Alocución de Carlos Miguel Suárez Radillo
en el acto de presentación del libro
"Viajes hacia afuera y por adentro"
Escritor cubano



Lo primero que quiero decir a Octavio Santana Suárez es que no pierdo la esperanza de que, a través de complicados vericuetos por el norte de España, logremos descubrir que nos hace parientes, aunque lejanos, la coincidencia de su segundo apellido y el primero mío: ese Suárez tan ilustre que llegó a presidir la ilusión transicional de nuestro país a la democracia.
     Lo segundo es mi confesión de que su hermoso libro me fue prestado tan tan recientemente por nuestro inefable Miguel Ángel Miguel López, director de la no menos hermosa librería Tierra de Fuego, que no he podido leerlo con un detenimiento ni siquiera lejano al que merece.
     Lo tercero, es que tengo que agradecerle que ese libro no sea en absoluto una de esas comunes guías de viajes, llenas de antipoéticos datos concretos -tantos kilómetros y medio desde aquí hasta allá y cuánto cuesta, en pesetas o divisas, recorrerlos-, esas guías que algunos compran con avidez para ahorrarse -y naturalmente perderse- lo mejor que puede tener un viaje que es, precisamente, NO ahorrarse ni perderse la emoción del conocimiento de los seres humanos que habitan un país, una ciudad e incluso un villorrio que no sean simplemente puntos de partida y de llegada sino razón, hermosa razón, de descubrir a esos seres humanos en su ámbito geográfico, histórico, social y económico.
     Pues bien, amigos, Octavio Santana Suárez -que ojalá me resulte finalmente primo, aunque lejano-, hace evidente en su libro que él sabe viajar con los ojos, los oídos y el corazón abiertos lo suficiente para lograr esos objetivos. Y algo más: que después de haberlo hecho sabe compartir su viajar con sus lectores: a los que estoy seguro de que ama tan profundamente como a aquéllos que encontró y conoció en cada lugar.
     Quizá unos breves ejemplos consigan ilustrar lo que he afirmado, como el humor y la ternura con que describe a sus compañeros en el tren que lo llevaba, en la India, de Jalgaon a Ajanta: "... en el estricto compartimento, unos pasajeros se sientan frente a nosotros sobre una litera -de día se transforma en banco- con las piernas dobladas hacia adelante a la manera india -es que son indios-, almuerzan lo parvo cuando se encorva el mediodía sin más utensilios que sus manos. ... tragan y contemplan erguidos el paisaje exultante que escolta el trayecto. La poesía, acostumbrada a enviar con su ensueño las carencias, ¿es capaz de saciar la abundante hambruna. ..."
     Por razones de afinidad geográfica -yo nací en Cuba, una isla absolutamente americana, y él en Gran Canaria, otra isla quizá tan americana como la mía-, los capítulos de su libro que con algo más de detenimiento he podido ojear son los que describen su recorrido por varios países de nuestra América, la que siente, sueña y habla en español o en su dulce hermano portugués.
     ¡Qué hermosos son, también, los casi títulos que dan inicio a esos capítulos: "El tren que usa combustible de madera tiene parada en Ipacaraí", el hermoso lago paraguayo cuyo nombre califica como "cancionero". Más adelante: "En las hermosas ruinas de Trinidad, admiré la obra de unos hombres ebrios de Dios". ¿Podría alguien definir con mayor certeza a los heroicos misioneros que sembraron el Evangelio en esa América nuestra? Yo creo que no, pero sigamos con esos títulos o inicios de sus capítulos: "Del otro lado de las cataratas, San Ignacio Miní", donde nos habla de los jesuitas Ruiz Montoya  y Rocco González "que conquistaron el corazón de los guaraníes con la música y el canto".
     Fijaos bien, amigos: no con las armas, sino con la música y el canto. Y en la ciudad argentina de Posadas, capital de la provincia a la que las misiones dieron nombre, nos habla con ternura de Sor Ángela, "una monja que ríe y habla sin atajarse". Muchas muestras más podría citar de la acertada belleza de sus imágenes, pero he de limitarme a un par de ellas para no quitarle tiempo a mi buen amigo Tomás Paredes, el brillante crítico que me honra compartiendo esta presentación: "Al extremo del mundo la líquida tranquilidad del Lago Argentino: azules atrapados en témpanos rotos más arriba". O esta otra: "La Plaza de Armas fue el centro del Cuzco... y Cuzco fue el ombligo del mundo", de la cual añade felizmente: "Las piedras talladas de sus muros se acoplan justas sin resquicios ni hendiduras, engarzadas igual que los razonamientos escolásticos."
     Al hablarnos de Manaos, la sitúa junto a "un magnífico río negro y ácido que lame aún tu historia de derrumbe cauchero" y describe su gran Teatro Amazonas con admirable acierto: "Es el contraste enérgico y brutal entre el lujo dorado que trae de lejos los más sobresalientes tocadores y cantores y la miseria de los indios, mestizos y caboclos que malviven en las fronteras de los ríos soportando condiciones de subalimentación inaguantables. En ese mausoleo de la música y de la voz es chocante el despilfarro de los adinerados dementes que más tarde se empobrecieron, juntaron el mármol de Carrara en las columnas, amontonaron los forjados británicos en las barandas de las escaleras y colgaron de los techos unos hermosos vidrios de Murano repletos de bombillas incandescentes."
     Y poco después, en aquel mismo río, la ternura sustituye a la ironía cuando relata: "El barco remonta con parsimonia el Río Negro; alguien nos aguarda en una isla -Sabá, fruto de cabocla y de padre indio- que hace mucho apartó de sí la precipitación y, casi a la vez, la mujer que compartía sus sueños lo abandonó." Y en este breve relato lo conmovedor es que no habla de la pobreza y del trabajo de su nuevo amigo sino de sus sueños: porque, para él, Sabá es también capaz de soñar.
     En el Ecuador nos dice, o más bien capta para decírnoslo: "La identidad de las mujeres otavaleñas se filtra a través de las brillantes hebras que bordan sus diáfanas camisas... Y su ornamento se reúne en sus deliciosos aretes de plata y en la espléndida extravagancia de decenas de collares."
     Otros personajes sencillos desfilan en el libro El viaje hacia afuera y por adentro, de Octavio Santana Suárez, que ejemplificaré en el siguiente, que él nos presenta así: "A Luis Julián Cotacachi
Lema nos lo topamos por casualidad en Peguche, al otro lado de la carretera panamericana. Demandó nuestra atención para averiguar si deseábamos visitar la cascada que alivia el Lago de San Pablo. Nos ofreció su sonrisa abierta y nosotros le ofrecimos nuestra confianza. ¿Cómo olvidar a este hombre simple, de cuya nobleza nos percatamos de inmediato?"
     No he podido seguir más allá al autor en sus andanzas por los países sudamericanos, pero puedo aseguraros que a lo largo de ellos continuó penetrando, con el amor indispensable para la comprensión, en la personalidad, las creencias, las costumbres, los dolores y los sueños de sus gentes. Y captando, para describirlos inspiradamente, las ciudades y los paisajes en que habitan. Sin embargo, dando un salto sobre ellos, llegué con él a La Habana, mi ciudad natal, a la que dedica un piropo encantador que le agradezco: "Tanto gustó en Europa el tabaco cultivado en La Habana por los propios aborígenes... que su nombre ya fue el de habanos."
     A todos vosotros, amigos que nos acompañáis esta noche en "Tierra de Fuego", os sugiero con entusiasmo que leáis este hermoso libro de Octavio Santana Suárez; y a ti, mi recién descubierto posible primo, te ruego que aceptes el testimonio de mi admiración por él.