá el ímpetu adecuado y no se hará esperar un orbe en el que la escisión abismal desaparezca -lo aprendido de lo ocurrido apunta a nuevas y singulares estrategias. La urgencia de un modelo de cooperación Sur-Sur resulta de sobras patente, ya que, exclusivamente por sus medios, cada país nunca alcanzará la masa crítica imprescindible a la investigación y a la implantación en su realidad de los logros conseguidos. Además... ¿cómo negociar por separado sus desabridas cuestiones -la Deuda, el Narco, etc.- frente a la robustez de los que les ayudan a organizar el caos en que se debaten?, ¿qué cosa diferente cabría aguardar?, ¿no es menos verdad que los criterios de apoyo se sopesaron en los vericuetos de los intereses oscuros y en la seguridad?; el imperativo camino de la integración lo ratifica día a día la experiencia andada desde los albores de sus historias, escritas después de emanciparse de la tutela colonial. Los frutos de la tasa de crecimiento adquisitivo los recogerá el conjunto de los ciudadanos en el caso de que siguieran anticipadamente: la línea que señala el sentido de la redistribución de los bienes productivos y el marco que garantice la enseñanza universitaria y la elemental. Llevarlo a cabo del revés, únicamente beneficiaría a una minoría, y el suicidio público irrevocablemente devendrá del renunciar a las Ciencias Básicas -substrato necesario en el que se desenvuelven las tecnologías, incluso las transferidas de más allá de las fronteras-; las crónicas muestran hasta la saciedad ambos errores -llagas de difícil cura.
     La diagnosis de la supervivencia del planeta -nos pertenece a todos- recomienda que las gentes del mediodía recuperen los conocimientos y su puesta en práctica -cortante bisturí capaz de extirpar la relación desequilibrada en la dirección fatal. De la medicación que se descifra más abajo del membrete de la receta, se deducen los fármacos de la paz, estabilidad y dignidad sin discriminación por latitudes; el tratamiento propugna que salten las cadenas de la explotación, y por ende fuerza a que la opresión, sea del signo que sea -político, económico y social- caiga del pedestal elevado a hombros de tantos, y acabe ahogándose en sus miasmas el temor en el que se ampara. Con arrojo, los gobiernos deben fracturar la influencia foránea en los modos que transmiten los atajos de las comunicaciones modernas, romper en pedazos las ataduras al saber de otros que padecen y controlar así legítimamente su potencial primario -¡basta de saludar con alborozo socarrón sus entregas de recursos a costa de un desproporcionado índice de intercambio! Por su naturaleza, la lentitud del proceso caracterizará los progresos -inadvertidos o vistos con apatía-; paso a paso se probará que mereció la pena obtenerlos a pesar de los denuedos, aunque se califiquen de minúsculos -no conviene subestimarlos por el solo motivo de lo que les falta por recorrer.