El trazador de círculos


El espíritu de Ashaverus anima los cuerpos de algunas gentes desde aquella mañana jerosolimitana, en la que el hijo de Dios y de Miriam, caminaba hacia la muerte, cuando el Judío Errante inició su ruta incesante y eterna. En ocasiones, parece que el Desasosegado duerme y reposa, al fin, para siempre. Pero se trata, al fin de cuentas, de un simulacro, porque de pronto, de forma súbita e inesperada, se reincorpora vigorizado y se hace inquilino, como un punki okupa o a la manera furtiva y nocturna de los íncubos, de alguien desprevenido, pero lo suficientemente inquieto como para que se tire a los caminos, sin importarle
las espinas o contratiempos con que pueda toparse a lo largo de los andurriales y vericuetos.
Quizá sea en los fines de milenio, o de siglo o de semana, cuando el viejo Ashaverus susurre al oído de sus elegidos las palabras del encantamiento que les dan cuerda y los ponen en movimiento a la búsqueda del otro, al reencuentro, en definitiva, de sí mismos, en un viaje redondo como la tierra, que sea anagnórisis purificadora y periplo de reconocimiento, a lo largo del cual el viajero y peregrino vaya trazando en el suelo y sobre el polvo círculos como los del misterioso santero que encontró ese otro Ashaverus hispánico que fue Benjamín de Tudela.
En este instante preciso, se dan, al menos, dos de esas circunstancias temporales propiciatorias y requeridas para que se produzca el prodigio: el siglo finaliza y se muere el milenio. Y es por ello, seguro, por lo que muchas criaturas inquietas, insatisfechas, buceadoras, acuáticas y navegantes como los caballos de mar y algunas estrellas, volanderas igual que los elfos, o terrestres como los enanos mineros están haciendo sus hatillos y maletas, llenando con premura de agua las calabazas y buscando los bordones con que de niños jugaban a pastorear, desde un jardín vigilado por guardias y niñeras, rebaños de nubes blancas, y a romper a pedradas, como pequeños reyes y profetas, el rostro de piedra de los filisteos que impedían la entrada a los mundos prohibidos del otro lado de los espejos.
Octavio Santana pertenece a esa casta de los viejos nómadas, a esa clase de viajeros que van rasgando los vendajes de la mentira y las telas de araña de las falsedades, porque no hay cataratas enturbiadoras en sus ojos ansiosos de ver sin temores ni en su cerebro prejuicios ni empobrecedores estereotipos, quizá porque supo muy pronto amar la sombra oscura de Capira, y pronunciar su nombre en medio de las sombras para romper el sortilegio del miedo. Aquella jactancia infantil de chiquillo osado y curioso fue, sin duda, lo que le hizo luego ser capaz de ir al encuentro de la pobreza y el dolor más terribles y brutales, y hallar, no obstante, en mitad de la más horrorosa de las miserias, el corazón más puro del amor y la belleza, frente al bullicio de las gentes multicolores de Bombay bajo la lluvia, o ante la risa de Sor ángela, la monja andaluza, virgen y madre de indios, que le dio un cenicero de palo santo y le mostró sin ostentaciones el significado de una palabra que ha perdido todo brillo y que sólo puede encontrarse convertida en carne y en sangre, rediviva, de repente, en criaturas singulares.
Estas páginas son, por tanto, confesión y confidencia. Y lo que en ellas se cuenta representa mucho más, sin embargo, que un diario de viajes: en primer lugar porque, ya desde el comienzo, todo lector sin excepciones cae en la cuenta de que su autor es un narrador muy hábil, capaz de manejar con mano firme de domador sabio el lenguaje y de emplear, así mismo, con brillantez y astucia todos los artilugios que hay en la caja de las herramientas de eso que se llama Literatura; y, por otro lado, este relato, semejante a un largo poema epicolírico para degustar tomando mate o un buen vino o a palo seco, no se circunscribe en modo alguno al solo ámbito reducido de lo autobiográfico pues, si bien es cierto que la voz del escritor se oye rotunda, también a través de la suya se escuchan vigorosas las de las otras gentes que no son únicamente sombras chinescas que aparecen y desaparecen a través de los distintos capítulos, sino personas tan llenas de vigor, que podrían ser cada una de ellas los protagonistas apasionantes de una novela. El caboclo Sabá y su pena, y Bebé Barros, su protector; Lucio, el guía fabulador, con una boca llena de mentiras prodigiosas; Rosa Delia y sus aretes de plata, transmitidos de madres a hijas, como un testigo de dignidad y resistencia; la concertista de las manos monstruosas que tocaba a Mozart en Ushuaia, o Juliana con sus dedos mágicos como los de las diosas alfareras, todos, ellos y ellas, y tantos otros, constituyen un friso vivo y sugerente, en medio de una geografía abrumadora, y de una historia de escándalo que tiene, sobre todo, la terrorífica grandeza humana de las tragedias.
Esta es la opera prima literaria de Octavio Santana. Con ella demuestra que conoce al dedillo el primer mandamiento del código del escritor: saber escuchar, oír lo que cuentan el río, el bosque, los insectos; lo que hablan los hombres y las mujeres y, lo que es primordial y definitivo, lo que le dice a él su corazón.


Carmen Gómez Ojea, Premio Nadal 1981.