¡Oh Dios!,
¿no he de volver a Palmira?


Recordaré hasta el postrer suspiro que exhale mi memoria aquel inicio de primavera en que, sobre una circular base romana, la redondez de la luna llena subrayó la tradicional hospitalidad islámica del té; entre sorbo y sorbo, disfruté de la sobria charla esbozada en sus gestos amigables; durante los ratos en que cerré la boca -interesado en contener el líquido caliente-, ahogué la lengua en el fondo de la laguna parda que orillean los dientes, despacioso enjuagué las encías y agradecido paladeé el sabor amargo de la infusión. Confieso que me sobrecogió el espléndido espectáculo que remonta las cabezas de la compañía siria después de que se cubriera de luto el otrora nudo capital de las rutas caravaneras -a la suprema majestad del arte no le ofende el declive de su estrella ¿No ocurrió que consideré entonces, imbuido de la magia del momento, cómo la antigüedad inexorablemente obliga a Palmira a tomar prestado de los milenios  su rostro fantasmal? Envuelto en el gélido manto oscuro que el día divulga por la faz de la Tierra tras retirarse a dormir, comencé a andar por el colosal patrimonio cultural llegado de occidente. Admito que con sobrado deleite me abandono a la vocación de errar a través de los residuos de la gloria -aprendí de los libros que las ruinas poseen el imán remanente de los imperios desaparecidos ¿Mi pecado? no me culpo más que de imaginar en secreto sus leyendas mientras me recreo en sus restos ¿no dejé constancia en múltiples ocasiones de que nunca me planteé reconstruir sus pretéritos a partir de sus desvencijadas osamentas?, respeto profundamente la laboriosa tarea de abstracción que llevaron a cabo los años del brazo de la intemperie. Miré de reojo los despojos rotundos que el tiempo venció en su lucha contra la arrogancia de la altura -yacen a esa hora desnudos de luz- y seguí con la vista el talle de las columnas que aguantaron la embestida de los ciclos -visten con el ropaje que se echan encima las figuras esbeltas a lo largo de la noche. Percibí que las penumbras de las motivaciones últimas de la gesta humana -motor que tira del hondo fardo de los acontecimientos- brotan con vigor del origen de las eras, y... ¡no lo niego!, gracias al tremendo salto conservo a salvo mis confusiones -reconozco que las interrogaciones de mis porqués defendidos por las sombras no componen un refugio apacible para una cordura vacilante. Por ello, levanté los ojos del ingenuo astrónomo que cada uno guarda en sus adentros y me complací con el firmamento cuajado de incontables puntos brillantes; naturalmente, asistí a un pasado que por su extremada lejanía inquieta mis retinas con excesivo retraso; volví de nuevo la atención hacia los alrededores más inmediatos, y caí en la cuenta de que también el garbo de la piedra -la tumbada y la elevada- rubrica de modo idéntico la solidaridad del presente con lo anterior. No me parece conveniente callar en aras de la prudencia lo que cualquier alma intranquila, si se lo propone, advertirá en la urdimbre atada al palo remoto del cosmos: un inequívoco hilván de historia del tamaño de las criaturas; yo, por mi parte hinqué las rodillas de mi soberbia torpe.
     ¿En qué esquina de mi intimidad encontraré la explicación de la extraordinaria inclinación que experimento por los titánicos vestigios del poderío muerto?, ¿quizá al dorso de la expresión sublime que persevera escrita en las páginas cuarteadas por el trabajo lento de los siglos y de los siglos?; ciertamente, la amplitud horizontal y la complejidad vertical aquí desafían las reglas básicas de la descripción, a pesar de que las use un malabarista diestro con las palabras. Desde luego que siempre referí quedo mis impresiones acerca de tales ambientes seductores a cuantos quisieron oírme, y lo grité con el cuello estirado a demasiados que jamás desearon saber quiénes somos en verdad; de manera muy singular se citan allí las grandilocuencias mudas en el acto eterno de imponerse con tenacidad a los caprichos del deterioro ¿Escuché el habla de la sed de nada?, no ceja en el empeño por disgregar las formas y darles la apariencia de los turbios remolinos donde el polvo enoja al protagonismo del viento ¿Y este portento genial que en particular tengo ahí delante?, la inteligencia lo organizó en medio de la magnificencia del desierto -probablemente, la falta de agua alcanzó a menguar mi voz, aunque no le cupo la desgracia de sellar mis labios, ¿acaso no tarareé en solitario mi entusiasmo? Absorto, contemplo la razón del trazado puesta frente a frente con la arbitrariedad apostada en la carencia del sentido propia de la llanura vacía ¿debo ocultar aún, por un falso pudor, que las
excepcionales condiciones que admiro -obradas por manos de hombres y creadas por el hálito de los dioses- arrebatan mi espíritu a las cumbres de la osadía divina? En la embriaguez de la mañana, las fechas destacadas por el guía -en la Segunda Guerra Mundial ofició de legionario extranjero del lado de los franceses- se me antojaron desvinculadas de las épocas, pero la crítica de los episodios redactada en la mayoría de edad del silencio que sucede a sus ocasos la leí en la indiscreción sonora de las inscripciones cinceladas en sus monumentos -de hecho comprimen los hechos esparcidos en el infinito de mi mente: sin embargo, en absoluto destrozan el contexto al ordenar los incidentes que se midieron en las viejas arenas. La hipnosis que produjo ayer el sueño del encanto árabe bajo la bóveda negra y la perspectiva diáfana de hoy no constituyen aspectos antitéticos, sino más bien acentos diferentes con que la distinta apertura de las pupilas disciplinan la emoción provocada por una misma realidad. De repente, una idea extraña empuja con fuerza el latido rítmico del corazón, la ebullición instala su burbujeo característico en mi cerebro y sostengo que algo vasto predispone su voluntad con la intención de hacerse entender: el camino del descubrimiento resulta igual de extenso que la vida, ¿cuál es por tanto el objeto de desvelar por completo su raíz cuando fallece rápidamente al primer contacto con el aire?