Revueltas y libertad



¡Cómo justificas el estado de urgencia, la censura, las detenciones, depuraciones, elecciones falseadas y el apremio administrativo! ¿Qué digo?, ¿qué jerarca respeta la legitimidad hasta el punto de no discurrir en alguna ocasión que el bien público es el código por excelencia?, el razonamiento sobre el que se basa la propuesta es aparentemente lógico y, en rigor, se resuelve en un sofisma. A pesar de ello, las barreras que levantan los privilegios sólo logran frenar la trasformación arrolladora. Mírese como se mire, en este mundo dependemos de terceros, ¿no es del conocimiento que mana de la necesidad por la mutua colaboración, con los deberes que impone, el lugar de donde surge la paz? Aquellos a los que la corriente de la historia arrastra hacia soluciones que solventen las causas seminales de sus aflicciones son sospechosos de percibir el empuje que realmente poseen, y se recela de sus aspiraciones, ¿intentarán acaso resolver, sucesivamente y de manera enérgica, los interrogantes de los cambios que trastornan el orden establecido?, ¿y además con las aptitudes complementarias de rapidez y solidez?
     Lanzas la flecha de la duda directa a la esencia de la validez del rumbo que marcan quienes dirigen, y consecuentemente deviene de ordinario la sublevación. El profundo abismo que separa a unos pocos del resto de los hombres es motivo sobrado de permanente inestabilidad. El anuncio de la rebelión genera un enorme júbilo y sus primeros éxitos reconcilian a los arrebatos con sus delirios; más tarde, con la embriaguez del triunfo, brotan: la inferioridad moral, el escepticismo, la inclinación al placer y la intemperancia que acaban por arruinar el ideal. De cualquier forma, las situaciones turbulentas componen un pretexto magistral con que aplazar las reformas y perseguir a los cabecillas, embotan las revueltas y paran sus golpes; invitas a tus aliados a esta cacería -la ayuda te vendrá en caso de que proporciones una esperanza de victoria. Subvencionas en los seguidores de tus contrarios las preferencias por la libertad, ¿persigues otra cosa que debilitarlos?, las conciencias individuales se unen y se exaltan en el grupo. Juzgas deseables los pactos con el clero en cuanto que aboga por una sociedad estratificada; trabajan por la invencibilidad de los que gobiernan: confunden, distraen y desmoralizan a los alborotadores -su osadía radica en que a través de su experiencia se percaten de lo inútil de sus descontentos, antes de que se estime inexcusable reducirlos con dureza.
     Contienes el avance creador y atrevido echando mano de la exclusión y de la segregación y te sostienes, manejando con destreza la represión flexible y las promesas certeras, perpetuando con incuria las rivalidades y la desorganización que tú y únicamente tú orquestas ¡Desconciertas, bribón, al mostrarte plañidero!, ¿son lágrimas de frustración o de habilidad?, luego de enjugarlas, y fingidamente condescendiente, apenas tomas posesión, tu carácter compasivo se torna reticente y diplomático -vuelves a tus andadas de vocación cruel. Tu ferocidad engendra odios inextinguibles; opones la fuerza a la fuerza, ¿tu objetivo?, preservar la insumisión -te conviene que el dominado persevere en la violencia y la astucia, se te asemeja y lo entiendes. Disciernes y aprovechas los elementos locales utilizables y neutralizas a los no utilizables para posteriormente destruirlos. Con tus propios puños sacrificas a tus subordinados, y al serte difícil animar voluntarios por los métodos tradicionales de persuasión e intimidación, dispones de medios coactivos irresistibles que no tardan en quebrantar físicamente a los indecisos y fundirlos en una sujeción exhaustiva. Aprendiste la lección de carretilla: "El poder inspira su verdadera magnificencia al adquirirse no por imperativo hereditario, sino por vía efectiva" ¡Conquístalo, ocúpalo y ejércelo!, parece constituir la clave. No obstante, apelas, en los momentos aciagos, a un iluminado de rostro amable y conducta intachable ¡Gandhi!, ¿te dolió mucho el crimen con que los invasores se cebaron en tus ansias de emancipación en la negociación de su marcha?, habituaste los dedos a tañer el alma y girar la rueca -aguardaste paciente a la mitad de agosto ¿Sabías, Mahatma, que los mercaderes indios encubrían con tu leve figura y formidable fama sus pesados intereses?, apoyaron tus ímpetus de independencia porque no querían la competencia de los comerciantes ingleses -seguro que no te pasó inadvertido.
     ¡Tú, Mandamás del demonio!, defiendes firmemente que el sistema con que esclavizas es bueno: castigas con ahínco y, sutilmente, corriges, sin humillación, incluso con clemencia. La supremacía -ganas de poseer lo que se rehúsa a los demás- se conjetura asegurada cuando se socorre del atropello; el abuso lo desempeñan los prepotentes exigiendo acatamiento a los que subyugaron brutalmente a raíz de sus desgraciadas resistencias -por ahora acechan su turno disminuidos-; y es que vencer al enemigo y mantenerse a sus expensas equivale a derrotarlo doblemente ¿Y si la complicada insurgencia no amaina?, se traslada entonces a sus protagonistas a los confines más lejanos. Se precisa una alteración brusca y decisiva, pero la masa desengañada -instruida por su práctica diaria que la ha extenuado en el padecer de las inclemencias de su imposible existencia-, se entusiasma cada vez menos por las doctrinas que lleven en germen la revolución, ¡son demasiado vulnerables en la agitación!, en los períodos de recuperación son más vigorosos -¡lástima que no se entretengan tanto con sus angustias colectivas de progreso y bienestar!-; continúan exasperados con el asiduo huésped que es la penuria por el ya largo asedio a que los tienen atados. Tus exorbitantes poderes consiguen amortiguar las sacudidas de las inquietudes provocadas por el exceso de los sufrimientos; aunque su ritmo se acelera al abandonar una minoría mayoritaria la actitud de resignación en busca de una vida mejor -anhela convertirse en un impulso que se encarne en la nueva cúpula.