Intervención de Octavio Santana Suárez


Me gustaría comenzar mi intervención agradeciéndoles a todos ustedes su presencia aquí, a los amigos de siempre y a los más recientes; a todos aquellos que de una u otra manera me acompañaron en esta aventura. A María Teresa, a Alfonso y a Santiago, con quienes me alegra compartir esta mesa. No quiero dejar pasar la ocasión de dar las gracias también a la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, por su ayuda en la elaboración de las invitaciones. Por último, quiero expresar mi profundo reconocimiento a D. Alejo Pérez Santana -ciudadano teldense y amigo-, que de forma desinteresada ejerció su mecenazgo apoyando este acto desde el primer momento. A todos, gracias. Y dicho esto...
     
     ¿Qué significa marchar y volver a cuestas con lo aprendido? "Sucedió al Suroeste de las Columnas de Hércules" es un libro hinchado con el inconfundible aroma del regreso oportuno al entorno donde la luz hija del sol vino a verle a uno por primera vez. Un impulso franco y honesto llevó al tardío autor que teje a menudo esperanzas con ansias a recoger los efectos más esclarecedores en regiones sobradamente exóticas: en costumbres y en kilómetros. Se preguntarán ¿por qué?, pues porque cuando los ojos han recolectado exclusivamente los reflejos que la Gran Linterna siembra en la proximidad de siempre, difícilmente logran curar la torpe ceguera original, ¿cómo descubrir entonces lo magnífico que la mayoría presume corriente por estar tan a la mano de unos y otros? ¡qué torva paradoja!, declara que lo establecido como lejano coincide con la cara opuesta de una misma moneda de lo concretado como cercano. Tocar con los dedos culturas y modos diferentes despierta del sueño engañoso a los que empiezan por aceptar sus lagunas de ignorancia y hace mella en cualquier entendimiento algo recobrado; los fantásticos panoramas que ora hienden profundamente la Tierra, ora hieren con descaro el Cielo, afectan en extremo a una  piel permeable a los crudos fundamentos de una creación y recreación; producto de un interior abierto al diálogo sin censuras y de un exterior dispuesto a entregar sus íntimos secretos a una mirada adiestrada, surge la bruja magia que despeja casi por completo la adormecida sensibilidad necesaria ante lo extraño y lo propio.
     ¿Qué interés posee todo esto?, a una mente que quiere saber quién es en realidad le atañe comprender sus verdaderas señas de identidad: locales y universales. Creer que Cosmos convocó a Cronos y que juntos resolvieron custodiar en estas islas las siete joyas más preciadas de la Vía Láctea  supone una maldad de la peor ralea, y en el mejor de los casos una ingenuidad ajena al plan general y fuera de la eternidad,  ¡que nadie esgrima lindezas! ¿recuerdan aquella de que los veintiocho grados de latitud limitan por el Norte el Anillo de la Felicidad?, ninguno debe confundir a la opinión pública enfermando la sana intención de los antropólogos. Ustedes y yo en los demás rincones del globo también gozaríamos con unas delicias naturales dignas de los tiempos pretéritos y distintas en el espacio de ahora, ¿no parece raro que frente a una inteligencia saludable semejantes desemejanzas no admitan cuestiones de rango? A pesar de que la ciencia que trata del hombre no satisface el calibre de la física de Galileo y Newton, sí consideró que la unidad del espíritu humano resistía perfectamente el áspero embate de las dudas que blanden los siglos y la petulancia. Llegados a tal tesitura, el artesano de la palabra que les habla vota por traer a colación unos cuantos nombres de la filosofía: así, emplaza a Russell con lo de constituir series únicas; de la pasión inútil de Sartre va al dictum de Protágoras de que representamos la medida, y a la fórmula platoniana de que Dios es la medida; sitúa el Punto Omega de Teilhard de Chardin en una esquina del archipiélago; con Marcelino de Cisneros escudriña en las fronteras de lo inerte -el poder-ser-hecho- y lo animado -el poder-hacer-; acompaña a Henry Bergson en lo de la aspiración del proceso total a la conciencia; con el conde Keyserling probó a contemplar en la materia la expresión divina -quizá con el esfuerzo del lector el salto decisivo que
explique el porqué esencial quede definitivamente asumido. Disculpen que en un descuido de la racionalidad dejara escapar el grito del náufrago, "Tengo la impresión de que en este solar mis antiguos reconocieron el paso prometido a nuestros primeros padres, por donde el alma de cada uno alcanzaría a retornar al alma".
     ¿Qué valor encierra la Vieja Casa de Telde? Fruto de un mutuo acuerdo entre texto y grafía, el joven dibujante esbozó en la portada de la obra literaria la crecida ventana de la umbría galería que da a un patio central emboscado por macetas, plantas y flores, ¿no simboliza de arriba abajo la ventaja reticular de un palco familiar y privado? En la parte superior y a la izquierda acomodó la redondez de una luna llena, ¿no hereda la condición de una lámpara encendida en muchas madrugadas dedicadas primordialmente a la meditación y al estudio?; puesto a salvo del miedo atroz que imponen las distancias demasiado cortas, tras tamaña convicción compuesta de madera y cristal ¿no recapituló el escritor de viajes sobre los paisajes y pasajes que dispensan  a los nacidos aquí el privilegio de ganar por nada la confianza al misterio más insondable de los misterios? Las orgullosas solidificaciones basálticas narran con la grave voz de la piedra primitiva la osadía de una diminuta parcela del planeta que harta ya del mundo submarino tomó por las bravas la agitada superficie de las aguas atlánticas, y levantó alto su cuerpo aún inmaduro por encima de olas africanas en un tremendo despliegue de verticalidad, evidentemente atrevida; los enormes prismas que pinta de blanco juegan el papel de lo zanjado por entero, las franjas que colorea de gris implican a la amalgama de lo que permanece a medio desvelar, y en las zonas a oscuras retiene a los abismales enigmas que yacen todavía en las honduras del esquivo reinado de lo absolutamente desconocido, sometido a estrecha observación, ¿y el resto que el marco no abarca?, resulta que nuestra historia occidental comenzó apenas con el Renacimiento, que lo avanzado por los más avezados no basta, que no conviene importar a tontas y a locas y que la vida de un sólo investigador cuenta muy poco.