En Damasco oré donde mis semejantes
se tratan con sus credos


En absoluto deseé perturbar el recogimiento de los piadosos confiados al sosiego, y por ello, a pesar de la ceguera que percibí en el iris del aire, no disparé con luz artificial mi cámara; fue la intención de atenuar los vicios de una exposición prolongada la razón por la que apoyé la máquina en la noble balaustrada de madera; ¿en realidad, me importó otra cosa que captar en la fotografía el singular efecto del movimiento condensado?, ¿por qué disimular?, ¿no acaricié la idea de conseguir en el área reducida de una cartulina la inquietante compresión temporal?, registré la cadencia hacia adelante y atrás del torso de un fiel sentado con las piernas cruzadas al modo musulmán. Al revelar la memoria técnica, descubrí que las sucesivas inclinaciones recorridas por el cuerpo en su trayectoria de vaivén impresionaron la instantánea con la forma de una estela de definición irregular -el impulso renovado intrínseco al ritmo de los cánticos sagrados creó la fantasía circular. Detrás del devoto contemplé un espacio cerrado y escuché que la tradición señala a su breve alzada el cometido de custodiar la cabeza del Bautista -aroma de Jesús en el Jordán-; clavé los ojos en la entrada y me pregunté secretamente en qué grado se hallan aquí la verdad y la veracidad del testimonio narrado en la Biblia; con franqueza... ¿indagar sobre tal cuestión constituye un compromiso ineludible?, nunca me pareció que mereciera la pena el esfuerzo, máxime cuando mi posición respecto al absurdo martirio llevado a cabo con el propósito de ganar el favor de una hembra por el lado flaco de sus caprichos me quedó clara durante la época en que los individuos sanos nos curamos la juventud. Me sustrajo del ensimismamiento en el que acuné momento a momento mis pensamientos la exquisita ornamentación que cuelga de las cúpulas; más que considerar un inconveniente el que a esa hora temprana de la tarde no prendieran sus lámparas, agradecí la penumbra que viste con el velo del misterio el desnudo de lo improfanable. Sobrecogido por las magníficas dimensiones del recinto cubierto, seguí con lentitud a mis pasos soportando el lastre que la leyenda carga a lomos de la historia, distinguí por doquier figuras inmóviles sumergidas en la calma adecuada para hablar de sus anhelos con el drama de sus credos; ¿no decanta el ambiente un ánimo que obliga al inmenso suelo de alfombras a tomar prestado el viso de la sangre? Gocé de las pisadas que mullen con la sencillez de sus huellas el estático mar rojo, y entonces recapacité largamente... ¡cuánto contrasta la paz atribuida a los pies descalzos con el color que occidente achaca a la violencia! Al salir a la explanada gigantesca reparé en que las voces del silencio se entretuvieron en la profundidad de las sombras y enredadas en la magia del eco ¡Ooo... mee... yas-yas!; ¿acaso no residen de siempre y por siempre allí?, sólo a los hombres nos resulta incomprensible habitar de por vida en la mayor incógnita reconocible -precisamos la distracción del bullicio frente al vértigo de lo indescifrable.
     ¡Demonio de guía!, ¡un sirio educado en la astucia latina!, ¡explosiva mezcla!, en varias ocasiones su pico de oro argentino no dejó terreno a la duda en torno a su estilo de pícaro porteño ¿por desgracia no se empleó con empeño en acosar sin cuartel a nuestros bolsillos?, nos ofreció con insólito descaro las baratijas más exóticas de sus compinches comerciantes a precio de alhajas. Y, no obstante, después de que la noche expulsó al día de su sitial, acatamos su sugerencia -llenos de precaución- de acercar el interés que traíamos de lejos a la Mezquita de Zaynab. La presencia de un gran número de autobuses avisó de la proximidad del monumento santo erigido en honor de la biznieta del Profeta; los retratos de Jomeini pegados a las carrocerías anunciaron inequívocamente que la notable afluencia al centro de peregrinaje provenía del exaltado integrismo resucitado más al Este. Retengo la imagen de no pocos grupos de chiítas bien pertrechados en las afueras del templo, y aunque desconozco la lengua en que se expresan, califiqué sus mensajes de intolerantes -simple paralelismo que establecí al observar cómo tratan a los que no comparten la agitación de sus fanatismos. Me disgustaron los efectos fastidiosos propios de la intransigencia: empujones, miradas altaneras y actitudes de desprecio; sus griteríos se me antojaron letanías de consignas que repiten y machacan los afectados por unas convicciones histéricas. La firme frontera que diferencia el barullo exterior de la concentración la comprobé inconfundible al rebasar el umbral; prevengo a mis verdugos de que jamás lograrán arrancar de mis retinas el deleite del alma que sentí ante la hipnosis del delicado trabajo obrado en la puerta principal -encontré enormes las dos hojas abiertas de par en par- y recuerdo que, mientras me recreaba en el lujo indescriptible que ostentan, reflexioné: "quizá su función es menos de abrigo que de vitrina donde alojar la osadía inusitada de una opulencia desbocada". Dentro, el artista repujó las superficies de la construcción con infinitos trozos de pequeños espejos ajustados ¿buscaría la consecuencia de multiplicar por lo incontable los tesoros que admiré?, doy mi palabra de que ningún límite conocido por mí hasta ahora incluye una sueño igual. En el corazón geométrico de las plegarias, ahormaron la plata con los moldes de la muerte -en los parajes celestes, el perfil del sepulcro encarna su silueta habitual-; no olvidaré fácilmente a las mujeres que giraban continuamente alrededor de la urna manoseando sus barrotes -el brillo que advertí en sus pupilas poseía el tinte de la esperanza con que se topa la práctica del fervor al término de las súplicas. Muy cerca de mí un imam de aspecto venerable mecía sus labios según los versos del Corán, y alternó en sus invocaciones la rigidez hierática con la flexión de sus rodillas -la religión le proporciona el poder y las reglas de su ejercicio-; los cinco soldados en ropa de faena que rodeaban al anciano componían con él una sólida pieza de armazón invisible -sospeché que la defensa coronaría seguramente con el fracaso la menor tentativa de agresión, ¡qué impenetrable juzgué la barrera humana tejida con los hilos de la fe! Eché a correr un buen rato la vista por las cumbres interiores del suntuoso edificio dedicado al culto, y admito que me fascinó la complejidad duplicada en el techo de las posturas cambiantes en el rezo incesante de toda aquella gente oriental.