La plata que pasó por Lima
dejó gargantas resecas


La mañana en que el avión de Fawcett aterrizó en el aeropuerto era de las más características de allí; una gigantesca y espesa masa de nubes distrae a los ojos un cielo azul, emplomiza la transparencia diurna y amortigua la viveza de las fuertes tonalidades con que se empeñan en adornar sus útiles e inútiles pertenencias. Dicen que un jefe indio, en venganza por la aflicción infligida a su raza, aconsejó al dominador el asentamiento de la ciudad en el encuentro de la corriente marina fría austral y la del norte cálida. Situación de choque térmico que agolpa evaporación grisácea en lo elevado -secuestro infinito del disco dorado ocultado en condición de maldito. Un matrimonio chileno con el que trabamos simpatía en Cuzco mientras recorríamos los vestigios de Sacsahuamán, nos recomendó amablemente a los dueños de una vivienda solariega en el tranquilo barrio de Miraflores. Provienen -casi de ayer mismo- de una familia de la burguesía patricia, a la que la debacle social impuso transformarla en posada; conserva -a pesar del cambio de función- el condimento fino y agradable de una educación esmerada. Fueron muy gratas las charlas en el saloncito. Anita, en más confianza, nos contó del país, de las esperanzas giradas a desesperanzas en la gente que aprecia titubeante el despertar siguiente. Hembra de edad sensata, todavía de buen parecer, nos habló con dulzura de la estancia de unos jóvenes intrépidos que cruzaban entonces el Pacífico en una balsa de totora ¡qué orgulloso me noté por la odisea de mis compatriotas! El difícil y extremado desequilibrio económico extenuó los ahorros y propiedades; el bienestar de la clase media se escapó a la manera del bostezo en la hora de la siesta. A la casta más humilde se le echó arriba el dragón feroz de la miseria material que entretiene a "los sin pan" en fija preocupación de procurarlo. En ese rastreo trastornado, hasta los espíritus más selectos naufragan. La acuciante incertidumbre frente al futuro procede de un profundo sentimiento de frustración, de injusticia y de abandono.
     Recordaré siempre el final del paseo en la conclusión del crepúsculo, la visita a una galería de arte mantuvo ajena la cita bruna en la acera. La acusada claridad de la exposición pictórica se agota en el quicial desnudo que apoya su sueño pétreo en la frontera del negro exterior. Súbitamente se extingue el alumbrado callejero, corremos a ciegas y también los demás desaparecen con idéntica premura "¡Ha sido Sendero Luminoso!" oíamos a unos, "¡Sendero ha colocado bombas en las torres de la electricidad!" gritaban otros. Amparados en el reino de las tinieblas, los maleantes envalentonados se tornan asaltantes; toman a los viandantes por sus frutos maduros y así reúnen rápidamente el maná que los nutre. Golpeamos con decisión el acceso al hotel Exclusivo, los empleados de la entrada despejan la tosca tranca que inmoviliza la doble hoja de cristal y nos franquean el umbral. El camarero que atiende nuestra solicitud alimentaria insiste: "no teman, esto es habitual y nunca sucede nada; no más aguarden a que prendan las farolas". El temblor que obliga tintinear lo pedido en la bandeja no ayuda a relajar el desasosiego. Favorecida por la promesa del pronto retorno a la normalidad, la tenue llama de las velas confesó su inclinación romántica al festín de prórroga en la primera y agitada velada. Curiosa población en la que un nimbo estático al borde del océano en silencio ensombrece durante el día al sol y en la noche, unos revolucionarios dinámicos de orilla adentro estrangulan la visión con violencia.
     Ante la falta de taxímetros, el precio de la carrera es a convenir con el chófer, el regateo es una ceremonia necesaria e inmutable de una extraña religiosidad en la demarcación de firmeza decisoria: si el que paga no acierta, acecha al de atrás con el brazo en alto; pero en caso de que la cantidad convenza a ambos, monta el culo sobre los muelles que vencieron su prisión trasera de asiento. Cuestan el triple por las Fiestas Patrias. Ningún taxista presta su trabajo a quien quiera salir a los alrededores; argumentan la carencia de neumáticos de repuesto y de parches para remiendos de los viejos. Por la persuasión fácil de la tempranura -somnoliento y con poco dinero recogido aún- Pedro de Lara nos alcanzó a las ruinas de Pachacámac ¡Es bellísimo el deambular por el olvido del tiempo! Se palpa en el vacío desértico y pardo de la franja costera la magnificencia de sus monumentos impregnados de la tintura de la tierra. El ídolo es de dos rostros que consideran las direcciones opuestas ¿el pasado y el devenir que a cada instante se viene a presente? Al volver, un autobús que no resistía más pasaje nos acogió y como pude me agarré a la barra del techo, soltada de su amarre en alambres oxidados por los tirones de arranque, la aguanté en la mano; me hizo gracia el sostén permutado a sostenido, no obstante, nadie rió -debe de ser asunto natural y frecuente que en cualquier lugar alguna cosa caiga, pensé. En realidad, todo tiene apariencia de gastado y llevado a gastarse de nuevo; reliquias condenadas a persistir en los circuitos de lo usable -tormento de la existencia ilimitada- ¿y el descanso que merece la escoria?
     El polvo apisonado es el pavimento ocre del arrabal autogestionado. Por esas pistas en las que el viento repentino levanta torbellinos áridos, se abre paso a través de la penuria la sequedad desoladora que retiene sitiado en las afueras el espacio donde Lima amontona escondida su pobreza organizada: Villa El Salvador. Las mujeres de la casa contaban con nuestra llegada hacia la mitad de la tarde; rememoré con la hija, entre abrazos y risas, la ocasión en que coincidimos en la Habana; circulé con la mirada por la honda modestia de su hogar -desde la cubierta de cinc a unos bancos de escuela de su labor asistencial-; al fondo, una cocina disimulada por una tapia de embalajes. Permanecimos largo rato sentados en el tresillo junto a la puerta, auscultamos el dolor por sus abundantes urgencias atendidas en lentitud mortificada y por la demasiada negligencia estúpida que no remedia ¿Y la queja? Cuando acudió lo confuso a modo de testigo al término de la jornada, la madre callada dispuso el sustento, y con unas candelas espantó de la mesa del comedor lo oscuro; se despidió discretamente y nos cedió su ración en desprendimiento agradecido; observé su retiro por detrás de un espaldar destrozado -noble sillón hoy corroído. Cena amarga de tres por una ausencia. Diana nos acompañó a la parada del regreso, ni someramente indicó una próxima oportunidad de saludo. Su infortunio no soñó jamás en mostrármelo, ni en el momento en el que me obsequió en Cuba con un detalle envuelto en sus señas ¡Los clavos lacerantes se enseñan una sola vez y basta! Busco y rebusco en las buhardillas y recibidores.
     Después del almuerzo, en el vestíbulo del Bolívar saboreo un espléndido café, servido con celo, bajo la inmensa vidriera de su cúpula colorista. Tras los pulcros estudios que una señora vestida con elegancia interpreta en un piano de cola, escuché el canto de las angustias del alma de un pueblo en el caos de sus expectativas que se esfuman, sin tan siquiera la delicada paz que precede al desastre. Persigo a mi semejante a lo ancho de su perspectiva metafísica en un esfuerzo que no es simple contemplación, sino un cuerpo a cuerpo con su experiencia afectiva y emocional que se hunde en sus abismos y revela los prodigios de la inteligencia creadora, aunque la libertad entera se halle omitida o eclipsada.