Alocución de Carmen Gómez Ojea
en el acto de presentación del libro
"Viajes hacia afuera y por adentro"
Premio Nadal



Actos como el que ahora concelebramos tienen lugar a cada repiquete aquí y acullá, simultáneamente. La mayoría de los que asisten a ellos suele acudir por motivos bastardos, interesados y asaz innobles, o en ocasiones tan frívolos como pintorescos, ya que, por desdicha, la sinceridad, la indenpendencia y la verdad son monedas, igual de brillantes que ausentes en los vasos comunicantes por donde circula el tráfico y tráfago de las relaciones y sentimientos humanos.
     No obstante, quiero, me empeño y me empecino en pensar y creer que cuantos nos congratulamos con el alumbramiento de esta obra, tenemos, quizás, al menos, una ligazón, como es poder mirarnos al espejo sin asco y sin enamorarnos de nuestra cara, o que alguna vez quisimos echar a correr, desesperados, calle abajo, una noche de invierno, lejos del calor de nuestro cuarto, caliente y confortable, y que, a pesar de llevar pegado al trasero un sillón, somos nómadas o viajeros inmóviles a través de la lectura.
     Por eso, por sentir con pasión y viveza lo que acabo de decir, creo que muchos de los presentes pensáis como yo que todo nacimiento, también el de un libro, debería de ser un motivo de plácemes y jolgorio. Lamentablemente, esto sólo sucede en muy escasas ocasiones, porque la necesidad, la carencia, la miseria, la muerte sórdida, despojada de los viejos gozos paganos y orientales que la liberan de oscuridad y lutos, presiden la existencia de la inmensa mayoría de la humanidad alienada o doliente. Sin embargo, acaso sin dejarme arrebatar por un exceso de atolondramiento ni pecar tan siquiera venialmente de euforia e infantil optimismo, en este instante preciso, en esta hora vesperal y jupiterina también, por estar este día de la semana que fenece, dedicado a honrar al padre de los dioses y robador de vírgenes humanas y divinales, cuando Europa era una ninfa, y no sólo la tierra de hoy atormentada y mojada por el disgusto, las guerras, la tortura, las lágrimas, la sangre, el racismo, y todo el horror de los horrores, en este momento exacto, en que los aquí reunidos nos hallamos dispuestos ya a celebrar la confirmación triunfante de esta corona de relatos, insisto de nuevo, con terquedad, machaconería y atrevimiento, en suponer que a la gente de la comunidad que formamos, bajo este techo, nos congratula, conmueve y conforta esta criatura alumbrada por Octavio Santana, titulada muy certeramente Viajes hacia afuera y por adentro, salida de sus manos, cerebro, furor, ternura y memoria y, sobre todo, brotada de su amor evidente por las palabras, surgida de la pasión por dar nombre a los temblores del corazón en las llegadas y las despedidas, en los encuentros y los adioses, en el ir y venir incesante, como las mareas y las fases de la luna, y, en definitiva, en todo lo que conforma la existencia, cuando ésta no se reduce a un pudrirse amiseriado, un marchitarse ceniciento, un estar paralítico, tristón y vegetativo, sino que es en verdad vida.
     Viajes hacia afuera y por adentro resulta, para cualquier lector, un escrito anormal, una escritura tan gratamente extemporánea como intempestiva, pues se trata de un libro peculiar en estos tiempos que corren, en que abundan los plúmbeos plumíferos haciendo sin parar deposiciones superfluas sobre hechos que juzgan trascendentales y no son, apenas expresados, más que breve verdura de las eras.
     Sus páginas parecen arrancadas del dietario de un viajero de hace un milenio -me refiero a las de Octavio, y no las de esas emplumados pelmazos o viceversa a los que acabo de aludir con inequívoco retintín de asco-; y semejan a las rellenadas en su cuaderno de notas por un andariego entre dieciochesco ilustrado y crepitante romántico, lleno de asombro resurrecto y renovado, de curiosidad de continuo renacida por cuanto le va entrando, con suavidad de bebedizo o violencia de relámpago a través de los cinco sentidos y debido así mismo a las transformaciones que le provoca esa comunicación con lo desconocido.
     Es, pues, esta obra una extravagancia venturosa, algo inesperado, felizmente insólito en esta época de yerros, hierros y amarguras, cuando en apariencia han caído todos los velos, han sido saqueadas todas las tumbas, ya no quedan jeroglíficos que descifrar ni Troyas por descubrir y no hay viajeros genuinos, sino bultos humanos que, con sus maletas, se desplazan de aquí para allá, en un vaivén enfermizo y mareante, sudorosos y agitados, pendientes de las terribles señales de los relojes, ajenos por completo a colores, latidos, música, aromas, sabores, gestos y miradas.
     Viajes hacia afuera y por adentro es, además de lo dicho y de otras innumerables cosas indescriptibles e inefables, una profesión de fe por parte del escritor en la capacidad de algunos humanos, tercos y empecinados como él mismo, de buscar y rebuscar en todas direcciones, tratando de experimentar renacimientos sucesivos con nuevos vientos sobre el rostro y suelos diferentes bajo la planta del pie descalzo o la sandalia de peregrino, con el afán de ser más queridos y mejores amantes, aun sabiendo que incluso el más aventurero, el nómada más arriesgado no hace, a la postre, más que jugar a la gallina ciega, dando vueltas en el patio de su cárcel íntima, y que, como el héroe de la Eneida, lleva siempre a cuestas la carga de los viejos ídolos, los recuerdos dolorosos del incendio que vieron sus ojos, la nostalgia del pretérito y la maldición de sus cadenas.
     Por otro lado, y ya como colofón, sólo me queda felicitar a las gentes de la Editorial Benchomo y al Diario de Las Palmas por haber hecho el trabajo fructuoso de excelentes comadrones y parteras, para sacar a la luz del día esta hermosa criatura o mejor creatura, viéndome además inexcusablemente obligada a subrayar que lo más encomiable de este libro de carácter misceláneo, formado por ochenta y nueve jornadas, que, lo mismo que ocurre con los romances, forman un robusto cuerpo, manteniendo a la vez su soltería e independencia, radica en el maridaje armónico y sabio entre la prosa recia, propia de los historiadores de Indias, y las luces barrocas de su poesía, así como en la pericia del narrador para intercalar, con todo acierto, relatos de amor y de tragedias, hasta que, al final, como en todos los cuentos y novelas ejemplares, tras acabar la lectura y poner término a este variado periplo, al lector le sucede el mismo prodigio que, por fuerza, debió ocurrirle a Octavio Santana Suárez, al escribir la última palabra de estas páginas: se experimenta la sensasión de ascender del centro infernal de la tierra y de caer de lo alto de la bóveda de los cielos y, lo que es más importante, cada cual tiene la sospecha de haberse aproximado a ciertas zonas del interior de las entretelas misteriosas de sí mismos, que algunos llaman alma.
     Les doy las gracias por haberme escuchado, a la par que les deseo a todas y a todos que terminen la cuaresma sin exceso de cilicios, ayunos y penumbras, que disfruten de una Pascua de verdad hermosa y florida y que apuren hasta la heces los frutos y misterios gozosos de esta Primavera.