Discurso de Alfonso O'Shanahan Roca.
Escritor y periodista;
subdirector del periódico "Diario de Las Palmas"



"Sucedió al Suroeste de las Columnas de Hércules"..., ¿qué cosa sucedió al suroeste de las Columnas de Hércules?, o mejor, ¿qué cosas sucedieron? Pero antes, preguntémonos qué cosa son las Columnas de Hércules, ¿dónde están?, ¿quién las habita? Y antes, mucho antes que todo eso, ¿por qué las Columnas de Hércules? Reparemos en esto: un escritor de fines del siglo XX de la era cristiana nos propone un espacio clásico, unas coordenadas griegas, las del mito de Atlante, el espacio de Platón. Este tal autor es un geómetra del siglo XX, un alguien de la escuela de Píndaro que elucubra en el espacio de las islas que bordean el "mare tenebrum", sólo que ese texto tiene la factura de un tiempo distinto al de aquellos Euclides, que construían sus disertaciones sobre la base de principios algebraicos, peripatéticos a la tarde de un largo anochecer, como escribo en un texto inédito de mi numen -con perdón- dedicado a otro científico, un pedagogo catalán con alma de poeta, Juan Roura Parella, que nos regaló parte de su tiempo vital estando en la isla. Porque ha de saberse que si es verdad que el mundo lo mueven los poetas, la lira de éstos es la que inspira la historia de los acontecimientos científicos. Digo acontecimiento y no descubrimiento porque, si bien se mira, en el acontecer de los saberes no teológicos, es su paciente construcción, acompañada de la magia de la fortuna en ocasiones, la que depara el advenimiento de las nuevas proposiciones...
     De manera que yo creo que proponernos ahondar en la filosofía de estas Columnas de Hércules, desconsiderando los espacios que desde Roma aquí han operado en este lugar, es una audacia propia del poeta grecolatino, un gesto rebelde. Sí, las Columnas de Hércules, habitadas por nosotros, no importa ahora si ocupadas, si desplazadas, si devastadas por la civilización a cuyos lomos se cabalga y por cuyos principios se combate. El poeta aparece en esa estampa protohistórica cual si la soledad le brindara su contemplación, como un regalo de otros que se usurpa por unos instantes para su exclusivo placer. Pues sólo una mente lógica, griega, geométrica y por consiguiente sensible a toda medida y a su cuantificación, está capacitada para distribuir ese espacio, determinar sus lugares de escenificación siempre con el drama humano a cuestas, representarlos en la vetusta cartografía, cual si de un artífice cosmógrafo se tratara, dejar allí la huella de su paso.
     Cuadros filosóficos poetizados podríamos llamar a las piezas que componen el conjunto de textos que aparecen en "Sucedió al Suroeste de las Columnas de Hércules". El argonauta Octavio Santana Suárez ha abandonado el espacio donde el lenguaje genérico de las pulsiones electrónicas se espacía y distribuye (sí-no, blanco-negro, punto-raya construyen el dédalo binario que siempre acaba por resolver el laberinto) y pasa a habitar los lugares que el mito platónico dejó enhiestos. Las islas de la Gran Canaria que llamó el divino Cairasco, el piélago que se extiende y diversifica, sus mares oceánicas batiéndose en todos los albores, todo eso compone el pandemonium donde el vate no dará pábulo a ninguna coartada: ahí está, insoslayable, la cuarta dimensión temporal de nuestro espacio ritual, ahí, como un laboratorio abierto a cualquier mente lógico-poética. No es milagro de ningún género, sino expresión de una posibilidad que toda criatura alberga. Y en este libro se sustancian. Y Octavio Santana Suárez nos las desvela.
     Ahora que lo conocemos mejor con esta segunda entrega literaria podemos decir que Octavio Santana Suárez se adentró en el telar de la literatura escapando de las trampas de la ciencia, y lo ha hecho con el mismo empeño con que empezó en su día el camino de la cátedra. El hijo de la farmacéutica de Telde y del práctico de las Fórmulas Magistrales acaso haya sido uno de los primeros canarios que se adentró en los secretos de la computación: iba para químico pero había como una predestinación hacia la sofística, si se me permite establecer esta categoría del conocimiento a medias entre la certidumbre de los principios físico-matemáticos y lo invertebrado de la literatura. ¡El secreto de las palabras, más
insondable todavía que el infinito matemático convencional! Ya lo conocía aquel niño teldense desde que miraba el cielo por el rectángulo de una ventana y el marco de un tragaluz en la tierra de nadie entre San Juan y Los Llanos, disciplinado y metódico, sí, pero también solitario y observante. La soledad es el ámbito de ciertos vicios, pero también el atajo para muchas virtudes, y a la postre se convierte en el único camino de la construcción de los infinitos textuales, lo que antes se llamaba la perfección...
     Contrariamente a muchos, a mí me ha sido imposible disociar al escritor del individuo, pues éste contiene a aquél. De acuerdo, habré sido injusto, quizá me haya perdido algunos episodios constantes, pero no dudo haberme ahorrado también muchas vaciedades, cuando no zafiedades e impropiedades. El problema está en que tarda más en conocerse a la persona que al escritor, cuyo mensaje nos llega cifrado, casi encriptado, y en el caso de Octavio Santana dijérase que su trayectoria obedece a un plan preconcebido: primero nos ha entregado el fruto de sus impresiones y reflexiones a la luz de otros espacios geográficos, aquel "Viajes hacia fuera y por adentro"; en segundo lugar este "Sucedió al Suroeste de las Columnas de Hércules" que hoy presentamos y para una próxima entrega quizá quepa esperar, siguiendo tal lógica, sus puros y enteléquicos paisajes mentales..., y es por eso que me he permitido decirle que le espera la poesía como campo de Criptana para sus circunloquios.
     Me seguirá teniendo como amigo, como lector perplejo y hasta atónito, como acompañante en su aventura...