El día después del eclipse,
la calma de siempre volvió a San Blas


Temprano, la fuerte brisa bate las palmas en un afán por barrer la áspera superficie del temor sufrido apenas ayer. No fue posible abordar la avioneta que recaló de Panamá -se precisa dar el aviso de vuelta previamente. Le manifesté al piloto que a los nativos se les antojó no navegar por el estremecimiento de la luz; a pesar de que esta causa compone la imagen de un argumento anémico, en la mirada profunda y blanca de Víctor adiviné que abarcó la excusa por la que no alcancé el teléfono en la isla de El Porvenir. Nos prometió que en unas horas efectuaría otro circuito y desde la del Corazón de Jesús se apresuraría a recogernos. La acción del aire en movimiento corre en el sentido evasivo de los modos culturales ¿acaso no deseé aproximar a sus pautas mi entendimiento?, ¿por qué demonios no fijo la atención en la dirección del empuje que impone la furia etérea? Como las olas efímeras, los hombres llegan, agitan la vida y se van; la constancia del proceso histórico repetitivo la consiguen a través de los significativos esquemas simbólicos con que interpretan sus experiencias.
     La adicción que padezco a la búsqueda perenne me ha predispuesto a esperar sin prisas y a observar lo que acaece entretanto; los hechos cercanos y concretos ocurren frente a las pupilas, y siento una insobornable pasión por capturarlos. Aguardar embebido en las claras pero engañosas formas preconcebidas y no advertir nada, lo juzgo de veras lastimoso; ¿y si no traigo la abstracción atada, con similar tensión, al juego de lo que escribo?, la vivencia resiste abierta -es una herida con la apariencia de una impresión insinuada. En las cabezas de las gentes de San Blas, rigió por días el miedo; noto que ahora comienzan a digestar la calma necesaria que vence a la tempestad al diluirse la tormenta. Los que gustan de las borracheras del poder difundieron la sospecha, envuelta en esperanza paria e inútil, de que los sucesos, en principio opacos, son explicables al encadenarlos en un orden que escapa a los caracteres sencillos -¡encandilante percepción del manejo de criaturas! Aspiro con todo mi nervio a que perdure lo sobrevenido que está por acabar; en mi pequeña libreta de notas recuerdo que redacté: "las identificaciones íntimas, por lo general, no se reconocen de inmediato, permanecen ocultas y toman su temperamento en las condiciones apropiadas".
     Decidimos en el ínterin arreglar un rodeo hasta "la isla del español", así la llamó nuestro guía. En estos años nadie habita allí -anteriormente hubo mucho encargo. Primero una compañía alemana montó una fábrica -confeccionaron cuerdas con la pelambre del coco trenzada. De repente, me pareció oír el súbito quejido olvidado de la india con su mano prensada por la máquina, sin embargo, la alarma no arma la razón porque el asalto inesperado del indicio no constituye un encuentro coherente con el dolor. En aquel universo de bolsillo, distinguí además otras ruinas del naufragio de la suficiencia técnica: unos suizos trabajaron la elaboración del jabón y un compatriota mío se dedicó a la obtención de la copra -Juan García falleció en medio de cocoteros y orlado por el sinfín líquido. Cuando paseo por el desconcierto de lo activo anteayer y hoy caduco, el ambiente de las cosas arrumbadas en la orilla del pasado regala alas a mi curiosidad, y despierta expectativas que giran al sueño saciadas de episodios contados al borde de la herrumbre. Lo que contemplo me aflige y junto a aquello que imagino, quedo atrapado en la nostalgia ¡Qué impenetrable exotismo impregna la atmósfera en esta mañana de julio! Al momento de abandonar el lugar, tuve la sensación de que a lo peor interrumpí, por unos instantes, el mutismo de un monumento metálico solitario vengado por el salitre: la irrupción de la eficacia de afuera extrañó a un mundo dotado con otra acepción de la solvencia.
     Luis Burgos detuvo la barca de cara a la colina anclada en suelo firme -continental- donde residen los que rindieron la inquietud en la crisis suprema de sus existencias. Unas enormes techumbres vegetales parten en dos vertientes la lluvia; de esa manera, defienden del agua a los extintos. Nos aseguró que no era conveniente desembarcar por los mosquitos -la solidez que mostró en la sugerencia esconde a duras penas la verdadera motivación ¿no es próxima a nuestra extranjería? No somos de los suyos y aquel es un recinto estrechamente propio de su raza: el pensamiento religioso que nos gobierna se conformó lejos de su comunidad, no hablamos su lengua, tampoco nos atenemos y ni siquiera conocemos sus prácticas sociales ¿sobre qué afinidad sincera fomentaríamos entonces un trato? Afirma nuestro cicerone kuna que al perecer alguien, una pareja de varones del clan del finado se vienen y descubren su fosa; los familiares y allegados transportan luego el cadáver, lo tumban boca arriba en su hamaca enganchada, en el fondo del hoyo colocan sus pertenencias y algún alimento -es su más grande y último viaje-, tapan al difunto con troncos del árbol del níspero cortados en su longitud, y terminan por disimular con tierra el resto de la oquedad. Encima del túmulo dejan también un plato, una taza y sus cubiertos ¡Crucial rito en la más tremenda de las conmociones que arrostra quien está presente en la muerte de un ser querido!, suaviza la espantosa tirantez ambivalente -el impulso de huir y la inclinación de aferrarse a prolongar el lazo afectivo con el pariente desaparecido-; el consuelo lo extraen del arsenal de su tradición y fe. La canoa contenida hace rato sigue apaciblemente la corriente marina; poco a poco, la deriva agrandó a nuestros ojos y mente la distancia del poblado de los ahítos en la pausa de gritos, tiesos. Jamás habría saboreado la frescura de lo acontecido aquí en el rastreo de los relatos desvaídos por las crónicas. La aseveración de que la visión sinóptica ataca al silencio de lo ignorado es cierta; no obstante, cojea, ya que nunca logra lo que la relación directa: el atajo literario no es un camino adecuado si uno se propone contar con su obra ¿Hay quizá por ello algún interés en culpar a los vientos que desorientan al tiempo con sus travesuras de sombras? El individuo recio y del negro de la noche, que se pasa la jornada completa volando por ese trozo del luminoso Caribe moteado de islotes, cumplió su palabra y almorzamos en la capital del Canal. Mientras regresaba del Atlántico al Pacífico ceñí la interrogación: ¿Salvaré mi ánimo del desasosiego de las ansias en el asombro con que he recolectado los resueltos colores tendidos en el océano, suspendidos del cielo y protegidos en el vestido y ornamento de las bellas hembras kunas?