La Plaza de Armas es
el centro de Cuzco y
Cuzco fue el ombligo de un mundo


Los extranjeros escogen asiento en unos compartimentos vedados a los peruanos, sus puertas las mantienen trancadas los asistentes ferroviarios: evitan más saqueo -es el argumento. Las mochilas y la maldita caja de cartón que traigo de La Paz angostan la holgura reducida entre las filas de butacas. El paisaje es agreste y al fondo, las montañas de picos blanqueadas por la nieve de siempre. Durante la mañana la marcha que es mansa, en lenta y constante puja quiebra la energía agotada de la caldera. En aquel páramo de las cúspides del planeta, el convoy se detiene, se oye un chirriar de hierros y con asombro por lo inaudito consideramos la huida de la locomotora con algunos vagones ¡Gusano metálico transversalmente seccionado!, abres una tremenda interrogación: ¿la fracción motriz en espantada y la cola estacionada al sol glacial? Es familiar por estos parajes -insisten- que la falta de presión atmosférica y la vejez del transporte requieran menor peso a trasladar; "ahora se lleva la mitad del pasaje" asegura escuetamente un camarero y "la mitad quieta después" augura un segundo mientras el primero escupe la saliva verdosa y amarga del estimulante cotidiano. La máquina regresó y remolcó nuestro medio lastre y lo enganchó con su otro medio largo. El periplo se reanuda feliz y torna indiviso el total de humanos. Al comienzo de la penumbra conocí a Mario; forma parte de un pelotón que invade los departamentos cerrados un rato antes de Cuzco. Ofrecen hospedaje, muy metódicos muestran catálogos con fotos sugestivas de una comodidad sugerente -sólo aparente-; resuelven además los bonos de Matchu-Pitchu y lo que el visitante exija y pague. Le encargué estas cosas y el billete del avión a Lima.
     Al amanecer, tomamos posesión del hermoso ombligo del mundo incaico. El efecto tranquilizador de los chorros en la fuente central remansa el agitado circular del gentío; es grato permanecer inmóvil en el núcleo del movimiento humanal en todas direcciones que armoniza su son agradable, y luego deambular por el magnífico espacio llano que la circunda. En el ambiente recogido de la Catedral caen mis horas, en las que sueño con las gigantescas riquezas extinguidas -el altar es de plata, no sé a ciencia cierta si de ley o por ley-; a la derecha, un Judas cobrizo departe la Ultima Cena con el Señor y los apóstoles de tez clara ¿Se quiso anatematizar a la sangre sometida, o simplemente se confundió el color?, ¿el pálido o el atezado?, o ¿quizá el color mismo? La imaginación del artista indígena convocada a pintar un camello -el nativo desconocía la bestia- compuso un nuevo bruto: el llama-caballo -yuxtaposición de su animal de carga con el que montan los que protegen sus cuerpos con armaduras. Eran días de ceremonias, sobrados practicaban los Oficios y agobiaban con ruegos al Dios clavado ¿Por qué los que acumulan mando se sientan próximos al culto y los que acaparan afanes, a medida que éstos son más urgentes, colman los bancos más cercanos a la salida? En la noche, la iglesia de los jesuitas inaugura en su portada principal los gozos por la audición de una coral de jóvenes. Sus voces trepan por la armonía arquitectural de las columnas a un refugio de más historia. Arriba se agazapa el pasado impasible a los anhelos y privilegios efímeros, en mixtura secreta con las alabanzas de a diario que ayer fueron su hoy. Es la propia plegaria modulada en extrema ansia de siglos suplicada la que soporta la rancia techumbre anudada.
     Las piedras talladas se acoplan justas -ni resquicios ni hendiduras. Engastadas al igual que los raciocinios escolásticos, dibujan un lenguaje ordenado con anterioridad a que cualquier clérigo recorriese sus paseos; sin embargo, no resistió el cantero aquí y allá sus repentes geniales a la configuración caprichosa: once ángulos permitió a una mole que afirma con audacia el maridaje de amarre al que sus vecinas concurren en la pared de una callejuela renombrada. Los colosales ornamentos de dureza encajada convidan a acariciar sus asentamientos y superficies, en una voluntad de comunicación íntima con los nombres del dolor, al juzgar el frío que derrama el infinito sufrimiento marchito de una estirpe abolida ¡Es maravilloso acoger instintivamente en el alma el clima inmutable e inexpresable que adereza la fatiga por sus leyendas! ¿Qué hacer en Cuzco?, sencillamente vagar -tumbo el rumbo predeterminado- por las cortas y estrechas travesías de la zona antigua; imitar los saludos estremecidos por la cuesta en el paso gastado del vecindario empinado; atender quedamente las conversaciones cadenciosas de sus moradores mestizos apostados en algún cruce de vías empedradas; percatarse de sus añoranzas indefinibles, de esa inefable pesadumbre por un orgullo de linaje indómito y rebelde, desterrado por rigores inhumanos de perfiles dantescos que aplastan al individuo, doblegan su miseria creando una periferia absurda. Los oratorios y los museos pueden esperar aún mucho más a la mirada que revela -contienen el sosiego de lo imperturbable y el oscuro de lo desnudado a medias-; en realidad son recintos exánimes. La vida, la intensa vida con sus bullicios y vicios la hallé afuera; el espectáculo, el verdadero espectáculo -el de la existencia palpitante- hierve en la calle: fecundo de hormas y en férvido arrebato de matices.
