Practicar el mundo
en la margen peruana del lago Titicaca


A un par de horas de abandonar Copacabana, el vehículo se aparta de la carretera en la oficina fronteriza boliviana. En fila ordenada -con el orden a que uno aspira en estos rincones- sufrimos el control de pasaportes en un habitáculo de ayer. El soldado revisor cata a cada candidato al cruce de la línea divisoria con una interrogación tácita e indudable "¿lleva droga señor?"; el silencio del que no esconde la hoja verde es aguante, y el sigilo del culpable válvula de retención del pánico. Recuerdo a una joven europea de buen aspecto que ahoga desasosiego revolviéndose inquieta y devorando cigarrillos. Los militares entran en el microbús y registran bolsos de mano. En el lugar del que huyeron los colores, el nuestro -el que porta mi compañera- los atrajo por sus espléndidos rojos hindúes. Después me enteré que en el puesto de al lado, la chica angustiada atesoró el estimulante atado ¿Es en el vértigo por la acusación fiera donde sacudimos del pecho los miedos atávicos que soliviantan las gargantas, estrechan los labios y cuelgan del paladar la lengua reseca?, ciertamente ocurre al igual que con la viscosa ruindad ajena, que singularmente en los pésimos momentos se revela ¡Qué lata la de limpiar en la debilidad de entonces el semblante del mucho veneno escupido!, ¡es maldición la obligación de resolver en la fragilidad del espíritu tenso las peripecias que la prescripción de supervivencia corrientemente enmudece! En la región peruana se organiza un símil de hilera ante un mestizo reclutado. Aquí las pinturas no se fugaron, es más cercano a la autenticidad presuponer que jamás asistieron a ninguna llamada. En un lúgubre cuartucho, el aduanero castrense no alcanza a resaltar su piel del fondo inmundo. El escritorio es suma destartalada de tablones claveteados a trancazos en desafío permanente a las más elementales leyes del equilibrio: el tablero no discurre paralelo al embaldosado y tampoco las cuatro patas afirman lo vertical. La muchacha de la coca se adelanta en la cola y lo que comienza siendo un discurso en susurro al oído del oficial se transmuta en besos por orejas, cuello y carrillos; los que aguardábamos el trámite fuimos testigos en asombro cauto del copioso estremecimiento de morros y revolcones de caras -argumentos irrefutables en el trasiego del contrabando amargo. La llegada a Puno concluye en la feria apenas digerido el almuerzo. Recogen despaciosamente las mercancías sobrantes de la venta; mientras, los múltiples ladronzuelos dotados de las destrezas que el hambre despierta, y a velocidades destelleantes que imponen lo fugaz del descuido, hurtan cualquier equipaje mínimamente escapado a la protección de sus dueños. Es un chisporroteo ingenioso en acciones de robo; por mañas de magia desaparecen mochilas, cámaras fotográficas, documentos, etc. La desolación que producen y el desamparo de las autoridades con sus encogimientos de hombros dejan perplejos a los viajeros de habla inglesa; nuestro temperamento latino -supongo- en el entendimiento de la inmoderada picaresca desatada en afán de subsistencia, reserva su confianza habitual en el festín de relámpagos sustractivos ¿El origen de la calamidad proviene exclusivamente de sus vientres doloridos, o peor, quizá del exceso de ilusión desvanecida?, los individuos carentes de pan y credos inflan con la rapiña sus entrañas -obscenidades de un mundo que oscurecen. Como existe un único hotel merecedor de tal nombre, alquilo una pieza por precaución en una pensión con identificativo de transporte férreo. El aposento es inhumanable: el jergón en género de saco tirado a una banda, el encendido eléctrico, de escaso vigor, a duras penas excede del vidrio de la sola bombilla central. A modo de instrumento higiénico, un enorme lavabo alzado en altar, sus chorros giraron a gotas de llanto que encharcan en desconsuelo de sequedad las astillas del suelo. Nos trasladamos al Sallustani, el precio era asequible y preferimos la soledad de dúo a la escolta de aquellas ratas que vagan todavía bajo el maderamen entreabierto.
     El sol se remonta quedamente por el este. En el claroscuro de un amanecer húmedo y frío de finales de agosto, de camino ligero al puerto, vadeamos a las gentes madrugadoras en los mercados tempranos. Los tenderetes de frutas y verduras retardan a los foráneos, las chombas de lana dispuestas en montoncitos multicolores reglamentan el paseo de los curiosos que se acercan a la orilla. En la barcaza, los primeros en asiento esperan calmosamente el lleno repleto; el patrón, sentado al timón, da la señal y el ayudante de proa con una pértiga expulsa del paso a las que aún convienen presas en gruesas sogas al muelle. El gorro agobiado de tonalidades no oculta la ascendencia asiática del sudamericano que asegura el rumbo, frente a él una japonesa de edad -acaso no adivinen en el instante que sostienen sus miradas el tronco común de sus ancestrales-; es un encuentro callado tras siglos y siglos desde el adiós de sus antiguos: ausencias -en marchas sin retornos- y presencias -fijadas en el oriente originario. El navegar lento abre vía en el plano líquido del volumen; el "chuf-chuf" del motor resta con su ritmo negro al alba, y en el clareo de la jornada añade, con decisión, franqueza a la mañana cerúlea de ese seductor espacio tiempo condensado en haz resplandeciente.
