Alocución de María Teresa Bertelloni
Catedrática de Filosofía y Literatura Comparada
Universidad de Puerto Rico-Mayagüez


Esta noche, por una de esas leyes oscuras e incomprensibles de la existencia, mi presencia aquí, en esta isla y en esta capital, cierra uno de los círculos más entrañables de mi vida: el del amor por el cultivo del espíritu, por la cultura, por el mar y por la fraternidad con los pueblos de todas las latitudes. Y también refuerza uno de los grandes bienes que nos es dado tener: el de la amistad; y no existe auténtica amistad sin afinidad de sentimientos y visiones, de fantasía y de imaginación, que son los que marcan, inventándolo, nuestro primer espacio vital; ese espacio casi sagrado en el cual nos encontramos primero con nuestro yo secreto, o al menos con el principio de ese yo que seguiremos construyendo a lo largo de toda la existencia que nos es concedida por los dioses que gobiernan imperturbables este universo siempre igual y siempre diferente.
     Fue precisamente una mirada compartida sobre el mundo y su gente que me llevó a conocer el trabajo literario de Octavio Santana, su primer libro de memorias de viajes hacia y por el ancho espacio de los pueblos y de las cosas, porque Octavio Santana, científico de reconocida fama, representa una rara figura en el mundo de hoy, tan vuelto hacia las cosas del tener y del parecer más que del saber y del ser.
     En Octavio Santana se renueva la figura del hombre renacentista en el más amplio sentido de la palabra. No hay en él separación de saberes y la ciencia es siempre para él ciencia del hombre, porque su pensamiento es antropocéntrico. El ser humano con toda su carga de vida y esperanzas es el centro de su interés y de su reflexión como lo demuestran sus colaboraciones periodísticas, pero también el entorno en el cual el ser humano nace, se desarrolla y tiene que morir.
     A diferencia de los existencialistas angustiados que vieron en el heideggeriano estar-en-el-mundo una condena en cuanto hace del hombre un ser para la muerte; lejos de la visión sartriana de que la libertad es una condena en cuanto estamos obligados a decidir a cada instante afirmando o negando el proyecto de vida que estamos viviendo; Octavio Santana se inscribe en la visión clásica de la vida como viaje iniciático, de la vida como camino de iniciación hacia la interioridad y hacia la exterioridad, en un constante ir y venir espiralado en que lo externo ilumina lo interno y lo interno conforma la externo, ampliando el horizonte del ser que poseemos y que compartimos.
     Su visión de intelectual erudito revela la curiosidad y el asombro que son los motores del conocimiento y de la creación y que ya Aristóteles había considerado como el motor de la investigación filosófica.
     Sus viajes hacia los países de América, de África y de Asia van pavimentando el camino de su viaje de iniciación que no es iniciación al misterio sino a la realidad compartida desde las diferentes visiones humanas plasmadas en la cultura, pero es, además, una manera de mirarse en el espejo de las diferentes naturalezas geográficas que constituyen el ámbito en que el ser humano se hace singular y propio. En efecto, el espacio vital geográfico e histórico es común a los pueblos que los comparten, pero el ámbito es la manera que cada uno de nosotros tiene de vivirlos, y por tanto de transformarlos, de unirlos en una unidad dúplice, externa e interna, que conforma ese mundo de la fantasía sin el cual el trabajo de vivir se volvería insoportable.
