El tren que usa combustible de madera
tiene parada en Ipacaraí


Las cuatro de la madrugada son una referencia intempestiva para aterrizar en un país que todavía desconocemos; el retardo en el control de pasaportes y la espera del equipaje suavizan el inoportuno nocturno en la amanecida paraguaya. Afuera aguardamos el taxi, alguien sigiloso y con excesivo secreto nos acerca a Asunción por un importe moderado. Los campos rojos de esta región tornan ardiente a la mirada el gélido azul del cielo que el astro emergente aún no venció. A la búsqueda de unos guaraníes -complemento de sueldo escaso-, Tomás maneja un furgón oficial travestido en servicio de pasajeros a esas tempranuras. No para de perorar de la bondad del sistema, de su patria, y de la tranquilidad que gozan sin revoltosos -reposo de paz cartaginesa por defunción de cualquier opinión divergente.
     Es un placer surtirse de naranjas en los carritos, rondar torciendo el rumbo por calles si entran ganas, oírles hablar en su acento afable, jugar con el sol en las plazas -sosiegos en los que desproveo de piel a la fruta y admiro su dilatado rito de mate. Me gusta esa gente ¡Y qué sencillo cortejo!, un termo con agua caliente, una cazuela de palo, calabaza o cuerno vaciado de animal, un chupador que llaman bombilla, hierba y lo esencial: una atmósfera amigable y la conversación pausada condonada de prisas -deben poseer ambas cosas en abundancia, ¡los noté saborear la ceremonia asiduamente! Deambulan por las aceras indios demasiado exagerados en sus vestimentas, no son auténticas pero añaden exotismo al ambiente vistoso; venden primitivos utensilios de caza y collares de hueso vegetal. Siempre me ha fascinado la trascendente actitud del salvaje semidesnudo que mantiene la tensión de su arco apuntando a la presa -la complicada coordinación entre el brazo y el ojo es una herencia simiesca elaborada-; la energía acumulada blandamente al doblarlo, impulsa en un instante la flecha que en su vuelo atraviesa a la víctima ¿La vibración del cordel al desatar su fuerza facilitó a este pueblo el que sus hombres sean excelentes tocadores y constructores de arpas? En el parque central, junto al monumento a los Héroes, guardan unos mestizos sus mercancías; las tinturas del Ñandutí se extienden por los muestrarios de venta, sus nudos trabajosos demoran el regateo. Es tiempo retenido de manos dedicadas lo que se adquiere, además de las bellezas delicadas, en la compra. Por Palma, a la derecha por Colón se llega a la Recoba, el café es espléndido y advertí repletas las tiendas de artesanía de objetos diferentes estremecidos de precio. Más abajo, el río.
     El tren aparenta siquiera más edad que la vieja estación -conseguimos el billete. Hecho de madera que huele a antiguo, sólo el cristal de las ventanas resta espacio al material noble. La tecnología más reciente se agazapa en el alumbrado eléctrico; no lo prenden al emprender el trayecto a las doce del mediodía. El revisor se sienta en el asiento de al lado -vagón desierto-, pronto nos cuenta del lugar, del público, del orgullo por sus ancestros guaraníes y españoles. Se confiesa natural en el idioma nativo -allí es cooficial el lenguaje originario con el de los que trajeron la Cruz. Nos invita a cambiar el banco de viajeros por el del combustible sólido apilado próximo a la locomotora. Ayudamos alcanzando troncos cortos de árboles ajenos a ningún tratamiento previo. El aire frío que bordea la caldera entumece los rostros, averiguamos la protección de los efluvios calóricos en la boca del fogón que, abierta a ratos, traga maderamen de marcha. Guardo una foto entrañable de Marcial Samaniego, "Inspector de trenes", subraya al darnos sus señas detalladas -amablemente requiere el envío del recuerdo. Los empleados que echan a rodar el ferrocarril, asomados por las oquedades de la máquina, saludan sonrientes y obligan a sonar el silbato soltando vapor, aflojan los frenos y convocan el traqueteo por la vía.
     El autobús regular, de copiosas tonalidades, transporta a los de por ahí -no reconocí extranjeros. El lago es hermoso, su nombre cancionero -lo oí en mi infancia mucha veces- suma nostalgia; ensueños que invocan sueños gastados en rincones de música. La superficie no es tan intensa. El atardecer sustrae a los colores su esplendor diurno, en holocausto apoteósico entrega sus ímpetus, el haz dorado en nadar decidido se avecina al muelle por el que paseo mis pensamientos y aspiraciones. Un año después regresé, y de nuevo consentí que resbalasen por el andamiaje de atraque las reflexiones en torno a mis verdades de hoy y los particulares errores de ayer; los sentimientos maduraron por la duración propia del devenir, y mis experiencias más íntimas condicionan que sean otras las ansiedades que anegan el alma más serena ¿Hasta cuándo los anhelos, aunque sean distintos?, ¿su término no será el final del itinerario principal que es la vida entera? A las cinco de la tarde, con el capitán y mi compañera, dejamos atrás el embarcadero de San Bernardino; la estrella de oro, fatigada de la jornada, se recostó pomposamente detrás del exuberante panorama de la orilla opuesta mientras cruzábamos aquel mar dulce en el barquito de título evocador, Cuñataí. Saltamos a tierra -era maleza mojada en realidad- y vagamos a oscuras; el patrón en solitario se alejó en su coche, pensó que su misión de conducción acababa en la línea donde los rizos líquidos lamen la margen.
     Preguntando aquí y allá, se les va extrayendo la información a trocitos, calmamente como sus andares. El personaje es conocido por doquier, la indicación de su dirección por esquinas y callejuelas de rótulos caídos es lo que retrasa el encuentro. Los instrumentos que produce son gráciles y robustos y el sonido que sus cuerdas emiten es agradecimiento a las caricias versadas que toman prestado el encanto -¡magníficos artificios dispuestos en el zaguán de su hogar humilde! Dos sillas trabadas dificultan intencionadamente el umbral. Al principio recelo, las respuestas de Salomón Sanabria son breves en afán de agotar las cuestiones. Las mujeres se observan y adivinan la ausencia de la maldad en los ánimos; ceden la guardia al brindarles mandarinas y la esposa nos las regala de mejor calidad -las nuestras son turísticas, dicen. Su temor es que seamos agentes de no sé qué ministerio, los atormentan con requisitos industriales de fabricación y los gravámenes no son de broma. El autor genial muda el taller con frecuencia, faena a hurtadillas de los sobrados burócratas. Los creadores llenos de miedo y desazón, sobreviviendo; los listos -cretinos sabuesos del poder- insatisfechos a pesar de la adulación que prodigan, borrachos de estrechez en el montón de hez, malviviendo. Los elocuentes rasgos del artista y sus obras en silencio evocan mudamente a gritos las pruebas que precisó superar su raza, y a despecho de los intereses desgraciados de la época, obtuvieron
el dictamen de humanos. Las razones religiosas y filosóficas las discutieron durante días en Valladolid: De las Casas en su empeñosa defensa y Sepúlveda a vueltas infinitas en argumentos de subhumanidad. Los encomenderos en América -sepulvedanos de primera hora casi todos- siguieron los juicios de práctica económica. A lo indudable no únicamente le fue urgente la expresión oral, pareció también necesaria la melodía que eran capaces de interpretar. Irrefutablemente el tañer amansa, lentamente orando.