La esencia del poder y el ser esencial



"Enriqueced a los soldados y podéis burlaros de los demás" -aconsejaba Septimio Severo a sus hijos. La sentencia confirma que el genuino secreto del poder reside en la habilidad de construir en torno al Mandamás un sistema coherente, formado por la reunión -en apretados haces- de las mayores fidelidades -en cantidad y en grado de compromiso- que le aseguren la afección devota. Resulta áspero y a la vez cierto, el monstruo que devora vanidades se nutre merced a los tipos que sienten constantemente la necesidad de resolver sus ansiedades: los que se pasan el tiempo cepillando el asno rojo -símbolo de sus desenfrenos ¿No mueve a la hez servil un rabioso afán de ganar fortuna?, se la nota llevar a cabo las gestiones más ambiguas, traficar con lo que alcance -incluidos sus cuerpos y los de cualquiera. Por tanto, no extrañe entonces que la funesta alianza germine y se robustezca mediante regalos o préstamos, guiando los vicios, propiciando el envilecimiento, instando al pillaje: proporcionando en suma un objetivo a los entusiasmos y a las cóleras de la sustancia humana
que alienta al acuerdo aciago según los provechos más mezquinos; la empresa miserable jamás olvida en sus alforjas el dinero y las baratijas, ¿gracias a ese equipaje los continentes no franquearon sus misterios más recónditos? Dicen que a tal basura le agradaría lavarse la cara, y le encantaría además llamar deber de obediencia a un modo de actuar que no se diferencia del sucio interés, y... ¡sorpresa!, ¿no reconocí, aunque disfrazada, a su inmundicia respirar con delicia en el hedor de los pudrideros? Siempre complaciente y útil, el prisionero de sus anhelos descifra pronto las insinuaciones más sutiles, y se adelanta a las furias o alegrías llegadas de lo alto -de un lado, la debilidad del esclavo y por el costal opuesto, la energía de su señor condicionan a la asquerosa premura. Juzgo inabordable el discernir la parte exacta atribuible a la adulación y la correspondiente a la intimidación; se trata de un fango de lisonja apologética sobre un fondo de verdad, y de un temor en el que acaba flotando un trozo de simpatía bajo una capa de limo. Este vínculo despreciable degrada moralmente a grandes y pequeños y, físicamente, los avería.
     Subrepticiamente se entreabre una brecha estrecha; por allí se introducen los distinguidos ¿En qué número?, son limitadas las sillas e insuficientes las viandas arregladas en la mesa ¡Despiadada selección!, pero si la disciplina se relaja y la porción de privilegiados se acrecienta, posiblemente nadie almorzará ¿Rufianes?, ¡comensal, triste meta de aspirante!, ¡fútil premio de elegido!, ¿qué importan los epítetos? "En nuestro mundo abundan los truhanes", leí en el rostro de un montón de gente, y sus facciones torcidas me revelaron que no basta con saber reflexionar, comprender y hallar soluciones, sino que se precisa sagacidad para discutir, la previsión para calcular, la mentira para vender y el desdén para comprar; ¿y a esa porquería la califican de capacidad práctica?, ¡sórdido eufemismo!, ¿constituirá acaso un honor alimentarse de las migajas?, ¿el más humilde de los sentados representa de veras la autoridad frente a los más inteligentes de pie y sin pan? Es el Mandamás quien fomenta la desconfianza y el encono hacia los foráneos -¿no son los causantes del mal que padecen?-; desde la atalaya donde domina, anima a los suyos también con la discordia -¡demonio!, suscitas la competencia y la división. El disconforme se plantea el dilema: fuera del genos, impotente, abandonado al igual que las cosechas a la descomposición y el material al orín; o dentro, caduco, entregado a los calabozos de la uniformidad insípida, se esfuma su imán al estilo de la atracción por los contrastes. La opción no concede espacio a la indecisión: o bien sufrir por privarse de las ventajas de una solidaridad que, a pesar de enferma, produce una seguridad consoladora, o, quizá peor: protestar de la hipocresía de tez rosada que manejando las mutuas dependencias quebranta rápidamente su gusto por la independencia. Los díscolos que resisten la dicotomía entre lo auténtico y lo sugerido se quejan del agudo dolor de cabeza característico de los perjudicados ¡Dios mío, a que agobiantes persecuciones los someten! -ofician de errantes por las regiones más apartadas de la mente ¿Y los que aceptan los efectos de la doma?, a partir del trágico momento, gozan de los favores y se aproximan a sus fuentes -el chirriante portalón despeja la entrada a los subterráneos del disimulo-; ¡qué sombrío aspecto el del pensamiento partido en su mitad!, indefectiblemente, acarrea la agonía de la identidad -antesala de la locura-; ¡lástima del impulso creador de su diversidad anárquica a que se renuncia en la rendición! Hablo hace rato de una herrumbrosa maquinaria que agota la mínima manifestación de libertad individual, aletarga los ideales y derrota al arte -sus engranajes infernales funcionan aplicando fórmulas implacables. Innegablemente, las obras de inconfundible calidad las ejecutaron aquellos que pelearon por sus criterios.
     El Mandamás juega con el patronato y designa los cargos; al escoger los candidatos considera más la viabilidad de sus futuros beneficios que las valías personales -triunfa el espabilado en lugar del letrado- ¿no recluta a menudo echando mano de sus criados o parientes? -secreción indeseable ¿Elige al más digno en alguna ocasión?, lo pacta con el fin de defraudar menos a los quintos que a los jefes, y como ante los subordinados el prestigio del seleccionado es un elemento de indisciplina permanente, procede de dos maneras: o las licencias que obligan restan estabilidad y consistencia al elevado, o le provoca una honda repulsión por sus tácticas; ¿no entiende el astuto, apoyado en su trono, que sólo lo abatirán con sus mañas enrevesadas?, entretanto, las técnicas del adversario quedan lejos de la excrecencia que descubre. En todo caso, es peligroso despojar al mejorado de sus posibilidades -se sala con ello la infección de la rebeldía-, conviene invitarlo a la colaboración ¡Cuánto detesta el amo absoluto de la voluntad general su dificultad por ignorarlo!, lo soportará a regañadientes -finge ceder- ¿no dispone enseguida el desquite?, lo destituye montado en el primer pretexto -probablemente después de coronado el escollo con éxito-; ¿cómo?, alega una u otra razón -¡ummm... nada original probó!, la misma evidencia del desenlace lo demuestra- o simplemente calla -silencio en el mar de los silencios-; ¿y sus propósitos?: mantener sus prerrogativas, imponer su valido y ejercer su despotismo -¿te fue penoso, Pitt?, una ciudad se viste con tu nombre. Por desgracia, el principio definitivo que detenta la fuerza de corromper, de precipitar las conductas al nivel de los brutos -los vi enorgullecerse de sus torpezas despreocupados de sus fealdades- es poco trascendente, y no consigue infundir ímpetus nuevos y regenerar. El reino se convierte en una especie de explotación doméstica que lucra únicamente a su dueño; no obstante, el gerifalte adeuda al devenir su reputación, porque el temperamento de los hombres a los que otorga su confianza rubrica su sello -los cimientos se cavan hoy y el edificio se erigirá mañana.