Túnez: por las fronteras
de la muerte de hombres y dioses


Cartago: esponsales fúnebres
La calma de Sidi-Bou-Saïd meció la fatiga del alma que sentí en Cartago
De El Jem nunca olvidaré que en la armonía del espacio no cabe disimular una memoria de violencias
Las sombrías callejuelas encienden mis pupilas. El salitre y el sol humedecieron mis ojos
De Jerba me traje los frascos de una tolerancia de siglos
El humo de las cocinas escapa por los ombligos del vientre de Matmata.
En el Sur vi restos de sangre negra traída de más al Sur
La monotonía del desierto se adueñó del viejo Sabria
En Chott El Jerid robé unas horas de mi edad y las entregué a aquella eternidad
Dougga: la colina de un dios decapitado