     Octavio Santana cultivó con total entrega los mundos que, como los de los pueblos indígenas, le parecieron todavía lo suficientemente intactos para conservar algo de la espontaneidad de las primeras culturas, todavía no condicionadas por los modelos de conducta impuestos por el poder de esta civilización de las máquinas que nos ha masificado, desde la música popular hasta el cine y los llamados best sellers, hasta las filosofías orientales y las artes marciales que de esas filosofías se derivan, que nos llegan mal interpretadas y que mal interpretamos y mal digerimos, porque la visión del mundo que es su causa profunda nos es
ajena y sólo vemos en ellas lo superficial. Lo que parece revolucionario es solamente otra forma de uniformidad; lo que se vuelve moda deja, por ello mismo, de ser original. La masificación se impone a pesar nuestro y la única cosa que nos diferencia es el movimiento al que pertenecemos, no nuestra propia singularidad. Mas Octavio Santana no es parte de la masa. Con esfuerzo cultural e imaginación, sus viajes fueron suyos y no mapas o guías turísticas y así el sendero de la iniciación, igual que para los grandes viajeros del siglo XIX, como Chateaubriand o Goethe, fue su propio sendero y, mientras se enriquecía cultural y humanamente, compartiendo simpatéticamente con otros pueblos y otras tradiciones, hizo amistades y conoció a los individuos, sujetos únicos, que tenían su casa en esas tradiciones, en esa forma de ver y de construir el mundo, para bien y para mal, como todos los pueblos, pero suya e irreemplazable.
     Los viajes son siempre, y lo fueron superlativamente para Octavio, una especie de descanso, de pausa, para, alejados de lo cotidiano, cuyas miserias y pequeñeces nos entorpecen el entendimiento y nublan el horizonte, poder volver sobre uno mismo, sobre las necesidades auténticas, sobre el sentido de la propia vida que es la única que estamos obligados a vivir como nuestra muerte será la única que tendremos que morir. Los viajes sirven y deben servir para vivir sin personas interpuestas, esas personas que no son los demás sino, como la palabra originalmente lo indicaba, las máscaras que nos ponemos para interpretar las escenas que algún dramaturgo desconocido, omnipresente y, muchas veces, arbitrario, nos obliga a representar.
     El mundo ajeno le permitió a Octavio Santana encontrar espacios con fisionomías desconocidas pero no extrañas, sino sugestivas de estructuras diversas que conforman de manera diferente los destinos humanos. Poco a poco esas nuevas determinaciones del espacio y del tiempo fueron reestructurando una interioridad que por cercana le debió parecer, si es que alguna vez se lo preguntó, conocida o por lo menos familiar y se vio a sí mismo como el objeto de su propia curiosidad por el mundo y por las cosas e inició un nuevo viaje, sin dejar los anteriores. Este viaje fue, ante todo, un viaje imaginario hacia la interioridad del ser propio y único, ese yo interior que no está escondido en el subconsciente de los psicoanalistas sino que es la raíz, la fuente profunda de nuestra yoidad. Una yoidad que se nos da únicamente como punto de llegada, como meta de un largo andar, sinuoso y lleno de obstáculos, como luz intermitente desde el horizonte huidizo y misterioso.
     Esta reflexión tuvo necesariamente que aclararle, al autor de Sucedió al Suroeste de las columnas de Hércules, que no existe ninguna posibilidad de autorrealización y de autoconocimiento que no se inscriba dentro de las coordenadas espacio-temporales del propio lugar de nacimiento y despertar primero, que son, además, las condiciones de todo saber. En cuanto al tiempo, Octavio estuvo siempre consciente de que no es sólo el tiempo cronológico la coordenada en la cual se desarrolla la vida humana, sino, y sobre todo, el tiempo psicológico que tiene una duración muy distinta, como bien lo aclaró Séneca en su De la brevedad de la vida, o más jocosamente Einstein, cuando le preguntaron que explicara para el gran público su teoría de la relatividad. El gran científico respondió: "Si uno está sentado sobre una estufa caliente un minuto le parece una hora, pero si está sentado al lado de una chica guapa, una hora le parece un minuto". Es ese tiempo psicológico que determina no sólo la duración de una existencia sino también su calidad, una calidad que no puede depender de lo que se posee o de otros bienes o pseudo-valores sociales, ni de los valores pasajeros como la juventud y la belleza, que hoy se estiran hasta el límite máximo, sin darse cuenta de que su esplendor se basa precisamente en su fugacidad y es por ello mismo irrecuperable. A partir de la toma de conciencia del tiempo interior, Octavio Santana comprendió que tenía que reapropiarse, recuperar, con la misma intensidad, deseo y entrega, el espacio suyo propio, de su isla, de sus islas, de sus plazas, de su plaza y de su casa, porque el yo primero, ese que
se asoma a la ventana de la vida sin nada a cuestas, se reconoce en el primer espacio vital de la habitación propia, de la propia casa; de las primeras calles y plazuelas en las que se juega y se vive y se construye el propio yo mientras se construye al mismo tiempo el mundo, exclusivo y único. Por ello en la contraportada hay una pregunta sobre los peligros que acechan al viajero en su tierra; los peligros que se esconden en los pliegues de lo cotidiano, en la claridad del vaso de agua que tomamos al levantarnos, en el sabor del pan que comemos al mediodía, en la luz del crepúsculo sobre el mar familiar.
