Equilibrio y Ciclos



Cuando producimos por una acción un determinado desarreglo en las facultades de la proporción que mantiene la simetría de las cosas, la vida y el espíritu, la mesura tiende -y lo consigue- a restablecer su concierto por medio de una reacción cuya métrica es distinta a la infringida y cuentan que su melodía arranca del fondo de las eras. El vigor, dirección, extensión y sentido del eco son desconocidos por nuestra inteligencia tan atada a su entorno y atrapada en su época. La integridad del sistema no alcanzamos a violarla jamás; el fundamento debe residir en el hecho de que los agentes, exteriores e interiores, que intervienen en la perturbación, se enmarcan en los límites impuestos por unas leyes que los abarcan y sólo los controlamos parcialmente. El equilibrium es dable imaginarlo organizado al modo de una tupida red de urgencias y sus complementarias dependencias carentes de posicionamiento jerárquico alguno; la más leve maniobra en uno de sus nudos atañe sutilmente al resto del entramado. La respuesta resulta la mayoría de las veces sorprendente: de ordinario emerge en un momento inesperado y la ruta por la que encaminó sus pasos no la sospechamos siquiera. De veras que en contadas circunstancias registré el nivel de maduración capaz de apercibir lo oscuro del fenómeno y, en consecuencia, guiar las situaciones con tiento ¡Dios mío y en cuántas ocasiones presencié la estupidez de demasiados idiotas obrar con tal complejidad en una forma que advertí sumamente trivial!
     Dialogué, movido por aprender, con aquellos que digieren adecuadamente la información básica y bienviven; deduje que quien quiera lo nota: los cuerdos, además de hurtar intemperie a la ignorancia, ablandan frente a sus yoes y de cara a sus semejantes la presión del ambiente. Perciben durante los períodos optimistas que la ascensión no continuará indefinidamente y planean con esmero la inevitable inflexión para que la fatal decadencia no los pille en cueros; la relación no es causal, sino prodómica -el impulso es precursor y elemento del declive. En los tiempos difíciles, la fe ciega -faena sudada en la bonanza- ayuda a resistir las hostilidades y es, sin vacilación, un camino menos amargo que el de las vías evasivas y más dulce que el calvario de la sumisión. Es un lento y lastimoso tránsito de la conducta común a todos -basada en el instinto- por el cedazo de las pautas -esculpidas por la razón- de unos pocos. Conviene decirlo en este punto, la estabilidad de que hablan a menudo se soporta gracias al pie de atrás de sus cerebros metido en la historia, y merced a la pierna que apoyan en el orden conquistado por la tensión de sus mentes ¿Canta la tierra?
     Entretanto, me asombro de las ligerezas a favor de las disculpas esgrimidas por el fullero y el adulón y de la rigidez ante el apóstata de la doctrina cretina. Me aturde el argumento de que si bien el tramposo no respeta la norma, la reconoce; ¡tú, hereje!, por contra, invalidas la regla y los cimientos de la estructura que justifica el proceder de los demás se tambalea. En las calles de la estulticia uno cree, trabajado por el ansia, que tras la esquina de ahí delante encontrará el fin del recorrido y no se topa más que con el próximo recodo. De lejos, los personajes que habitan en esos meandros parecen altos; no obstante, en cada una de las oportunidades en que aminoré la distancia con la esperanza de refugiar el cansancio en sus sombras, retomé el andar decidido y seguí de largo -quizá en un posterior intento no me ataque el mal del espejismo. Las crisis sobrevienen a pesar del voluntarismo con que los sectarios se empecinan en ocultar la podredumbre; al arreciar el embate, no es posible retrasar sus efectos, y la firmeza en la defensa de sus posturas se trasforma en osadía por demostrar que, años ha, avisaron de la hecatombe y aconsejaron la profilaxis -los púlpitos los erigieron en las trastiendas, nadie los escuchó-; concedámosle el privilegio de la duda -triste compañía de sus astucias ¡Cómo padezco a mis parásitos!, son periféricos a mis intereses, aunque por lo que sufro opino que marcho en la mira de los suyos; ¿no muerden acaso con igual estilo que los depredadores?, juro que no me cubriré de luto el día en que fallezcan, ¡qué fastidiosa fauna!, constituyen un bestiario más amplio que el enunciado por la zoología ¿Llora la creación?
     La luz se esconde por detrás de la descomunal incógnita, entre los ímpetus originales y el alma elevada, más cerca de la cultura que de la biología. Disponerse a descubrir su claridad es una opción elogiable, pero lograrlo supone una meta envidiable -no oí nunca de otra manera mejor de emplear la existencia. La receta de la salud dicta pactar el concurso del sosiego, la prudencia y la previsión en los tramos fáciles -José en la abundancia de Egipto-, rescatar la serenidad y ejercitar el recto gobierno en las pendientes del desánimo -la aparición de las vacas que forraron su osamenta únicamente de pellejos impuso volver la vista a los graneros. Descartar persistentemente lo vulgar es una tarea que limpia las pupilas -no vale la pena fijar la atención en el estiércol pegado a las pezuñas, ni detenerse a observar las babas del rumiante. Obligatoriamente, en las etapas de descenso no reina siempre lo peor -el Nilo abona con limo sus márgenes al retirarse la crecida. Aquel que modula su permanencia sobrellevando satisfactoriamente los altibajos, brújula en mano -al instrumento no le afectan valles ni cumbres-, su huella en el mundo es innegable, y su calidad sostiene la armonía del orbe ¿Vericuetos mitológicos?, no accedo a olvidar que en ese lugar el pensamiento cargó a lomos de la abstracción la conceptualización.