     Los lienzos de la escuela cuzqueña se venden por doquier, son pinturas religiosas de tonos melancólicos ¿Tienen relación sus láminas aceitunadas con la piel de la etnia que apaga la luz en sus rostros? Sea cual sea la interpretación adecuada, se me antojan sobrevivientes de los anónimos que multiplicaron su número y edad por interés del comercio. A los naturales virtuosos que aprendieron la plástica de sus profesores misionales, les negaron el derecho de firmar sus autorías -sin fama ni caras, sus rúbricas son silencios encendidos. Las pequeñas estrellas doradas con que acostumbran adornar los vestidos y halos no acaban por vencer la impresión lúgubre del cuadro. En el caso de que repita la estancia -arrepentido de mi incomprensión inicial por ese arte- adquiriré un trozo de su piedad ocre.
     ¡Cómo me enfadé con Mario en vísperas de ir a la metrópoli perdida! Nos dejó en el hotel los tickets para la capital -la fecha apuntaba a la siguiente del retorno. Por precaución me acerqué a la Línea Fawcett, aspiraba apuntalar lo verosímil de la partida -allí eso ha de ser confirmado y reconfirmado miles de veces, se procura una determinada certidumbre exclusivamente a fuerza de insistir-; amablemente la señorita nos advirtió de la ilegalidad del "OK" y de que no disponíamos de sitio. Furiosos, giramos por donde llegamos -¡cuántas argucias en la jungla del engaño!, pensé-; por la avenida venía el guía a encontrarnos, avisado de nuestra intención; no lo escuché y mis imprecaciones no lograron ponerle fuera de sí -afortunadamente. Me indicó que el desconcierto es la manera en que habitualmente trabajan los de su profesión. La empresa signataria no retiene ningún acomodo, las agencias y los comisionados acopian por completo los boletos; por ello, las validaciones no son contrastables hasta la jornada previa al vuelo en la que automáticamente -eufemismo informático en la república del perseverante cambalache y la improvisación perpetua- se anulan las reservas no abonadas y se liberan las ocupaciones virtuales. De este modo sistólico, se transmutarán en el instante mágico -supongo- a legales los volantes imposibles del presente -aunque sorprenda, a pesar de la desorganización lindante con la debacle, el bimotor despegó puntualmente. En la madrugada, confiados -sin alternativa- a la justificación atragantada en el descomunal desorden terrestre de lo aéreo, efectuamos la escalada férrea al cerro deshabitado. Apoyado en la ventanilla contemplo la magistral estética de la Plaza de Armas, que fija en su frontera perimetral la basílica y el santuario de los ignacianos. Canturreo en mis adentros la seducción de la concordia que se aleja y la congoja de los desheredados bañándose en la desesperanza que precede a la conclusión de la poesía en su vano impulso de ocultar lo perentorio.
     La lectura de Eduardo Galeano entretuvo la ruta a la célebre cumbre. El río Urubamba corre torrentero por sus valles escondidos en los que acampa un mutismo indiferente, roto al final del trayecto por el rebumbio de los deseosos de alcanzar la ciudad que cuelga del inmenso cielo. Unos autobuses salvan la distancia ascensional por un camino de tierra que culebrea por la ladera del macizo; trepidan sus carrocerías atormentadas porque es excesivo el esfuerzo pedido a sus motores -continua convalecencia por las incalculables reparaciones de sus molestias remotas. En la cima, el aire límpido sostiene la osamenta pétrea de una cultura que, aupada en la cresta, tocó su cénit. De los viejos cobijos, el tiempo ausentó sus cubiertas vegetales; nada tamiza desde entonces al espléndido azul su errar por tantos interiores; los luceros, desaparecido el obstáculo que los hombres instalan a las alturas de sus cabezas, atinan con el abrigo necesario en las tempestades de las aguas opacas del firmamento ¿Qué hacer en Matchu-Pitchu?, serenar el oído de la perturbación mecánica de subida; prestar atención a los fragmentos explicativos más pintorescos que suelen salpicar las exposiciones enigmáticas de los cicerones locales: son auténticamente sabrosos en su ímpetu esotérico -conectan con la fascinación de los dioses escapados- y por la profusión de sus hipótesis -incrustadas de una ingenuidad admirable
y admirante- vinculadas a unos sistemas sociales que sospecho utópicos; acceder a la penetración honda del devoto tiento que se adueña de los aposentos de la gloria escabullida y, ante la emoción despertada por la sensación descubierta al suprimir los aspectos accidentales de la belleza preexistente, se altera la visión positiva de los sentidos hacia lo esencial identificable. El chófer maneja con cuidado las vueltas y revueltas en la bajada, un niño atraviesa la estampa serpentina de la vereda y en los tramos rectos blande su menuda mano parda -mezcla del timbre de su raza y del polvo turbio. El tren en las inmediaciones del término del viaje rebaja su cota pendulante. Entra en raíles muertos y retrocede por terceros que lo conducen más abajo. En la base, la iluminación abundante y proporcionada de la majestuosa explanada arrima su perspectiva al descenso, se manifiesta en la metáfora de una desmesurada parrilla con sus brasas inflamadas. La música de "El cóndor pasa" anega los ámbitos y nos obliga a sentir más profunda la pasión por una propagación teórica sobre el mar de ascuas que se extiende frente a la Catedral y a la Compañía.