     El atraque es al costado de una balsa que compuso la totora de forma ingenua; arrima la borda a la Isla de Los Uros -el casco se mece al detener su trayecto. Allí moran, tuvieron grande dignidad en sus rostros. El asentamiento no es firme, el pisar ha de ser suave, si se aprisiona demasiado surge el fluido dulce, transforma el andar en deambular inseguro ¿Y el deseo apasionado por asir lo inmóvil? El amarillo desvaído del mimbre lacustre invade la totalidad del ámbito, excepto el borde azul -allí el lago resiste su retirada. Venden su artesanía tejida en alegres matices a las puertas de sus casas -erigidas con el ingrediente vegetal que las sustenta. El comprador, o se afilia a la negociación, o fisgonea en disimulación. Las lanchas construidas con la planta tifácea son ya fósiles, semihundidas eclipsan su glorioso pasado en la margen indecisa de lo flotante ¿No está muerto esto y aquello cuando no cambia? Cocinan junto a sus chozas, el vapor caliente de la comida que aprestan se evade con parsimonia de los recipientes de barro; el combustible que caldea la vasija no hace arder el cimiento ¡milagro digestivo que prepara el alimento y no hiere al soporte!
     La intensa refulgencia del mediodía traspasa la álgida atmósfera. Siento con la sensibilidad que gozo cómo el rigor transparente araña la fuerza diáfana y permanece lo difuso suspendido en el inmenso de mar potable, aire y cielo. Pesadamente avancé por yo no sé cuántos peldaños del pequeño embarcadero al rellano de la Isla Taquile -perdí la cuenta y tardé lo suyo. De pie en la cima, el panorama es suntuoso: en la eminencia opalina del
éter, los jirones de nubes tumban sus sombras de ida por la superficie del espejo tenuemente rizado; se presiente el misterio insondable de la energía eterna que mueve las cosas. En concordante analogía con la iluminación de la inteligencia en la verdad, la ilimitación de la luz afectada por la limitación del traje de la mujer india, y el brillo alterado por el cobre de su tez, provocan el estallido luminoso en la aridez fulgurante de los senderos. Las tinturas perdieron en la plaza su diversidad lujuriante, revolotea por el ambiente una profunda y triste desidia -a los pueblos se les olvidó que la renovación perpetúa lo que la naturaleza insiste en caducar-; se respira una descorazonadora laxitud en las dudosas Fiestas Patrias -fechas privilegiadas en las que unos sacian sus estómagos salvajemente oprimidos por terceros también oprimidos.
     Los desfiles concertados en la tierra polvorienta poseen el encanto de rodear el profuso contraste de sus telas agitadas de una irrealidad exhalada a torbellinos del solar; es la alianza magnífica entre realidad e idealismo que certifica la experiencia humana. Al término de la ceremonia, la maestra del caserío clama su rebelión con un no rotundo contra la mentira y la injusticia, por la necesidad urgente de conseguir que sus vidas frágiles sean posibles, formulables y aceptables en su microcosmos, en el que parece no hallarse un valor reconocido distinto al encadenamiento implacable de la raza vencida. Su pesar por la historia acontecida y la aflicción cargada a lomos de la historia que sucede, más que facultarla a degenerar en desesperación, la conduce a una alocución adecuada de la historia que sospecha. Los guantes del mando agonizarán su impulso a las condiciones objetivas de libertad que es la más honda significación de la persona en la que urde sus reflexiones. Los hábiles y los prudentes se mudan a la expectativa: el mendrugo y la sal dependen de la ortodoxia.
     A media tarde iniciamos la vuelta. El hombre logró instaurar -en otras partes- su manifiesto poder positivo, pero en estos parajes basta con observarlo en su círculo social y en sus pautas -anímicamente aterrado por las innumerables vejaciones con que intentan mantener su nivel mental próximo a la ignorancia- para percibir que es estrepitoso su fracaso moral, pensé. La visión de partida acentúa el rayo que procede de lo considerado al ojo: material; algo imperceptible de levedad extrema brota al alma: inmaterial; no acierto con qué es, ni de qué manera salta, aunque se presagia la variación de los componentes hacia sus arquetipos perennes -es un maravilloso regalo de la gracia derramada por los dioses. Velé en la noche las noticias del encargado de entregarnos los boletos del tren directo a Cuzco, -acordamos cita para la cena- no los trajo hasta las siete -una rato antes de la salida-; le eché envuelto en todos los improperios que gesté, ¡día travieso y desvelo en el descanso! Admito que son la tanta altura y la tanta agua las que predisponen mi mal carácter de despedida del Titicaca.