     Extraño navegante, que se dirige hacia el descubrimiento de lo conocido, Octavio Santana nos ofrece en este libro un diario de viajes en la mejor tradición clásica, donde lo que cuenta como personaje amplio y multiforme es el paisaje mismo que cubre al viajero como una piel siempre nueva y renovada, abrigo vivencial que reconstruye un mundo que no por dado es menos nuevo y sorprendente o, como dice el autor, al comienzo del libro: "¿unos ojos atentos no imprimen además un carácter inédito a los alrededores?" (p.15). Los viajes anteriores fueron la preparación para el regreso, para el reencuentro y el reconocimiento y así lo afirma: "La bola del mundo deviene así un excelente espejo que ayuda a reconocer lugares comunes de estaciones prontas" (p.17); ya que no puede existir una visión total del mundo y del yo sin la reconciliación con lo primero que nos condicionó y formó la mente y la mirada que, más tarde, dirigiremos al todo.
     Mi primera lectura del libro, hecha antes de su publicación, estuvo acompañada por el primer contacto visivo y sentimental con la isla. Descubrí, entonces, una naturaleza abrupta y peligrosamente seductora, que parecía recién salida de la mano creadora y tan lejana de la lujuriosa verdura del paisaje de Puerto Rico al que estoy acostumbrada desde hace tantos años. ¡Y pensar que la forma de hablar es tan parecida, como la hospitalidad y la generosidad de su gente!
     Doblemente viajera, por la tierra y por la escritura, tuve que adentrarme en sus espacios con espíritu libre para poder emprender el mismo viaje de su narrador que, con gran acierto, comienza con afirmar que, en su primer contacto con el norte, en Lanzarote, frente al brazo de mar que los habitantes llaman El Río, sólo le pudo el silencio: "palabra -dice- que no pronuncié palabra -en los palcos al infinito procuro proteger sus escrupulosos silencios" (p.19).
     Sabe el sujeto narrante, en el que coinciden el autor y el personaje, que el silencio es el comienzo del todo; que sin silencio no puede existir la palabra; que la palabra, y sobre todo la palabra poética, traduce el silencio en el cual se establece la comunicación entre lo que es y lo que de él intuimos sea ser o nada; que sin silencio nada se obtiene porque nada se entrega en el ruido incesante del hablar cotidiano que, como Heidegger bien lo calificó, es pura cháchara sin sentido y sin razón. El silencio del creador, incluso el del científico, es el momento de la relación secreta del conocimiento que, más tarde, se traducirá en palabras, colores, formas, sonidos o fórmulas. Que el silencio está siempre cargado de presagios y no todos favorables; que la palabra está rodeada de peligros, bien lo sabe el autor y nos da la medida de su percepción al afirmar, al final del primer viaje: "Mientras permanecí sentado y con las piernas colgadas del abismo, la razón y el corazón acordaron la paz; al alejarme de la privilegiada tribuna reparé en que únicamente los eternos contendientes habían firmado una tregua efímera" (p.21).
