Intervención de Octavio Santana Suárez


Evidentemente, la constitución del Thelos contiene la consumación de una finalidad, igual que la flecha que estampa en los vientos el sentido de una trayectoria ¿no importaría más recorrer con acierto el espacio entre tirador y diana?; vale, de veras vale sopesar la coherencia y plenitud que ciñen el curso de la travesía espiritual del parto a la tumba, porque... ¿qué capítulo humano quedaría cubierto con dar en el blanco exclusivamente? ¿Cómo compensar al "animal racional mortal" de que el compromiso con lo mortal  humille desde siempre su dimensión racional?, ¿con una mera disposición racional que confortaría en el agudo trance mortal?, ¿y en el crecer?,  mientras transcurren los días en los que se va gastando la carne, el deseo y la pasión hay que construir una suerte de continuidad que confiera contenido y consistencia a la existencia, edificando instante a instante una vocación que someta los efímeros torbellinos del momento, ¿crecer no significaría descubrir peldaño a peldaño los ecos que reflejan del fondo de la intimidad el diálogo de cada uno con su gesta privada? No, no colmó las ansias de Posidonio el celo que invirtió en devolver al primer plano la rezagada cuestión del conocimiento teórico, ¿y por tal insatisfacción no apeló más que sus correligionarios al dominio de las parcelas empíricas?, ¿qué otro impulso animaría al geógrafo que llevara de niño en sus entrañas a practicar dilatados viajes por el Mediterráneo?; de Egipto marchó a las Columnas de Hércules y estiró su consideración de naturalista hasta el Atlántico para observar el fenómeno de las mareas. Una querencia audaz de ver con franqueza y de expresarlo con rigor arraigó en un temperamento canario al que ni por asomo sació una dedicación por entero a la ciencia; jaleado por circunstancias que pondrían contra las cuerdas a cualquier intérprete, ¿no decidió emprender en América Latina aventuras distintas con la inteligencia? Eligió campo y armas: adoptó como método la vía antropológica de la interioridad que propuso San Agustín; aceptó como objeto la patria de la trascendencia a que invita el obispo de Hipona, ¿recuerdan?, "no andes vagando fuera. Vuelve en ti. La verdad habita en el hombre interior. Y si encontraras mudable la naturaleza trasciéndete a ti mismo"; usó con provecho la afirmación de Quintiliano de que "la razón hace posible el lenguaje, pero sólo el lenguaje plasma y manifiesta la razón"; y por seguir a Decio cuidó las palabras... "cuanto más embelleciera el lenguaje, tanto más se apartaría de las fieras". A medida que el segundo libro abría sus hojas a la luz, triunfaban el saber y la bondad, ¿mejorarían semejantes virtudes con los bienintencionados elogios de sus lectores?, ¿empeorarían con los insensatos vituperios de sus detractores?, no caben altibajos en un discurso incapaz de encajar la mentira; cientos de páginas retienen los fallos más arriesgados a que se atreviera quien nunca ejerció de tirano ni accedió a desempeñar el papel de esclavo de nadie.
     A una inquietud así le entusiasma el proceder medieval de percibir el mundo en línea con los textos capitales, y califica de noble la aspiración a comprender del investigador que emplea su tiempo en tropezar con su yo en meridianos distantes-aquel que no pretenda pasar de coleccionista de curiosidades confiesa una mirada de poco alcance, o quizá unos principios vacilantes, probablemente enfermos ¿Y nuestro vínculo con los mensajes de una realidad cuya clave mora en el letargo de los símbolos?, ni origen ni término, y sí partes de un organismo; testigo fugaz, cambiante e inestable y que cumplida su misión disuelve el estar aquí en la nada anterior a su forma actual ¿conseguirían él o tú  escapar de tamaña rueda infinita?, ¿un cuerpo corruptible sin propensión alguna a frenar sus propios giros en círculos?, ¡cuánto vapor invertido en desentrañar la anchura de la Tierra!, ¿compondrá una buena opción admitir voluntariamente y otorgar asentimiento cooperador al orden cósmico?, ¿un alma azarosa empecinada en preguntar y preguntar por sus hermanas?, ¡qué largo sueño maltratado por no escudriñar en los viejos posos de uno! Reté a los pensamientos en los que el sufrimiento pesa más que la acción en el "aguante y abstente", y también en "puedes ser invencible si no te
lanzas a ningún combate en que no dependa de ti vencer"; aprendí a conjugar la Puerta de los estoicos con el Jardín de los epicúreos, ¿a qué ocultar que prefiero la táctica del fuego?, ¿no convierte en suyos los palos que le caen encima?, ¿las llamas no ganan mayor altura a la par que consumen el último golpe que sintieron sus brasas?; aunque llegué a apostar por la ataraxia, ahondé en el tremendo gozo por compartir: "no es verdadero amigo el que busca en todo la utilidad" -"tendero de favores"- "pero tampoco el que jamás la une a la amistad". Estar al corriente de lo que dicen las personas preocupa al estudioso que espera entender qué forjan: escuché atentamente a las vidas que hablan, mantuve los ojos despiertos y sucedió que la experiencia convino en voz más articulada dentro de este escritor atrincherado ha mucho en sus oídos y que ahora escribe, ¿no opinaba Platón que el desinterés por lo innegable tiende a un inmoralismo que propugna la defensa de la ley del más fuerte?; ¿hoy y en la isla Juana un Séneca español y residente en Roma insistiría en apuntar que "el destino conduce a quien consiente y arrastra a quien no consiente"?, al frágil parecer del individuo lo mueve la inmediatez de una ética de resultados, ¿acaso por perder la felicidad los penitentes del valle de lágrimas redondo dejaron atrás la ilusión de ser felices?; por fortuna, a la historia le viene de perlas la talla de los juzgadores de intenciones. Apenas la imprenta acabó con su tributo a los demás, advertí en las maneras autónomas de su obra un paralelo con la fruta madura que abandona el codo de la rama bendiciendo el suelo que la produjo y agradeciendo al árbol que la crió -me creo totalmente pagado.