Especias, esencias y otras cosas
que recuerdo del zoco de Damasco


Poco después del extravío que sucede a cada vuelta al tratar de seguir el rastro de la razón que impulsó el trazado, resulta difícil precisar con exactitud la situación de uno mismo respecto a la monumental puerta de acceso -me admiré de que de las ostensibles cicatrices del tiempo no ajaran la prestancia del noble gigante de un solo ojo, abierto de par en par. Con frecuencia, los individuos de hoy sufrimos de la maldita familiaridad del plano geométrico de las ciudades y del simplón esquema cúbico a que se redujeron las casas ¿por desgracia la manada de los insensatos modernos se atreverá a acusar de elementales los acordes de la naturaleza con que en el pasado se ideó el legítimo urbanismo torcido y se concibieron los hogares con múltiples recovecos?, nadie, en su sano juicio, se figurará jamás que el perfil de la lógica humana es rectilíneo -su
comprensión requiere de un acento más complejo, sobre todo en las regiones cercanas a los sentimientos. Dime tú, lector, con la sinceridad que te caracteriza, ¿quién de aquellos que conoces lograría definir su posición en una vorágine tan colosal de adoquines, piedras, ladrillos, cúpulas, minaretes, barro y hombres, cuya liga principal es la tradición?; ¡disculpa, querido amigo, la profundidad de la reflexión que escribo!, ¿no sabes que su temperamento brotó en pleno corazón de una desmesurada barahúnda?, juro que no caminé dentro de ninguna mayor en la vida ¿Qué imagen de las infinitas que asedian a cualquiera de los vagabundos habituales del mundo precipitó mis procesos inteligentes hacia lo indescifrable?, ¡por Dios, ya nunca recuperé la calma de antes! En la práctica, el análisis puro de los estímulos del caso lo considero inabordable; no obstante, tumbé la oreja en los parajes donde habita la intuición, y escuché que probablemente la irresistible seducción se deba a la suma de las incontables sensaciones que registraron mis cinco sentidos en constante alerta -a la impresión de conjunto le afecta directamente el prodigio incremental de la sinergia.
     Recuerdo con suficiente claridad el instante en que de repente moderé el celo de mi errar sin rumbo y detuve los pensamientos que invariablemente ordeno; al salir del bache de la función cerebral, surgió la vieja pregunta cómplice del olvido, "¿adivinaré algún día la magia que poseen en exclusiva los zocos?", en absoluto miento al afirmar que el eco inquisitivo, recién despierto, ocupó por completo mi mente -de momento quieta. No, no me cogió de improviso la cuestión, y aunque en otros lugares semejantes a éste que visité obvié la respuesta, ahora publico con entera libertad la estructura del fenómeno en la forma de una serie de interrogantes encadenados a una suerte de discurso que incluye unas cuantas frases exclamativas; ¡prevengo a los aficionados a la demagogia -no los colecciono-, de que la osadía de romper lo oculto observable, mediante un acto persuasivo, me es ajena!, hasta la edad que tengo cuento con los dedos de una mano los secretos insondables -lamento por ello, sea cual sea la intención, el destruir la riqueza de sus símbolos ¿Quizá la responsabilidad del embrujo que se respira bajo los toldos radica en el malabarismo de la luz ejercitado en la búsqueda de los resquicios que descuidan?, ¿o tal vez reside en el gentío que circula incansable por los laberintos de sus callejuelas?, ¿por fortuna, no disfruté en 1989 de una paz que se me antojó eterna?, ¿y la hipótesis de que una sensibilidad sutil se tropezara con la raíz verdadera en la buena convivencia de siglos y siglos entre los comerciantes y transeúntes?, ¿por qué entonces, aquí, en Damasco, todavía se cuentan por miles los agujeros de balas en las cubiertas metálicas de las galerías más concurridas?, la historia relata que más de cuarenta años atrás los franceses dispararon.
     Clavé mis pies en una de las cuatro esquinas que componen la base de un pedazo de cielo despejado y dejé que las horas soltaran amarras de la prisa que cargo -mi fardo de siempre, ¡caramba, cuesta mucho que se duerman mis demonios!-; a partir del punto en que aprehendí el silencio, gocé del trasiego de las mujeres vestidas de arriba a abajo con el negro, y aún me complací más al recrear la vista en las jóvenes que esconden su rostro detrás de un velo rojo y echan encima de sus portes menudos la apariencia de un borbotón de sangre -no cabe duda de que las enigmáticas miradas femeninas se adueñaron del oscuro de la noche árabe. En ocasiones supuse que los fascinantes colores de las especias -¡me maravilla cómo visten su levedad con la aspereza propia de los sacos hechos con la arpillera!- retuvieron contra mi voluntad las ganas de descubrir olores nuevos; posteriormente, reconocí que una suave brisa trajo las fragancias de los llamativos polvillos expuestos en unos puestos de más allá ¡Qué profusa concordia de aromas impregna el aire!, y es que también las esencias contribuyen a la sazón del fantástico exotismo ¿acaso no noté que las densidades del óleo perfumaban de manera delicada las estrechas aceras?; desde los mostradores abarrotados de mercancías, una caótica combinación de vapores asalta de continuo al olfato; fue a lo largo de lo andado en la espléndida tarde cuando advertí que las sugerencias volátiles cambian rápidamente de una tienda a la próxima -opino que el efecto depende de qué frascos destapan al curioso que se adelanta por segundos a mi curiosidad-; confieso por mí y por los demás -¡no lo niegan, espié sus parloteos!- que a la nariz no le alcanza el descanso, siquiera un rato; ¿los nombres de los aceites?, ¡y yo qué voy a entender!, etiquetan sus botellas con unos garabatos ininteligibles a mi ignorancia. Por nada escapará de mis pupilas la elegancia que el vidrio adopta en los moldes de sus pipas, y tampoco permitiré que se apague en mis oídos el burbujeo del humo en el agua, ni la cadencia de las palabras en la fiesta de la redondez del vaho exhalado; reparé en que los fumadores, durante los sueños de la charla, chupan de la boquilla y aventan distraídos los trocitos de carbón que arden en la parte alta con el tabaco.