     Toda la lucha de la creación es lucha contra el silencio, es el intento de hacerlo callar porque su oquedad nos espanta, porque el silencio es el único y definitivo abismo que algún día se tragará, sin dejar rastros, todo lo que somos, lo que no somos, lo que hemos deseado ser y lo que nunca seremos y, con nosotros, el universo entero estallará en mil pedazos incandescentes para dejar después el ominoso silencio de la nada.
     Una de las características que definen los libros de memorias y los diarios de viaje es
el uso del pronombre personal en la primera persona del singular y Octavio Santana lo usa con la intención clara de expresar sus vivencias estrictamente personales con las que se apropia del paisaje y de las cosas; pero esa primera persona es también, como ya he dicho, un personaje, alguien que nace en el lenguaje de la obra y se hace a través del lenguaje y que conserva con el autor de "carne y hueso" punto de tangencia y de convergencia pero no coincide del todo con él. De hecho es una especie de alter ego en el que se realizan todas las transformaciones que, a veces, en la vida de todos los días, son imposibles, transformaciones dentro y con el paisaje, brillante bajo el sol, triste bajo la lluvia, pensativo y casi extasiado frente al crepúsculo. Mas Octavio es, además, también, un poco o un mucho, su pueblo, el pueblo canario, encrucijada de pueblos pero ya uno por la geografía, la lengua y la visión fundamental del mundo. ¿No es por eso que el autor escribe: "¿para que un pueblo gane la considerable talla que merece precisa de tamaña patria huraña?" al final de una de sus jornadas?
     El viaje lo acerca, más allá del orgullo y de la presunción, a la belleza creada por un hombre que supo entender que la arquitectura es el arte de crear con la naturaleza y en ella. El Manrique inmortal que construyó sin traicionar aquello que se le ofrecía, como si se tratara del comienzo del mundo, cuando todo estaba por hacer. Escuchó Manrique la voz del silencio y la transformó en creación y así lo afirma Octavio al decir: "Me inclino ante alguien que practicó con los secretos eternos" (p.37) y añade: "Todos -pequeños o grandes- logran oír la ronca voz eterna, escasos atinan a escuchar su verbo y sólo los menos aciertan a practicar con sus expresiones" (p.37).
     El escritor siente que la creación es el lugar de encuentro de aquellos que escuchan la "voz sagrada" y sabe que para los creadores la muerte es sólo un cambio de morada y así dialoga con él: "César, cuéntanos, ¿en qué otras maravillas trabajas ahora en la otra orilla?" (p.43) porque la armonía entre "la habitación y el paisaje", que es lo mismo que decir entre una piel y otra, que logró Manrique no puede perderse y aunque la "otra orilla" sea solamente su memoria, el recuerdo y su obra, la creación se renovará perpetuamente.
     El lenguaje del libro es tan denso como el lenguaje de la memoria; nos agarra, seduce, orienta y desorienta, se transforma ante nuestros ojos en una serpiente alada que a la vez se arrastra y vuela según el peso del deseo y del desengaño, del amor y del dolor, del reencuentro y de la despedida, porque no falta en la obra la presencia de un tú polimorfo que es también un tú femenino, aquél en el cual se concentra el impulso erótico, a la vez sexual y espiritual, como en la visión platónica de la manía erótica, ese impulso hacia el conocimiento absoluto que es también impulso de inmortalidad, porque la vía erótica  no es el camino simple de la satisfacción sexual, es una compleja relación de satisfacción física, anímica e intelectual, que se abre frente al ser humano como un camino de conocimiento, y sobre todo de autoconocimiento.
     Octavio Santana recorre así las islas como recorre el camino que Eros le señala como impulso vital y cognoscitivo y su verdad y esencia se le entrega con la misma textura suave y áspera a la vez de las piedras lisas bañadas eternamente por el mar.