De la totalidad exterior a la totalidad interior



     Octavio Santana es un científico que inscribe su trabajo literario en la mejor tradición de la mentalidad científica occidental. En efecto, cuando Galileo Galilei acuñó la expresión "il libro della natura" creó una bellísima y fértil metáfora para expresar su visión particular del universo.
     La naturaleza se le presentaba como un libro no leído aún, en cuyas páginas se escondían los secretos que había que descifrar. Las hojas de ese libro corresponden, para Karl Popper, a los diferentes niveles, cada vez más profundos, de la naturaleza en los que el científico intenta penetrar para interpretarla.
     Desde siempre, por lo tanto, la razón científica y la razón poética, como la he llamado siempre en mis escritos, han sido compañeras del viaje de la vida y la existencia del ser humano. Se equivoca quien piensa que están y deben de estar reñidas, porque si así fuese el científico solo podría utilizar fórmulas matemáticas, porque el idioma es, por naturaleza, metafórico, y la metáfora es el reino de la poesía que, de una forma u otra, todos compartimos.
     El primer libro de Octavio Santana ha sido un libro de memorias de los viajes alrededor del mundo, que le sirvió para reposeer, en el recuerdo, los lugares, las cosas y las personas, sin las cuales el mundo visitado le habría parecido un cementerio poblado de tumbas, a veces esplendorosas, a veces en ruinas, pero siempre un cementerio lleno de fantasmas.
     El recuerdo, plasmado, en la palabra escrita, le sirvió como vehículo de "revisitación", como se usa decir hoy, desde la perspectiva nostálgica de la distancia; pero también para darse cuenta de que el verdadero viaje que era necesario emprender era a través de su propia geografía con la misma ansiedad y deseo de conocimiento que lo habían llevado (y todavía lo llevan) al encuentro de otros mundos y de otras culturas.
     Hay tres diferentes casas que cobijan nuestra débil y transitoria existencia; la primera es la casa del cuerpo, la segunda la del lugar en el que empezamos a vivir, a sentir, a amar y conocer, y la tercera es el mundo. Así Octavio Santana tenía necesariamente que conocer su segunda casa con los ojos y los oídos atentos al rumor silencioso de sus parajes de abrupta belleza, en los que se oye el estruendo de la creación y se percibe el atónito silencio del primer ser humano que se encontró entre ellos.
     No ha sido un viaje inconsciente, sino pensado y programado pero visceralmente sentido, como afirma el escritor, con intensidad dolorosa, al comienzo del libro: "De aquella escapada brutal, este regreso tan intenso." (pág. 1).
     De esta forma comienza el viaje hacia la totalidad que cobija la yoidad del autor, y comienza con la mirada intencionalmente nueva, fresca, como frente a lo desconocido, porque solo así -y él lo sabe- el mundo antiguo se le revelará en su nueva y auténtica realidad esencial: "¿unos ojos atentos no imprimen además un carácter inédito a los alrededores?" (pág. 1).
     La escritura de Santana es densa, intensa, pletórica de imágenes y metáforas, algunas tan logradas que revelan la percepción sensible del poeta, como las que inician los diferentes capítulos. Vale citar algunas porque, desde ellas, se anticipan y se viven las diferentes visiones de las Islas Canarias. Así el capítulo V comienza con "De la oscura muerte del mar al lecho negro de la vid." (pág. 21), en el cual, con un lenguaje osadamente erótico es descrita la naturaleza del Golfo o la más bella para un oído poético que encontramos al inicio del
capitulo XVI: "El poeta que prestó sus ojos inocentes ardió con el paisaje" (pág. 65).
     El libro muestra con claridad que ha sido escrito por una mano que sigue la visión de un hombre de ciencia y de cultura, por el uso de los mitos clásicos y la precisión minuciosa de las descripciones de las características geográficas de su isla; pero, con respecto al primer libro revela un estilo más seguro y una inspiración menos cerebral.
     El libro incluye una gama muy amplia de sentimientos y de vivencias: el amor erótico, el amor patrio y fraternal, el sentimiento de pérdida frente al vacío dejado por los que se fueron, el recuerdo y la memoria cultivada del padre y de la madre que, al final del libro, junto con la vieja casa de Telde, cierran el ciclo del regreso. El capítulo final sugiere y produce una vaga y difusa tristeza frente a la ineluctable necesidad de la ley que gobierna nuestras vidas: "Soledad y decadencia son hermanas. Al despertar esta mañana eché cuentas..." (pág. 233), pero al mismo tiempo afirma la fuerza de la propia voluntad para vivir la vida de manera auténtica: "frente a la mecánica Naturaleza." (pág.236).
     La escritura pone en evidencia los sentimientos apasionados que constituyen las vivencias más profundas y determinantes de la vida del autor y que, algunas veces, nublan su visión e impiden el necesario alejamiento que debe existir entre el escritor y la obra que está escribiendo.
     Embridar la fantasía y los sentimientos es, sin duda, una de la tareas fundamentales e indispensables que todo escritor debe cumplir y, me parece, que la diferencia existente entre la primera y la segunda obra de Octavio Santana, apuntan en esa dirección y auguran un quehacer literario cada vez mas digno de estudio.

María-Teresa Bertelloni
Catedrática de Filosofía y Literatura Comparada
Universidad de Puerto Rico-Mayagüez






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